Escrito en el blog

18/05/2010

Diario de una rosa

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 17:12

Por Magalí Dapas

13 de marzo

Antes sólo era un capullo. Hoy, al fin, pude abrir mis pétalos a la vida. Junto a las demás flores, arbustos y árboles, desplegué con amor y voluntad mi belleza en el jardín que habito. Con esta transformación, descubrí que soy necesaria al igual que todos en la tierra, que cada uno, de forma diferente, impregna su esencia en esta vida, y así creamos la naturaleza perfecta que nos rodea.

15 de marzo

Hoy disfruté de un atardecer inolvidable. Mientras el sol entibiaba el ambiente con sus últimos rayos, absorbimos en nuestro interior la purificación del riego de la tarde, ¡qué invasión tan revitalizante! El cielo trazaba sutiles pinceladas de tonos rojos y violetas y, simultáneamente, caía la luz del sol anaranjada. La brisa ya templada de marzo nos envolvió de presagios que auguraban felicidad, y transportaba en ella la fragancia exquisita que habían elaborado el pasto y los jazmines. De pronto, los pájaros acercaron su música y, entre sus cantos, se mezclaba el sonido de la caída del agua de la fuente. Las hojas del ombú bailaban al compás de la melodía. Durante la fiesta que nos regalaba el crepúsculo, una mariposa delicadamente tallada se posó en mí; hubiera querido preguntarle quién le había grabado aquel diseño, pero quedé estupefacta ante su presencia y, como era una viajera errante, que sólo venía a plasmar en ese instante su belleza, voló en busca de su libertad ya conquistada. Por la noche, el paisaje fantástico que nos rodeaba no concluyó: las estrellas en el firmamento se encargaron de exhibir otra escena única. Y sentí, por primera vez, el rocío sobre mis pétalos.

 17 de marzo

Hoy, por la mañana, me extrajeron de mi tierra. Habito ahora en un florero sobre una mesa inmensa y vacía. Ya comienza a oscurecer y sólo veo sombras a mi alrededor. Extraño la luz solar, el cantar de los pájaros, la fragancia dulce que me rodeaba, la brisa acariciándome… En este momento todo es tristeza, silencio, oscuridad, soledad… ¡Daría cualquier cosa por regresar al jardín! No puedo expandir mis pétalos, ya que no siento la libertad. Dos cuchillas filosas e impotentes cortaron todos mis sueños al sacarme de la tierra. Estoy atrapada, encerrada, censurada a cualquier reclamo; quisiera gritar que el agua está helada, que me moja superficialmente, ya no ingresa en mi interior como antes en mis raíces. Vi por la ventana que da al jardín que también faltan algunos jazmines, ¿estarán también en un florero como yo?

21 de marzo

Mis pétalos comenzaron a caer… Siento mi interior seco, me estoy muriendo… Hoy, por última vez, luego de que me dejaran tirada al borde de un escritorio, fui acariciada por la luz del sol. Por una pequeña ventana, entraba un destello ceñido que fue el hálito de esperanza para que yo escribiera ya sin fuerzas. Moriré aplastada entre las páginas de un libro, me encerrarán en una biblioteca oscura. No sabía cuál era la finalidad de conservar mi cuerpo, ya que no tendré jamás la belleza que tuve alguna vez. Mis pétalos no volverán a ser de un rojo radiante, sino que, al igual que ahora, quedaré eternamente con un tono pálido, corroído por el paso del tiempo… Pero luego de reflexionar, descubrí que, es verdad, ya no soy la misma, mi juventud se ha escapado y ya nunca regresará atrás; sin embargo, hay algo que sigue intacto, aquello que cambió paulatinamente guiándose hacia la perfección… Había muchas rosas en el jardín, parecidas a mí, iguales a mí, pero por dentro, en las raíces, corría la esencia distinta de cada una. Así, a pesar de que esté marchita, perpetuarán mi existencia en la tierra, porque aunque el tiempo pase, sigo teniendo la belleza que me hizo y me hace también hoy única: mi interior…

Diario de una pelota

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 17:06

Por Alejandro Logatt Grabner

Martes 23/3/2010

            ¡Ya es martes! No puedo contener la emoción después de haber estado tan cerca de concretar mi sueño tan anhelado. ¡Maldita la lluvia que el domingo postergó el sueño de toda mi vida! Yo me imaginaba acariciada por los golosos jugadores y también por el pasto. Ya tenía la música de la hinchada sobre mi cuero forrado de plástico y lo papelitos cayendo a mansalva sobre el verde paño. 

            ¡Cuánta felicidad! Es difícil describir las vibraciones que se perciben cuando una se encuentra en lugar en el cual –sin que muchos siquiera lo consideren– se es el personaje principal, un encuentro en el que todos los presentes sueñan con mi presencia dentro de un arco para un posterior alarido de alborozo.

            Sólo faltan dos días y no sé cómo distraerme. Hablo con mis compañeras de utilería para ver cómo están y noto en ellas la misma ansiedad que tengo yo. Sin embargo, hay una –siempre es Claudia– a quien veo algo pinchada, deprimida. El domingo estaba entusiasmada, pero la suspensión le sentó mal. Ella se había preparado para ser participe de una gran fiesta popular, y termino húmeda y despreciada, anegada al costado del arco de la calle Brandsen.

            Yo le intentó hablar; le digo que esta oportunidad es única. Inclusive le grito: “¡Inflate, no seas gila!”, pero sigue ahí, solitaria, mientras nosotras no podemos más con los nervios.

            Ya falta menos, sólo cuarenta y ocho  horas nos separan de la alegría de volver al campo de juego;  poco tiempo para acaparar la atención nacional.

Miércoles 24/3/2010

No pude pegar un ojo. Escuché a cientos de dirigentes en distintas charlas. ¡La presión que sienten! Yo me río porque ellos sólo reflexionan y concluyen que la última palabra es de los jugadores. ¡Pero minga! Las que decidimos somos nosotras. Si yo quiero, cuando Riquelme decida pegarle a un tiro libre, me voy al carajo, cinco metros arriba del travesaño y me río. Me mato de risa de las caras la gente, de sus plegarias y de sus ruegos. ¡Acá no hay santo que valga, viejo!

