Escrito en el blog

21/05/2010

Descripción de la visita a la casa de mi abuela

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 18:35

Por Stella Maris Roque

    La luz del living está encendida. El camino que me conduce a la entrada, iluminado por las luces que provienen de la calle. Los perros ladran, solitarios, y desde el roble prorrumpen algunos sonidos: las ramas se agitan y de ellas salen pájaros grises que vuelan en la misma dirección. Vuelan cada vez más arriba hasta que se pierden en la oscuridad del cielo estrellado. Las hojas del roble permanecen en movimiento; algunas caen, rozan el pasto, lo acarician hasta que se quedan quietas, inmóviles.

    Entro con la llave que abrió esta puerta durante veinte años. La luz del living sigue encendida. Las persianas no están del todo bajas. No hay ningún signo de vida más que los cuatro perros que me siguen desde que llegué. Enseguida que entro escucho como un murmullo, imagino que una voz quiere salir de las paredes, pero no puede, y entonces sólo sigo escuchando un murmullo hueco. Voy hacia el que era mi dormitorio. Sólo hay  una cama con un colchón, el armario y una mesa de madera antigua. Sobre la mesa, una lupa y varios negativos. ¿Quién estará en esos negativos? Acerco la lupa, las personas que están en esa playa no son parte de mi familia. Tampoco lo es un señor panzón con bigotes que se mira en el espejo de un baño. A esta casa la habitan otras sombras, pienso, sombras que son parte de una vida que desconozco. Me siento sobre el colchón húmedo y miro hacia el armario. En ese lugar, mamá guardaba cartas que nunca llegaron al destinatario, fotos en las que ella no estaba y ropa hecha a mano, que se llevaron.

    Salgo del dormitorio y voy hacia el cuarto de mi abuela. Intento abrir la puerta, está cerrada. Vuelvo hacia el living y en el trayecto paso por uno de los espejos que está en la entrada. Me miro de reojo, pensar que vio pasar tanta gente… creo que guarda un secreto y es por ese motivo que no me animo a mirar de frente, por miedo a que me lo revele. Paso rápido por delante del espejo y tengo la sensación de que alguien me sigue.

    Llego al living. Está vacío, salvo por dos cosas: el sillón negro y la biblioteca. A veces el silencio es ruido, pienso. La biblioteca tiene dos puertas, las abro y busco los libros que me quiero llevar: Las mil y una noches, Hamlet y todos los tomos de la enciclopedia que mi abuela compró por encargo. El primero que elijo es Hamlet y antes de guardarlo me fijo si tiene algo dentro; mi abuela solía esconder, entre las hojas, trucos de recetas para que nadie supiera cómo le salían tan ricos los dulces caseros. Agito las hojas del libro. Cae un papel arrugado que dice: “Para mi amor”. Intento no leerlo, pero mis pupilas se detienen en otra frase que dice: “Te esperé durante horas y no viniste”. Intento pensar si esa carta habrá sido de algún amor de mi abuela. Le gustaba guardar cuanto papel hubiera a su alcance. Decido dejarlo en la biblioteca. Me siento en el sillón negro. La mesa ratona de mármol que antes había ya no está. Tenía como adorno un candelabro de plata, que también se lo llevaron. El sillón me resulta incómodo.

    Me levanto y voy al comedor. Las sillas son las mismas que antes, sólo que ahora están rotas y agujereadas. La estufa ya no está; hay un hueco. Miro hacia el techo, telas de araña y la misma lámpara de plata que mi abuela solía lustrar una vez por semana. Creo escuchar pasos, es como si de pronto tuviera la sensación de que ella va a entrar por la puerta del comedor, me va a mirar y me va a decir que soy la más linda de todas las nenas del mundo. La imagino con su poncho, sus alpargatas y sus pelos despeinados, arrastrando los pies. Imagino que una vez más me va a enseñar a hacer manteca, me va a cocinar los fideos tirabuzón con salsa, los buñuelos y los panqueques con dulce de leche. Quisiera que estuviera acá, que fuera realidad todo lo que imagino, pero no va a volver.

