Escrito en el blog

14/05/2010

“El retrato oval” (según la esposa del pintor)

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Por Vanesa Dobladez

    Ella era una joven que disfrutaba de su vida sencilla. Siempre buscaba transmitir a los demás su alegría de vivir, ya fuese sonriéndoles, o siendo amable y afectuosa. Además, sabía que su belleza, esa que tantos halagaban, como un embrujo a muchos cautivaba. El conocimiento de ese don la hizo consciente de que su esposo, un pintor que amaba su arte por sobre todas las cosas, la había desposado enamorado sólo de lo que sus ojos querían ver de ella: su imagen. La muchacha, en cambio, adoraba a aquel hombre introvertido pero apasionado cuyo arte la consumía día a día en la hoguera de los celos, como si de una amante se tratase. Hacía todo por complacerlo, por retenerlo a su lado cuantos minutos del día pudiera, por no verlo partir tras las pinturas que lo alejaban de ella. Por eso, no dudó en satisfacer el deseo de su esposo de retratarla.

    Por fin conocería aquel mundo de él que con tanto esmero le había ocultado. Por fin, y por primera vez, permanecería a su lado durante numerosas y tan ansiadas horas. Aferrada a la mano de su pintor, como queriendo evitar que el momento se le escapase, subió uno a uno los incontables escalones de la sinuosa escalera que llevaba a la misteriosa habitación en lo alto de la torre. Él abrió la pesada puerta de añosa madera con la llave que celosamente guardaba siempre en sus ropas. La joven entró en la habitación lenta y silenciosamente, como levitando en la pureza del aire que inunda el más sagrado de los lugares. Tomó asiento en el taburete que su esposo había dispuesto para ella, y, aunque se trataba de un incómodo banquillo, se ubicó allí como si fuese un trono desde el cual sería la reina de su adorado pintor. Frente a ella se encontraba, apoyado sobre el delicado caballete, el inmaculado y fino lienzo sobre el cual quedaría retratada su imagen. La tenue luz que pobremente iluminaba aquel cuarto nada tenía que ver con la intensa luminosidad que tantas veces había imaginado colmando aquel sitio y haciendo brillar los maravillosos colores que daban origen a las obras de su amado pintor.

     Los minutos, las horas, los días comenzaron a sucederse unos tras otros en imperturbable continuidad. La joven, detenida en su postura de musa, observaba con devoción a su marido parado tras el lienzo; contemplaba su rostro, sus gestos, cada uno de sus delicados rasgos, su cuerpo, sus músculos dibujados en la camisa contrayéndose en cada movimiento; y contemplaba sus ojos…, aquellos enigmáticos ojos del hombre que tanto amaba tras los cuales se ocultaban todas las respuestas que tanto anhelaba; aquellos ojos en los que sumergía los suyos cuando se elevaban hacia ella para trasladar su imagen a la tela ya coloreada. La mirada de aquellos ojos la abrigaba en una dulce tibieza que alejaba el intenso frío de la quietud que en sus huesos se calaba. Pero las miradas eran pocas y eternos los minutos entre ellas. Era entonces, durante aquellas eternidades, cuando la joven seguía con su vista el recorrido de los sutiles rayos que envolvían en un cono de débil claridad al pintor y su obra. Aquel recorrido la llevaba hasta los minúsculos orificios diseminados en la cúpula del lúgubre recinto. Luego, desde aquellos diminutos pedazos de cielo, descendía por alguno de los infinitos caminos que bordeaban los bloques de piedra de los altos muros, cada vez por un camino distinto; tantos eran… Otras veces, cuando sentía que la fuerza de sus músculos la abandonaba, centraba su vista en la paleta bañada de hermosos colores como buscando un punto de apoyo al cual aferrar su cuerpo que ya casi no podía mantenerse erguido.

    Durante las primeras semanas, algunas escasas personas habían tenido el beneficio de observar el avance de la obra, según ellos maravillosa y vivo retrato de la joven; ella, sin embargo, había tenido que conformarse con escuchar aquellos comentarios, ya que la visión de su propio retrato le estaba vedada. Con el pasar de las semanas ya nadie, quien no fuese el pintor y su musa, tuvo permitido ingresar a la torre.

    Cuando varios meses se hubieron sucedido, la joven ya no podía distinguir entre la noche y el día, entre la luz y la oscuridad, entre el frío y la tibieza. Sin embargo, pudo percibir el instante en que el rostro de su amado se colmó de alegría: el bendito instante en que él lentamente levantó la mirada y posó sus ojos en los de su adorada esposa. La joven, perdiéndose en aquellos ojos, pudo, finalmente, a él robarle el alma y entregarle la de ella.