            Me desternillo si puedo vislumbrar a los directores técnicos gritando indicaciones que no sirven para nada, porque si no tengo ganas, ellos se quedan sin laburo. No es que quiera ser mala, pero para darle alegría a un grupo de gente, me tienen que caer bien.          Ya me ha pasado. Una vez hubo un jugador que salió a la cancha y me escupió. ¡Me escupió! Ya desde momento se la tuve jurada durante todo el partido; sólo tenía que esperar mi chance. Y esta llegó a los treinta y cinco minutos del segundo tiempo, cuando el juez sancionó un penal. “¡Es la mía y acá la paga!” –me dije–. Me acomodó. Detrás de él había como cincuenta mil personas envalentonadas, borrachas, violáceas de la furia.

            El tipo corrió y cuando llegó hasta el lugar donde yo estaba, me corrí unos centímetros y me perdí en el banderín del corner. ¡Cómo me reí! ¡Cómo lo putearon!

            Espero que mañana ninguno se me haga el loco, porque lo garco. Yo con eso no tengo dramas. Y si es de Boca, mejor. No me caen esos de azul y amarillo.   

Jueves 25/3/10

            Hoy es el día; ya quiero salir y divertirme; oír los gritos, ver el sol, los colores y a la gente. Ya siento las vibraciones del público detrás de las alambradas y los vidrios.

            Recién me asomé por la reja y vi llegar el micro con los jugadores de River. Pude pispar al muñeco Gallardo escuchando música; lo juzgué confiado. Seguro que si hay un tiro libre, voy, me le pego a su pie y después me clavo en un ángulo.

            Tengo ganas de ver goles y pasar a saludar a la red. Quiero apreciar a ese grupito de hinchas rojos y blancos con la felicidad en sus rostros, y de pasó [ABSC1] visto a Elda –la red–porque ella se aburré. La verdad, no entiendo cómo aguanté estar colgada ocho, nueve, diez horas. ¡Qué aburrimiento!

             Nosotras por los menos nos divertimos, corremos, tomamos decisiones, pero ellas, mutis por el foro. Cero al as. ¡Ah!           Ahora me acuerdo de una que se hizo la viva y cuando un tipo pateó al arco, se corrió y pareció que la pelota se había ido afuera. ¡Qué rebelde!

            De todos modos, no creo que en un clásico alguna se mande una payasada de ésas. ¿Con tanta gente mirando? Sería una locura; la desterrarían y seguro terminaría por alguna cancha del ascenso, o peor, en el regional, destrozada por el viento.

            Bueno, querido diario, te dejo. Ya vienen los alcanza pelotas; me voy para la cancha, quiero trabajar un poco y sacudirme toda la modorra acumulada desde el domingo pasado. Hoy hago ganar a los de blanco y rojo, porque a los de azul y amarillo ya les di muchas alegrías.

15/05/2010

Fragmentos de un diario íntimo

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Por Noemí Oglobín

Día 14

24 de enero de 2010

Hoy fue un día agotador, como todos los demás desde el comienzo del verano. Recién terminó la última función de este domingo que en una hora se va. Estoy cansado del encierro, de que la gente me mire únicamente como un bello y simpático animal, sin reparar en la tristeza de mis ojos. Qué ignorante es el Hombre, ¿o acaso cree que para un tigre es gratificante estar en cautiverio desde hace nueve años y dedicar su vida a los espectáculos de un circo mediocre?

Tengo sueño y las ganas de seguir escribiendo desaparecieron.

Día 15

25 de enero de 2010

Descanso. Soledad. Lunes, mi día preferido: no hay funciones. ¡Qué lindo es hacer fiaca!

Se está acercando el mediodía y mi estómago cruje del hambre que tengo; afortunadamente en un instante va a venir Gabi con un balde lleno de esa sabrosa carne  que me trae todos los comienzos  de semana; a veces  creo que dentro de lo malo ocurrido a partir  de mi vida tras las rejas, tuve suerte porque mi cuidador, además de darme de comer, juega conmigo y me mima; por lo menos eso me devuelve un poco de la vitalidad que necesito para seguir alimentando mi vida  y la esperanza  de que  en algún momento la libertad vuelva  a abrazarme.

Día 16

28 de enero de 2010

¡Al fin puedo volver a escribir! Estos últimos tres días estuve muy ocupado: Gabi me entrenó antes y después de cada función, sin embargo me dijo que hoy tendría un momento de descanso porque mi cuerpo ya no rinde lo mismo que cuando era joven, una suave curva hunde mi lomo hacia abajo y eso da pruebas de ello.

Aún desde mi jaula puedo divisar esa fila de niños que, acompañados por algún familiar, se preguntan con curiosidad qué desfilará ante sus ojos cuando entren a esa “gran carpa”. Seguramente se excitarán al verme atravesar los aros de fuego y, como siempre, la sonrisa les pintará sus labios, pero no percibirán  mi temor, mi vejez y mi sufrimiento al ir corriendo, saltando y metiéndome dentro de esos soles irreales que chamuscan mi pelaje.

05/05/2010

Diario íntimo

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 16:28

Por Aisha

25 de marzo de 2010:

Años hace que no me escribo, no lo he necesitado… hasta hoy. Un vértigo eléctrico me recorrió horizontal y el espasmo me desplomó, rígido, sobre el acolchado tafetán de la soñolienta y vieja mecedora que dejó mi abuela (creo que se parecían un poco). Un chirrido trepidante, de dificultoso sopesar, me terminó de hundir sordo e inútil. Dejé de pensar… perdí la conciencia, quizá.

Un haz de sol, condensado por el vítreo caparazón de la cúpula de la biblioteca, me devolvió absolutamente desconcertado a la tarde que parecía no haber necesitado nada de mí durante lo que aparentaba haber transcurrido: apenas, un par de horas. Esperido, intenté recobrar la postura y, como si estuviera emergiendo de la nata de una copa llena de un licor dulce (la boca me sabía a uva), destilé la suavidad de mis estoicos pasos sobre la alfombra que pretendía absorberlos con cuestionable éxito. Oscilé hasta el péndulo del reloj, mientras al lado, desafiante, la puerta me los contaba con intratable determinación. Resuelto a no claudicar, me postré, sumido, un escalón antes de poder alcanzar el suntuoso picaporte de hierro alemán. De pronto, la redención: ni bien arranqué penosamente de mis ojos las lágrimas de impotencia, humedecí una carta que —debajo de mi mano—  se asomó blanca e infinita. Aún no la he leído. Es la única esperanza que tengo.