     De pronto se me ocurre que si encuentro la llave del cuarto de mi abuela puedo dormir ahí, por esta noche. Es tarde para volver a casa, tendría que recorrer como cincuenta kilómetros. Busco el portallaves, ahí tiene que estar. Cuando lo encuentro voy hacia el cuarto de mi abuela. Introduzco la primera llave. La segunda. La tercera. La cuarta. Y cuando meto la quinta y la muevo, la cerradura cede hasta el final. Entro al cuarto de mi abuela. Huele a naftalina. La cama está desnuda. Ni siquiera tiene el colchón donde dormía ella. Los resortes están a la vista. El espejo me encuentra. Miro en dirección a este, puedo verme cuando era chica. Llegaba a la puerta de este cuarto y mi abuela no me dejaba entrar si no era con los patines especialmente hechos para los pisos encerados. Me gustaba entrar a su cuarto y saltar sobre la cama. Y a ella también le gustaba porque se ponía a cantar.

    El ladrido de un perro me trae de nuevo al presente y de pronto tengo ganas de saltar en el colchón. Voy a buscar el colchón al que era mi dormitorio. Después de arrastrarlo y de hacer fuerza consigo ponerlo sobre los resortes. Luego me paro sobre este y salto un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, y miles de veces. Los pelos se me despeinan, el pulso se agita, estornudo sin parar. Mientras salto muevo los brazos y canto a los gritos la parte de una canción que ella solía recitar en los momentos de los saltos: “Iba una chiquita por la calle, iba caminando con soltura, todos se paraban a mirarla…chiquita que linda sos, chiquita de pimienta, qué pimienta tiene al caminar”.

—¿Vos sos la chiquita de pimienta? —solía preguntarme cuando dejaba de saltar.

—Sí, soy yo.

Le decía que sí para que ella se pusiera contenta, y enseguida me lo volvía a preguntar. No entendía por qué era tan reiterativa, hasta que supe que estaba enferma. En el último salto me detengo y dejo que todo mi cuerpo caiga sobre el colchón. Caigo como peso muerto y me río a las carcajadas. Poco a poco me voy tranquilizando hasta que cierro los ojos. Imagino que mi abuela está conmigo, que está al costado de la cama, acariciándome los pies. Quiero creer que me frota los pies para que se me vaya el frío. Me figuro que está ahí, que la puedo ver por última vez para decirle lo que ella decía: “Será hasta siempre, mi chiquita…” Tengo los pies helados. Me levanto para buscar una frazada en el armario. Lo abro y encuentro la ropa de ella, ¿por qué no se la llevaron también? Me pongo un pulóver azul y uno de esos ponchos de lana que tanto le gustaban.

    Vuelvo al colchón gris y ahora entrecierro los ojos, las lágrimas me resbalan por la cara. Me pongo en posición fetal. Imagino que estoy acurrucada debajo de muchas frazadas, me seco las lágrimas, pero siguen saliendo. Tengo mucho frío. Cierro los ojos e intento dormir, pero no puedo, el frío en los pies siempre resulta insoportable. De pronto escucho un ruido como de una puerta que se abre, miro hacia la puerta del cuarto y creo ver a mi abuela con sus pantuflas y con su poncho con olor a jazmín entrando a la habitación. Se sienta en su cama, me acaricia los pies…Dejo de llorar para sonreír y me acurruco en el poncho que me puse. Me quedo quieta, inmóvil. Poco a poco recupero el calor de mis pies, la alegría de haber saltado en la cama y el recuerdo entrañable de cuánto me amó, y recién entonces me entrego al sueño.

20/05/2010

La unidad en el tiempo

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 15:37

Por Magalí Dapas

    Mientras afuera cae la llovizna de un día gris de otoño, dentro de la sala yacen las dos mujeres. El cuarto a media luz, por la caída del sol, hace casi imperceptibles sus rostros.  Una contempla el lagrimeo del cielo a través de la ventana; la otra cuelga de la pared en un cuadro insignificante con un vidrio rajado que simula protegerla.

     La espectadora de la tristeza exterior posee ojos engrandecidos por los anteojos que lleva puestos. Este instrumento, que le ha sido tan útil en los últimos tiempos, no estropea su serena mirada poseedora de un tono azulado reflejado en el cristal de la ventana. Asoman en su nuca unos pocos cabellos blancos neutralizados por el paso de los años. Surcan su tez, al igual que en sus manos, ríos áridos con infinitos afluentes, hoy secos; pero alguna vez caudalosos. Sus arrugas profundas y tenues parecen reflejar experiencias de su vida: derrotas y victorias que, al fin y al cabo, no fueron otra cosa que una unidad de aprendizaje. Y su cuerpo frágil exhibe una leve joroba; mientras que sus manos, los huesos abultados. Su semblante parece débil, cansado, abatido por el extenso camino que le cedió la vida. En cambio, la otra mujer inmortalizada en la pared se distingue por sus ojos negros y brillantes, rebosantes de firmeza, dispuestos para cualquier travesía. Se acuestan en sus hombros rizos sedosos de un matiz rojizo, y su rostro es sumamente delicado, sin ninguna impureza. Además, su cuerpo se muestra armónico y esbelto. Solamente su presencia en aquel retrato lo colma de belleza, solemnidad y valentía, pese a su marco rústico. Y allí caben las dos: opuestas y enfrentadas ante la diferencia de los años que vivieron; una joven, la otra anciana. La primera rebalsada de vida; la otra a un paso de la muerte.