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12/05/2010

Punto de vista

Filed under: Punto de vista — Stella Maris Roque @ 17:31

Por Ivana Andrade

FRAGMENTO DEL CUENTO “EL RETRATO OVAL”, DE EDGAR ALLAN POE

     “Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y se desposó con él. Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, toda luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Más era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso. El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día. Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él. Ella, no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. Y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado. Pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritó con voz terrible: “¡En verdad, esta es la vida misma!” Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada: ¡Estaba muerta!”

PUNTO DE VISTA DE LA MUJER QUE ESTÁ SIENDO RETRATADA:

    Su vista se distrae con el delicado rayo de sol que entra tímidamente por la ventana que se encuentra a su derecha. Recuerda que debe concentrarse. Cierra los ojos, respira profundo, esboza una delicada sonrisa, se incorpora y mira de nuevo a su marido. Ya está lista para continuar.

   Intenta conquistar con la mirada aquel lienzo que le da la espalda. Otra vez deja que sus ojos se distraigan. Mira el trípode de madera que sostiene la blanca tela que de a poco se queda con su imagen. Ve la silueta de su marido quien, cada tanto, asoma sus pupilas por el costado de aquella estructura para robar algún detalle de ese rostro de porcelana.  Cuando él no se deja ver, ella mira la danza que interpreta la punta del pincel. Y da vueltas, y se queda quieta, y se esconde y se vuelve a mostrar.

    En cualquier otra circunstancia, le costaría mantener la postura. Y cuando el cuerpo le pide un descanso, ella recuerda que se está enfrentando a su peor enemigo. No puede mostrar  debilidad.

    Pasan las horas, la habitación se oscurece y ella se siente cada vez más cansada. Pero no puede ceder tan fácil. Continúa desafiando con la mirada a la tela sobre la que pinta su amado. Y siente poder cuando piensa que así, ataca al lienzo por delante y por detrás.

    Con el atardecer la habitación se enrojece y los amarillos almohadones que rodean el lecho donde ella posa se ven anaranjados. Los colores cálidos que la abrazan consiguen que se relaje y disfrute de ser la amada modelo. Quizás se relaje demasiado. Los párpados le pesan cada vez más. Entonces, arriba ve una franja negra, en el centro, rojos, naranjas y rosas, y abajo, otra franja negra que cada vez se aproxima más a la superior. Las franjas se juntan. Negro completo. Recuerda la lucha. Respira profundo y sus ojos se vuelven a llenar de calidez. Rojos, naranjas y rosas por todos lados.

    La espalda del futuro retrato se deforma de a poco. Ella pestañea y ahora trata de distinguir la figura de la ventana. Los rojos y sus gamas se entremezclan. Todo está fuera de foco. Pestañea de nuevo. Todo se presenta nítido otra vez. Y luego: negro, colores cálidos borrosos, y negro. Oscuridad próxima.

    Sus ojos se cierran. Esta vez, para siempre.

03/05/2010

Punto de vista

Filed under: Punto de vista — Stella Maris Roque @ 13:05

Por Verónica Stanta Salvati

FRAGMENTO DEL CUENTO “EL RETRATO OVAL”, DE EDGAR ALLAN POE:

“Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y se desposó con él. Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, toda luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Más era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso. El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día. Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él. Ella, no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. Y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado. Pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritó con voz terrible: “¡En verdad, esta es la vida misma!” Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada: ¡Estaba muerta!”

PUNTO DE VISTA DEL PINTOR:

Trabaja enfebrecido, casi enloquecido. Ahora mirando los espectros de luz que entran con cuentagotas por la ventana; ahora mirándola a ella, su modelo, su amada. Dibuja, compone, crea. Transforma unas simples líneas en sus rasgos, las pasa al lienzo al que luego le dará vida. Le lleva días, pero cada vez que la mira, ella está quieta, perfecta, radiante. Días largos antes de comenzar con la pintura, la magia del color.

Moja el pincel en el aceite y luego en el pigmento, y ahora ya tiene el color del fondo. Y otra vez la misma acción y el vestido es verde. Levanta la vista y ella le sonríe desde detrás del caballete, sonríe y la torre se ilumina, y él vuelve a su trabajo maniático, complacido.

Con trazos rápidos delinea los objetos. Una mesa, una silla, un cuadro al fondo, el candelabro dorado a su derecha. Mira a su modelo y la ve más pálida, pero lo atribuye a la luz, y de esta forma continúa con su pintura, su arte.

Los días y las semanas pasan, el cuadro avanza, al igual que su cordura y la vida de su amada. Sólo faltan los detalles, el brillo de los ojos, el rubor tenue de las mejillas suaves, quizás un rayo de luz perdido dentro de la torre gris. Un rayo que ilumina una sonrisa rota, casi apagada que no se ve a través de la tela que es su amante, a través de esa tela que se lleva la vida, el alma, el espíritu.

Da el último toque de color a unos labios ahora grises, y después de lo que parece una eternidad, levanta la vista para contemplar a la que ahora vive en su retrato mientras su cuerpo yace frío y gris en la silla que posaba.

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