 26 de marzo de 2010:

Se me escurrió el tabaco entre los dedos dos o tres veces consecutivas. No pude armar un solo cigarro, ni siquiera fumar mi pipa. Todavía estoy atontado, mostrenco (aunque no he probado un bocado desde hace días —mas no me preocupa, no tanto como perder paulatinamente la noción del tiempo y que, en realidad, no me importe—). Una sed inagotable me secó el pecho y las ganas, y, lamentablemente, los viajes hasta la heladera por agua fresca fueron en vano, ninguna cantidad parece saciarme (tampoco me molestaría evitarlos, el olor de toda esa comida descompuesta me trae reminiscencias de muerte). La casa es una calamidad; la tierra del gallinero sedimentó en toda la cocina que parece inundada (no recuerdo que hubiese que reparar ninguna gotera).

Me abrumaron los retratos sobre el hogar. Los contemplé detenidamente con un folclore francés que emergía circense y tenue desde el viejo gramófono vecino (tan viejo como su propio dueño). Admiré en ellos una secuencia imperfecta, enigmática (noté al instante la ausencia de Benicio). Eso me recordó (asociación involuntaria mediante) la gruesa carta sin remitente. Parece contener varias hojas. Probablemente las lea antes de acostarme, y mañana tendría algo interesante para compartir (de todos modos, prolongar la espera no va a cambiar su contenido).

27 de marzo de 2010:

Logré despertarme razonablemente temprano, lo que amplificó desmesuradamente el crujir de una desgarradora pena que me recorrió el vacío del estómago, expandiéndose en un eco intolerable por todo mi ser, hasta tal punto que toda mi existencia pareció reducirse a una absurda lucha por respirar, por recobrar el aliento, como si tuviera que seguir despertándome todavía más para no morir. Finalmente, a gatas, logré llegar a la carta.

Creo que enloquecí, sin duda alguna perdí el juicio. La primera parte decía lo siguiente.

 “Querido hermano:

Me han asignado una noble tarea, tan hermosa como compleja. Necesito que me escuches, que tu corazón abra sus pétalos a la primavera, ya es tiempo de que comprendas. Lo que vas a leer a continuación pasó (por lo que ustedes llaman tiempo) ya hace algunos meses.

‘Se me llenaron los ojos de lágrimas. Supe lo inevitable de la situación apenas te tomé de la mano, cuando todavía tu mirada guardaba la tibieza del primer y único enero en las nubes de mil tardes lejanas (que eran todas una misma tarde) recreadas con efusivo celo, quizás, por la inigualable naturalidad del cosmos, cuyo único testigo era nadie más que ese etéreo instante (no estoy seguro de que mis pies hayan siquiera rozado el suelo en algún momento). Fue como si ese mismo cielo cubriera tu aliento tan prefecto, irreal, perforando toda mi estructura, filtrándose como el aroma de los azahares de todos los naranjos de mi infancia en el jardín de mis abuelos. Quise perderme por completo en ese silencio maravilloso, pero la promesa de tus ojos, de tu inocente mirada, me obligaba sin compasión alguna a saborear el beso de la incertidumbre más filosa. Cada hoja que caía seca, se hundía en la tierra que sangraba todo el ruido inalterable de los pasos que no dimos, de la ausencia de tus palabras, al insoportable galope de mi corazón . La tierra se hizo agua, ni siquiera intenté resistirme; dejé que mi cuerpo se hundiera lentamente. Cerré una oscuridad en mis ojos que preferí infinita, pero tus manos incoherentes me devolvían a la orilla sin azahares ni jardines; al olvido perpetuo de tu pecho en mi pecho; a la luz de una alegría angustiante: la de saber que te perdí para siempre antes de volver a encontrarte.

Quizás nadie sepa que, para todos, aún no he existido.

¿Verdad que lo escribimos juntos? ¿Verdad que sólo nosotros hemos sido testigos de ese “sueño”? ¿Verdad que el Amor te mantuvo vivo? Yo también lo estoy, y deberías leerme con mucha atención, porque he venido para llevarte conmigo.

Luego de mucho andar, una luz de blanca transparencia me detuvo con su majestuoso brillar. Es un ser de una sabiduría inconmensurable (como la mayoría de los que están “Aquí”). Me contó que había sido tu tío, que lo llamaban Heber. Y fue él quién me propuso el desafío. “Aquí” estamos todos vivos, no necesitamos del lenguaje (su inoperancia nos dificulta la comunicación), así que sabrás comprender si sueno confuso.

Asimismo hemos dado las respuestas más simples y profundas con un cálido abrazo, o con la entonación espontánea de una silenciosa caricia. Pero como ya no puedes hacerlo, porque eso que tu llamas cuerpo ya no te pertenece, te voy a regalar las siguientes palabras.

Destellando chispas de paraísos imaginados, serena cual luciérnaga en la oscuridad tocando mis mundos con dedos de luz de luna, sin prisa alguna, veo la vida: es una. No antes, ni después, dejemos que, juntos, nos respire el mismo aire. Volemos hacía aquellas colinas, desde allí podremos ver la eternidad, pararnos en un copo de olvido hasta posar sobre la húmeda hierba y que la tibia tierra evapore cada gota de ficción. Seamos algo inmenso. Seamos tú y yo, seamos Todo. Sólo por éste momento no seamos dos. Una melodía de energía del mismo color, de un nuevo color. De las curvas de un fino verde, del rojo cálido la pasión, y del azul la lejanía, el estupor de saber que jamás nos buscarán en el suelo, sino en el cielo.

“Jamás te buscarán en el suelo, sino en el cielo”. Déjate ya de perder el tiempo, por favor, que me han dado un plazo de tres días para persuadirte de que tu cuerpo  —igual que el mío— ha muerto, pero “tú” sigues vivo. Espero que con esto sea suficiente y dejes de insistir allí. Pero si no resultas convencido, pruébate el resto del contenido que se encuentra en el sobre y no necesitarás otro día más para escribir palabras en tu diario, simplemente volarás, igual que yo.

Con Amor,  Benicio Gael (Ángel, Hermano y Amigo Eterno).

26/04/2010

Diario

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 14:43

Por Verónica Stanta Salvati

Día 5:

Hace ya cinco largos días que partimos del pueblo donde nos encontrábamos. Se suponía que al segundo día de viaje encontraríamos un oasis y que hoy, el quinto, encontraríamos la ciudad. ¡Pero no! Hace cinco días que caminamos como condenados y ni rastro del maldito oasis, o ya que estamos, de la ciudad.

Bien, es hora de seguir camino ahora que el sol ha bajado, voy a despertar a Blaise para poder continuar. Este maldito calor es agobiante, si sólo encontráramos ese oasis, por lo menos tendríamos un alivio.

Día 6:

Estuvimos caminando gran parte de la tarde y toda la noche de ayer. Al llegar el amanecer, decidimos armar unas carpas improvisadas donde poder refugiarnos del calor del día. Pero fue sólo cuestión de que el sol hiciera su mínima aparición cuando vimos a lo lejos lo que parecía ser el oasis.

Creímos que era nuestra imaginación, pero a pesar de ello decidimos arriesgarnos y comprobar si era real.

Fueron unas largas horas de caminata en las que sol fue subiendo en el cielo, brillante y fuerte. Hacía que la arena brillara, dorada y caliente bajo nosotros, pero a medida que nos acercamos nos dimos cuenta de que el oasis estaba allí.

Ya armamos las carpas donde pasaremos el resto de la jornada; felizmente encontramos agua y después de pasar días sin poder refrescarnos nos metimos en ella. Con suerte mañana nos acercaremos a la ciudad.

Día 7:

Pasamos otra noche más en el desierto. Las estrellas lo cubren todo, como si de un manto se tratara. Lo único que se escucha es el silencio. El sonido se pierde en la noche y en las arenas que se lo llevan; impone respeto y un temor casi reverencial. Es apabullante.

El sol comienza a salir y parece como si el mundo cobrara vida con él. Desde dentro de nuestro refugio improvisado veo como se mueve la arena creando remolinos en el aire; tiene algo de mágico e hipnótico, parece que te llamara a danzar con ella.

Debo ir a descansar, el calor y el cansancio me están afectando, debo calmarme antes de cometer alguna locura. Esta noche continuaremos con el viaje; algo me dice que finalmente nos estamos acercando.

Día 8:

Hoy divisamos la silueta de la ciudad, estamos cada vez más cerca. Mañana ya estaremos allí. Por suerte el viaje se termina, debo recordar no hacer nunca más una locura como esta, nunca más saldré sin un guía. Esta vez sólo tuvimos suerte.

Día 9:

¡Finalmente hemos llegado! ¡Después de casi diez días de viaje, hemos llegado! Oh, por Dios, qué alegría, pensé que no lo conseguiríamos, pero aquí estamos, sanos y salvos.

Lo único que necesitamos ahora es reponernos y mañana comenzaremos la búsqueda. El sacrificio ha valido la pena, ahora sólo es cuestión de encontrarla.

21/04/2010

Fragmentos del diario: en busca de una explicación

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Por Soledad Paz Rey

Fragmentos del diario: en busca de una explicación

Martes, 29 de diciembre de 2009

Día normal. Una vez más, mi papá se quedó dormido, así que se despertó sobresaltado, se bañó y se fue rápido al trabajo, mientras yo me quedé jugando y corriendo en la terraza durante toda la tarde. No vino mi abuela.

Miércoles, 30 de diciembre de 2009

Mi papá no fue a trabajar hoy. Se quedó en casa. Jugamos un rato largo y salimos a pasear. ¡Vino mi abuela! Pero a la noche, se fueron juntos los dos con una valija y un bolso grande.

Jueves, 31 de diciembre de 2009

Mi papá no volvió… Vino mi abuela a darme de comer y a jugar un rato conmigo.

Domingo, 3 de enero de 2010

Mi papá nunca regresó. Todos estos días solo vino mi abuela para asegurarse de que comiera algo y para pasar un rato juntos. Estoy triste.

Viernes, 8 de enero de 2010

Todo sigue exactamente igual. Estoy muy triste, aunque intento disimular delante de mi abuela.

Miércoles, 20 de enero de 2010

Vino mi abuela, pero más temprano que de costumbre. Al rato vino otra señora que no conozco, que se hizo la simpática y que me subió a un auto y me llevó al campo. Juro que no entiendo lo que está pasado. Estoy muy triste y ahora, asustado también.

Jueves, 21 de enero de 2010

No quiero comer.

Viernes, 22 de enero de 2010

En este lugar hay dos señoras, la que me trajo y otra más. A la que me trajo ¡la detesto! No dejo ni siquiera que se me acerque. Con la otra soy un poco menos agresivo. ¡Quiero que alguien me explique por qué estoy acá!

Lunes, 25 de enero de 2010

El campo es hermoso, pero ¡extraño a mi papá! …Y también a mi abuela.

Martes, 26 de enero de 2010

Nadie me dice nada, solo intentan hacer que yo me sienta bien. ¿Cómo se hace para estar bien? No juego, casi no como, paso todo el día acostado, pensando en cómo salir de acá.

Miércoles, 27 de enero de 2010

Durante la mañana todo fue igual, pero al mediodía vi que llegaba un auto y… ¡apareció mi abuela! ¡¡¡Sí, vino a buscarme!!! ¡Qué felicidad! ¡Cómo la besé! Ella también estaba muy feliz. Nos subimos al auto y volvimos a casa. El problema es que tampoco ella me explicó qué había pasado, por qué había estado todos esos días en el campo rodeado de gente que no conocía. Igual no importaba mucho, estaba feliz de volver a casa y de ver a mi abuela. Tenía la ilusión de llegar a casa y que estuviera mi papá, pero no fue así, la casa estaba vacía. ¡No importa! ¡Estoy en casa! Mi abuela se quedó toda la tarde conmigo, pero a la noche me dejó solito otra vez…

Jueves, 28 de enero de 2010

Me desperté por el ruido de la puerta. Era temprano. Cuando fui a ver… ¡era papá! ¡Gracias a Dios la pesadilla había terminado! ¡Papá no me había abandonado! ¡Papá volvió! Nos abrazamos un rato largo. Después, un poco más calmado, me senté, le di la pata y lo miré pidiéndole una explicación. Entonces, me contó que se había ido de vacaciones y que con la abuela habían pensado que lo mejor era llevarme a una guardería para que pudiera jugar con otros perros y para que no estuviera en casa solo todo el día. Yo me pregunto ¡¿por qué no me lo explicó antes?! No me hubiese puesto tan triste, ni hubiese imaginado cualquier cosa. ¡Cómo son los humanos, eh! ¿Para qué pueden hablar si no lo aprovechan cuando lo tienen que usar? ¡Qué bárbaro! Espero que haya aprendido y que el próximo verano, antes de irse, me cuente lo que va a pasar, porque yo no sé cómo pedírselo… Nosotros, los perros, no sabemos hablar, pero creo que nos comunicamos mucho mejor que los humanos ¿no?

Diario de un pájaro

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 15:50

Por Stella Maris Roque

14 de marzo de 2008

Imagino el inmenso mar azul, el cielo despejado y la arena tibia de la playa de Puerto Madryn. Voy a ir hacia allá a despedirme de mi último amor. Mañana es mi partida. La decisión me llevó tres días porque para un pájaro de mi especie es difícil salir a volar en mar abierto: mis sacos aéreos están menos desarrollados que los de las aves de otras especies y por eso me va a costar más. Además no sé si lo voy a encontrar…

15 de marzo de 2008

El tiempo de vuelo, según mis cálculos, va a ser de dos días y medio; tengo que volar ciento ochenta y un kilómetros, esta es la distancia que separa Punta Tombo de Puerto Madryn. Antes de comenzar el viaje me puse a reflexionar: ¿resistiría los vientos? ¿Cómo iba a hacer para encontrarlo? La voz de un compañero cormorán me sacó de mis pensamientos, venía a desearme un buen vuelo. Nos despedimos y no le prometí que volvería, sólo le dije que lo iba a extrañar.

 
16 de marzo de 2008

En la mañana de mi partida el cielo estaba azul y no había viento. Comencé a volar, agitaba mis alas, ascendía algunos metros. Mi cuerpo flotaba, se deslizaba por el espacio aéreo, se elevaba cada vez más arriba. El viento me golpeaba la cara y yo aspiraba ese aire que me secaba la boca. Las nubes estaban bajas. Antes de atravesarlas, cerraba los ojos y pasaba rápido hasta que volvía a salir al cielo despejado con el viento que me abanicaba. Durante el trayecto pasé por al lado de unas gaviotas y pude escuchar que hablaban de un cormorán que estaba yendo hacia mar abierto. Sí, hablaban de mí y qué me importaba, si no sabían los motivos de mi viaje. Lo que yo no sabía era si iba a soportarlo; era un riesgo y estaba dispuesta a afrontarlo.
Continúe volando, disfrutaba del sol tibio. Iba haciendo paradas para descansar y cuando tenía hambre me sumergía en el mar para buscar algún pez, y luego tenía que ir hasta las rocas para secar mis plumas antes de volver a volar. Cuando estuve lista para volver a los cielos seguí viaje hasta que comenzó a oscurecer. En ese momento busqué algún árbol para dormir.

17 de marzo

El ruido de un trueno me despertó. El cielo estaba gris, llovía desde la madrugada. Sabía que tenía que seguir pese al mal tiempo así que abandoné el árbol y retomé el vuelo. Había demasiado viento, me impedía volar, pero aleteaba con todas mis fuerzas para no dejarme vencer. Desde arriba veía el mar. Volé todo el día, sólo me detuve para alimentarme. Al llegar la noche volví a buscar un árbol y dormí sobre una rama.

18 de marzo de 2008

Faltaba poco para llegar. Retomé el último tramo de vuelo. Me pesaban las alas, pero no me importaba porque ya podía ver el mar azul de Puerto Madryn, la arena y la cantidad de gaviotas que volaban, como yo. Después de quince minutos llegué al mar de él, me sumergí para cazar un pez y luego salí del agua. Fui hasta la orilla, me acomodé en la arena tibia y esperé. En algún momento, él iría a aparecer. De pronto, vi un cormorán lindísimo: el plumaje era verdoso como el de él. Comencé a seguirlo a una distancia prudencial para que no advirtiera mi presencia. Él voló un rato y luego fue hacia una zona de rocas. Ahí se detuvo y supe que era él, me di cuenta por la manera en la que cortejaba a su pareja, conmigo hacía lo mismo, abría solamente una de sus alas y hacía movimientos lentos, mirándola. Luego, caminaba alrededor de ella, abría y cerraba el pico como lo había hecho conmigo. Lo observé sin que él se diera cuenta.

Se lo veía feliz. Volaba haciendo destrezas sólo para impresionarla y sumergía su pico amarillo en el agua, y después le llevaba la presa a su pareja. A la tarde dormían uno al lado del otro y se hacían caricias con los picos. Me dio mucha felicidad verlo así: enamorado. Por fin había encontrado alguien que lo aceptara tal como era. Decidí acercarme a él, para despedirme, por última vez. Nuestra despedida había sido hostil y nos habíamos separado de un día para el otro. Esperé a que saliera a buscar comida y lo seguí, ahora de cerca. Me puse al lado de él y lo saludé. Su expresión de sorpresa me hizo repensar si había hecho bien en seguirlo.

─ Lo lograste, estás en tu mar ─le dije.

─ ¿Cómo supiste que…? ─preguntó.

─ Vine a despedirme.

Bajamos hacia la playa. Había dejado de llover y no había viento. Mi plumaje además de mojado, estaba sin brillo. Me costaba mirarlo a los ojos. Se acercó a mí, abrió una de sus alas y me cubrió la espalda. Los dos mirábamos hacia el mar azul.

─ ¿Por qué ella? ─pregunté.

Sacó su ala de mi espalda y me dio un beso con su pico amarillo. Se lo devolví y nos abrazamos, el viento me despeinaba las plumas. Se despidió de mí y voló hacia las rocas. Busqué un rincón por la playa y dormí durante horas.

20 de marzo de 2008

Cuando me desperté era un nuevo día en el que había un viento insoportable. Me molestaba el viento. Estaba sin fuerzas para volver a Punta Tombo, para volar ciento ochenta y un kilómetros. Mi plumaje estaba rasgado por el viento. Tenía hambre, sed y nada de energía para ir a buscar alimento, era como si me hubiera caído desde el cielo y no tuviera fuerzas para moverme. Me molestaba el sol en la cara, el viento… Traté de agitar mis alas, pero estaban más pesadas que cuando se mojaban. Caminé como pude hasta el mar azul. Llegué a la orilla y me recosté en la arena. Miré hacia su mar: ese día las olas estaban furiosas. El contacto de mi cuerpo con la arena tibia me calmó el frío. Recordé ese último abrazo, el último beso y que él era feliz. Entonces, yo también era feliz. Cerré los ojos y mi último pensamiento antes de quedarme ahí, en su mar, fue que él había sido el único pájaro que yo había amado.

Diario de Tupá

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 15:46

Por Juan Pablo Doncel  

Día 1:  

¡Por fin he terminado! Arasy me ayudó bastante, sin ella no sé si hubiera podido hacerlo tan rápido. Ya puedo tachar de mi lista la primera parte de mi creación. Con un intenso trabajo de equipo hemos creado la tierra; es hermosa, tal cual la había pensado, con sus montes, ríos, valles, etcétera. Hemos creado el día y la noche, los animales, la fauna y la flora. Todavía nos falta crear al hombre, pero estoy muy exhausto como para seguir la tarea. Arasy también. No creí que ella iba a trabajar tan duro, demostró un entusiasmo similar al mío en el proyecto.  

Designé guardianes en zonas bien distribuidas para que se ocuparan de proteger mi creación y les di la orden de que me avisaran inmediatamente por cualquier contratiempo. Si esto sale como lo tengo planeado, será la más hermosa de mis creaciones. Guaran me pidió encarecidamente ocuparse del Gran Chaco, él también se mostró bastante entusiasta con el emprendimiento. Me alegro por él; yo sé que desempeñará bien las tareas que le dejé a su cargo. 

Día 2: 

La tierra está cada vez más hermosa, casi esta lista para formar a mis creaciones más complejas: los hombres y las mujeres. Quiero que el paso del tiempo me indique el momento exacto, no quiero hacer las cosas apurado.  

Día 3: 

En todo emprendimiento siempre hay bajas, y uno tiene que saber superarlas para volver al ruedo con más fuerza aún. Un hecho desafortunado ha ocurrido. Guarán, mi querido y estimado Guarán, ha muerto. Dentro de mí surge un vacío difícil de llenar, pero no todo es agonía y desesperación. Su último acto fue nombrar a sus dos hijos, Tuvichavé y Michiveva, guardianes del Gran Chaco.  

Al parecer le tomó mucho aprecio al lugar aun no habiendo permanecido en él mucho tiempo. Ya me encargué de los dos guardianes. Les di las indicaciones precisas de cómo manejar la situación, y en honor a su padre les dije que iba a amarlos y a respetarlos como si fueran hijos míos.  

Día 4:  

Tuvichavé, el hijo mayor, es impetuoso, nervioso y decidido a la hora de realizar su labor. Me sienta muy bien ese chico y, aunque su hermano sea más reposado y tranquilo, desempeña su papel al mismo nivel que Tuvichavé. Creo que hice bien en mantener en pie el pedido de Guarán de que sus hijos, ambos dos, sean los guardianes del Gran Chaco. ¡Ese lugar es hermoso!  

Día 5: 

¡No sé en qué estaba pensando! Solo los abandoné unas pocas horas y pasó lo más desagradable. No hay nada más feo en el mundo que una pelea familiar, y peor aún si es entre hermanos. Se me había ocurrido que podía pasar esto, pero pensé que eran puras tonterías creadas por el cuidado que estoy teniendo con la Tierra.  

Al parecer Tuvichavé y Michiveva estaban peleando mucho por la administración de las diversas necesidades de la región y, a medida que se van suscitando las peleas, están adquiriendo un tono más elevado de tensión y agresividad. ¡Tenía que ser él! Añá se dio cuenta antes que yo, ese diablo inmundo tomó partido de esto. Incitó a los jóvenes a que compitieran entre sí con destreza para resolver las cuestiones que los enfrentaban. Los pobres, ilusos, le hicieron caso y subieron a los cerros que rodean el Gran Chaco para disputarse el cargo y para eso realizaron diversas pruebas de habilidad y resistencia. En una de las pruebas, Michiveva lanzó una flecha hacia un árbol que servía como blanco, Añá hizo de las suyas y cambió el rumbo de esta logrando que penetrara exactamente en el corazón de Tuvichavé. La sangre corrió con fuerza bajando por los cerros hasta el Chaco y se internó en su territorio formando un río de color rojo.  

 A Michiveva lo mandé a buscar por todos los lugares conocidos y estoy esperando encontrarlo.  

Pobre muchacho, maldito Añá.  

Día 6: 

Han encontrado a Michiveva. Estaba en los mismos cerros, otra vez, expectante ante el río rojo que había formado su hermano. De repente explotó en llantos tan fuertes y fluidos que acompañaron el rio de sangre de su hermano formando otro de la misma longitud. Después de eso no se lo volvió a ver.  

Día 7:  

No creo que haga falta buscar nuevos guardianes para el Gran Chaco, por alguna razón sigue prosperando debido a la fuerza natural que emanan los ríos. 

16/04/2010

Ella; mi muerte

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 16:33
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Por Vanesa Dobladez

3 de septiembre de 2009

Hoy se ha roto la monotonía de mis días, o mejor dicho, “ella” ha roto la monotonía de mis días. El espejo de mi enajenante rutina, en el que día a día me veo reflejado a mí mismo y todo lo que me rodea, se ha quebrado en mil pedazos cuando ha llegado ella. Ella…, no se su nombre, no he visto su rostro. Desde la mesa del bar donde me encontraba ubicado, sólo he podido observar su dorado cabello, su esbelta figura, sus gráciles movimientos. Mi imaginación ahora gira alocadamente en un torbellino de rostros, nombres, voces…, todos, los más bellos.

5 de septiembre de 2009

Siento que mi maléfico espejo se reconstruye pedazo a pedazo cercándome, ahogándome. Ella no ha vuelto.

6 de septiembre de 2009

¡Ha regresado! ¡La he visto! Cuando me asignaron la mesa contigua a la de ella, mi corazón ha dado un vuelco iniciando una alocada carrera. Allí estaba con su azul mirada, tras un dorado velo de largas pestañas, perdida en la nada. ¿Qué verían sus ojos?, ¿adónde la transportaban? No era a mí a quien miraban… Pero eso no importa, ¡ha sido tan infinito el placer de poder contemplarla! No sé cuántos rostros imaginé para ella, pero estoy seguro de que ninguno tan hermoso como el que ahora evoco.

10 de septiembre de 2009

Agonizo en el anhelo de volver a verla.

12 de septiembre de 2009

Me atormenta su ausencia. Mi mente traicionera comienza a desdibujar su imagen y la oscuridad del temor al olvido se cierne sobre mí.

14 de septiembre de 2009

Me estremezco al recordar su luz, su música, su aroma… ¡Tan cerca he estado de ella! Saciada la ansiedad de mis ojos he padecido el tormento de intentar conocer su voz aturdido por las conversaciones ajenas. ¡Malditas voces!, ¡malditos ruidos!, ¡cuánto he sufrido por su cruel atropello! ¡Bendita sea ella que, ignorando mi suplicio, se ha acercado a mi mesa! No recuerdo sus palabras, no era a mí a quien hablaba… Pero eso no importa, sólo deseaba poder escucharla. Su voz…, tierna melodía que vibra en mi alma.

17 de septiembre de 2009

Hoy ella ha posado sus labios sobre otro. ¡Estúpido de mí por no pensar que así sería! La daga de los celos se ha clavado en mis entrañas y se retuerce en ellas disfrutando el triunfo de su hazaña. ¡Maldita mi suerte que nunca me ha permitido estar en su mesa, entre sus manos, en sus labios!

18 de septiembre de 2009

El remordimiento me consume; también, el deseo de verla.

Hoy he visto morir a aquel otro a quien la muerte deseaba. Ha resbalado de las manos de quien varias veces al día nos lava. Ha caído a mi lado convertido en pequeños trozos de loza blanca. Jamás tuve conciencia de cuán efímera puede ser nuestra vida. Siempre en manos de otros, sin libertad alguna, con plena impotencia. Basta un simple descuido de una dama, un caballero, un copero o una camarera, para que finalice nuestra existencia. No soy más que un simple pedazo de loza con forma, un simple y frágil pocillo de bar que a nadie importa. Pero ¡no quiero morir aún!, no sin saber su nombre, no sin haber sentido la dulce tibieza de sus labios. ¡Cuán imperioso me resulta ahora seguir viviendo! Dejaré asentada la fecha de cada “mañana”, para aferrarme a la vida, para mantener mis esperanzas.

19 de septiembre de 2009

12/04/2010

Diario de un colectivero

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 17:17

 

Por Ivana Andrade

 

18 de marzo de 2010

Hoy me tocó el turno de la mañana. Una lástima, me estresa la mañana. La gente está histérica a esas horas. A nadie le gusta levantarse tan temprano y tener que estar con la cara por el piso del sueño, encerrado y apretujado en un estanque con ruedas. A mí tampoco me gusta manejar en esas condiciones. Yo también quisiera seguir durmiendo.

La salida desde la terminal es tranquila. Se ocupan todos los asientos, pero la gente está tranquila. Uno ve a tanta gente todos los días… Y hay de todo, eh.

Están las que, claramente, van a la oficina. Arregladitas, con carterita y pantalones de vestir, con esas blusitas que seguramente compraron en algún impulso mientras paseaban por alguna peatonal del centro sin parar de hablar con alguna amiga que hacía tiempo no veían por tener poca disponibilidad horaria. Claro, entre la facultad y el trabajo…

También se ven a esos que van con camisas y sacos, pelo mojado y alguna mochila poco formal en la que llevan apuntes y algo de plata para almorzar. Esos jóvenes que miran a las señoritas arregladitas de oficina. Quizás, piensan en la forma de acercarse y charlar para levantarse a alguna. No. No creo. Eso era en otras épocas. Hoy todos viajan enchufados a esos aparatos que, entre otras miles de cosas, reproducen música y cada vez vienen en tamaños más chicos. Mi hijo quiere uno. Voy a preguntarle a José si conoce a alguien que me venda alguno trucho –José conoce a todo el mundo–. Más de gamba y media no gasto. Después, ¿quién mierda la soporta a mi mujer?

¿En qué estaba? Ah, sí. La gente. Hay de todo. Las peores son las señoras grandes. ¿A qué señora de 70 años se le ocurre viajar en colectivo a las 7 de la mañana cuando todo el mundo sabe que es el peor horario? Nadie lo dice, pero todos arriba del bondi lo deben pensar. A nadie le gusta dejar ese asiento sagrado que con ansias espera encontrar cuando sube a esa pecera verde que comando. ¡Jajaja! La esperanza del asiento vacío. Se les nota en los ojos. Suben casi cruzando los dedos por ver un reluciente asiento vacío. Cuando lo encuentran les brillan los ojos como si se emocionaran hasta las lágrimas. Y cuando eso no pasa, yo creo que sus corazones se rompen como si fuese una de las peores tragedias amorosas que a uno le pudiera ocurrir. Bien de novela brasuca que pasan a la tarde. Pero se hacen los duros. Se hacen los fuertes y ocultan toda mueca que exprese su dolor, su angustia, su pena. Ni que fuese tan terrible viajar parado.

Entonces, es casi lógico. Encuentran el asiento, se sientan y viajan felices por aquel hermoso acontecimiento en sus vidas. Pero…, “charán, charán”. Sube la señora. La maldita señora que no tiene mejor cosa que hacer que viajar en bondi en hora pico; señora que debería aprovechar el hecho de que, seguramente, ella ya habrá aportado mucho a esta sociedad durante sus años de juventud y por lo tanto, puede quedarse en su casa, en su pieza, en su cama. Abrigada en invierno. Fresquita en verano. Y, señora, si no puede dormir, mire la tele o tome mate. ¡No sé! Mire fotos de sus nietos, ponga la radio, barra el piso de la cocina una vez más. Desempolve viejas cosas, clasifíquelas y si no las quiere guardar más tiempo, dónelas. ¡Tantas cosas tiene para hacer una señora de su edad! ¿Con qué necesidad viene usted a subirse al colectivo a esa hora? Me juego las pelotas que todos los pasajeros piensan eso cuando la ven subir.

Menos mal que hoy no hubo ninguna manifestación. La zona del Congreso es terrible. Encima, se acerca el 24. ¡Puta!, lo que va a ser eso… Bah, no quiero hacerme mala sangre de antemano. Quizás, pueda pedir el franco para ese día. Mientras tanto, disfruto de estos mates en la terminal con Cachito.

¡Cachito! Un grande, Cachito. Siempre nos espera a todos los “muchachos” según él –40 en cada pierna tenemos los muchachos–, con unos mates, unas galletitas y un mazo de cartas para distraernos un rato entre turno y turno con un truquito. Esa media horita con Cachito es uno de los momentos más esperados durante la jornada laboral. Claro, el más importante es el horario de fin de jornada. Ese que te permite volver a casa y descansar, siempre y cuando, tu mujer no te espere con diez millones de quilombos de los que te tenés que ocupar. Y entonces, te viene con la historieta de que los pibes no hicieron los deberes o que se portaron mal en el colegio. Y yo pienso: “Oime, mujer, ¿no podés ocuparte vos de eso? ¿Tan difícil es que te impongas un poco o es que sos tan boluda que hasta los pibes se dan cuenta de que te pueden pasar por encima? Yo vengo cansado, che”. Y mientras tanto, ella sigue hablando de todas esas cosas que a mí, a esa hora, no me interesan. Es como si aún al bajar del bondi, tuviese que seguir manejando el colectivo familiar.

Menos mal que mañana me puede tocar el turno de la tarde o el de la noche. Voy a poder dormir toda la mañana.

19 de marzo de 2010

Ayer laburé todo el día. Al final tuve que cubrir a Raúl durante la tarde después de haber hecho mi turno de la mañana. Pero la tarde es tranquila. Poca gente viaja. Dentro del bondi se puede respirar y todo. El problema de la tarde son los tacheros. Está lleno. Toda capital repleta de tacheros que se cruzan, se meten, se mandan, frenan en todos lados…, se creen los dueños de la calle y manejan como el orto. Para colmo, si los puteás se atreven a responder y a mí me dan ganas de acomodar de una trompada a todos y cada uno de los boludos que manejan un taxi.

Otro problema es cuando llegan las cinco de la tarde. Ahí se genera un clima similar al matutino, solo que con la gente bastante más alterada por todas las broncas y presiones que fueron acumulando durante el día. Decí que yo soy un tipo bastante tranquilo. Igual, llega un punto en que hasta la pregunta hecha del modo más amable me rompe las bolas. La clásica es el: “¿Vas hasta tal lado?” y yo pienso: “Sí, pa. ¿Qué dice el cartel? ¿No entendés español vos? Y si no sabés si paso con el bondi por ahí, agarrá una Guía ‘T’ que tan difícil de interpretar no es”. Pero me limito a un frío, seco y apagado: “Sí” con el que demuestro lo infeliz que soy sentado delante de ese volante mientras llevo y traigo gente todos los días para que ellos laburen de algo más copado que manejar un bondi, pero que también los hace sentir unos infelices porque en este país no hay laburo de lo que uno quiere. Hay lo que hay. Y hay que bancársela. Ambicioso, en Argentina, querer trabajar de aquello que uno estudia o estudió, o quiso o quiere estudiar. Me da pena por mis dos hijos. Ojalá que ellos tengan otras posibilidades.

Tengo sueño, estoy realmente cansado. Espero que Claudia no empiece con las historias de siempre. Espero que se limite a hacer la cena y esperarme en casa con un lindo humor. Difícil que ocurra. ¿Qué pasó con esa mujer? Era tan divertida. Supongo que a ella también le joden ciertas cosas. Yo también me veo mucho más apagado que hace…, diez? No. Menos. Serán siete o cinco…, quizás tres años. Pero ella siempre fue una dulce. Aunque me rompe bastante, es una compañera divina. Se lo tengo que reconocer. Pasa que a veces no nos aguantamos. Pero, qué sé yo. Yo estoy contento de que ella sea la madre de mis hijos: Joaquín y Matías.

Joaco está por cumplir los 14. Cómo pasa el tiempo, la puta madre. Y Mati. ¡Jaja! Es una pulguita de 8. Qué pibe que me hace morir de risa. ¡Ay! Pensar en mis hijos me relaja. Son como esa música que calma a esta fiera.

 ¡Qué linda está la noche para unas pizzas y unas birras frescas! Voy a aprovechar hoy porque mañana me toca el horario nocturno. 

20 de marzo de 2010

Linda noche para manejar. Hasta es divertido laburar un sábado a la noche. No, bueno, no es la joda loca y, claramente, preferiría estar en otro lado. Pero, es realmente divertido ver a la gente que viaja los fines de semana a la madrugada. Ya de por sí, me causa gracia la vestimenta que usan para salir. En especial, la pendejada. Aunque, hay cada cincuentona que se quiere hacer la pendeja…

Y uno ve subir cada cosa linda. Bueh, soy de carne y hueso. Por más que el camino esté delante, uno también tiene que mirar quien sube, ¿no? Y mirar si sacan bien el boleto, y si viajan acompañadas o solas…, además si se visten así es porque quieren que las miren. Y yo soy un hombre que hace lo que ellas quieran que haga.

Sí, también viajan todos apretados como en otros horarios –más que nada camino a Capital–. Pero el clima entre la gente es distinto. Todos están de buen humor. No tienen una obligación por delante y se nota.

La vuelta ya es otra cosa. Es muchísimo más tranquila. La “onda verde” en las avenidas es casi la mismísima gloria. Lo único que jode son los boludos que chupan y salen a manejar. Después pasa lo que nos desayunamos los domingos a la mañana en el noticiero. Accidentes por todos lados. Esa es otra de las cosas que me da miedo por mis hijos. A Joaco no le falta mucho para empezar a salir de joda. Ojalá sea un pibe vivo para esas cosas. Espero que no se meta en líos ni haga boludeces. Pensar que cuando yo era pibe vivía sin tener conciencia de todo lo que me podría llegar a pasar en la calle,  aunque antes las cosas no estaban tan jodidas como ahora. Hoy es más peligroso. Bah, no sé si es más peligroso o si se muestra mucho más lo peligroso que fue todo siempre. Digamos que durante los años de dictadura este país no fue el Edén, precisamente.

Fue un fin de semana bastante tranquilo, eh. O quizás sea que se nota la diferencia con los fines de semana de verano.

El turno se pasó rápido. O por lo menos, así lo sentí yo. Llegué a la terminal, saludé a Carlitos y al gordo Mario. Estaban desayunando antes de que les tocara salir. Me convidaron unos mates y charlamos un poco de la suegra del gordo. La vieja siempre le hizo la vida imposible. Ahora está en las últimas y parece que está más insoportable que nunca. El pobre gordo no pega un ojo hace semanas. Yo no creo que sea recomendable que siga laburando así. Pero claro, necesita el mango, como todos, bah.

Tiene pinta de que va a llover todo el domingo. Qué lindo. Fútbol, pastas, y cafecito. Ojalá que los pibes se queden jugando con la computadora en la pieza y que Claudia no me venga con eso del dolor de cabeza.

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