    De repente, cesa la lluvia y el sol aparece para iluminar la confusión. La mujer que meditaba en la ventana sonríe y sus ojos parecen encenderse al igual que el día. Su mirada… Su sonrisa… Todo aquello que el cuadro no revelaba… Eso… Aquello que la cámara fotográfica no había podido captar… No había más que un alma en el cuarto… Sólo una anciana rememoraba aquella juventud lejana que permanecía estampada en la pared de la sala.

15/05/2010

Caen tristes las hojas de los árboles

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 0:54

Por Noemí Oglobin

Caen tristes las hojas de los árboles.

Lluvias que no cesan.

Calles solitarias. Plazas vacías.

Todo permanece en colores apagados: se asoma por el cielo gris una luz tenue de algún rayo de sol perdido; hojas de diferentes matices alfombran las veredas.

Ningún movimiento.

Tranquilidad.

Silencio.

Reflejo de una tarde de abril.

12/05/2010

Paraíso de amor incondicional

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 17:27

Por Aisha

    Cae la tarde…, el ambarino telón de la tarde. Limonado sobre las juveniles curvas del limonero; rubio y espigado entre los leonados surcos de trigo, que remotos se funden en  anaranjados puntos minúsculos tejiendo una cálida manta en la tierra fértil. Las briznas del pasto regado se cuelan entre mis dedos y me lanzan un trepidante cosquilleo hasta el centro del pecho…;  el paraíso se agita bajo mis pies, la fresca fragancia que desprende me entra por la venas y me renueva la sangre…; el silencio es tal que en mi interior el sonido de lo nuevo es inevitable… Todo parece eterno. A mi izquierda me sugestionan el intenso brillo y la uniforme tersura rojiza de dos ciclópeos tomates sobresalidos del exagerado verde: apasionados ojos de la existencia que es incapaz de juzgar. A mí derecha se abren algunos lazos del sol que ciñen el cañaveral y se deslizan por la finura de sus hojas hasta posar en las duras grietas del suelo. Traviesas brisas retozan alrededor de ellos y en mi pecho. Nos llenan de polvo, y se ríen cuando los haces de luz las descubren, ante mi vista, intentando borrar las arrugas de la terrosa cara de la madre tierra que me detiene. Rinde mi lágrima, sobre ella, una ofrenda de paz y profunda admiración que se cuece lentamente con el calor del ocaso, para ser barro oscuro y maleable como el alma intuitiva del hombre que se aproxima al poniente para convertirse, inevitablemente, en noche.

    Camina, junto a mí, un antiguo compañero con paso firme y nativo, conversa silenciado por el pantano —que alguna vez nos pareció inmenso— escondido entre los juncos secos. Un gesto nos une en esa infancia llena de cañas y peces. Damos unos pasos dilatados por el gemido de una lechuza surcando en la arboleda un sendero sin huellas, y nos olvidamos mutuamente. Seguimos por la misma calle mientras nos destiñen los matices de la llanura, arropada a los lados por el fruto del trabajo del gaucho, que siempre pide ser pan. En el rabillo de mi ojo derecho se confunde la figura de un aroma mezquino y audaz, entibiado por el arpegio melancólico de una criolla bien templada. Percibo en los labios del viento —que en el centro de uno de sus brazos arremolinados, bailotea las hojas de un viejo sauce llorón— un angustioso silbido que las aves no podrían trinar. Con otros de sus brazos me rodea el cuerpo y me besa húmedo, dejándome sabor a lluvia en la boca, y fresca gratitud en el aliento. Respiro hondo, muy profundo, hasta llenarme el alma con todo lo que trae ese viento.

    Cae la tarde… el cerúleo telón de la tarde. Se pliega majestuoso e imponente en las comisuras del arroyo que, vibrante y siempre distinto, le acaricia la panza. Se unen en el horizonte y comienzan a amarse en la íntima oscuridad que desciende lenta y delgada. Al pasar, la silueta de un pez salpica de gotas opacas los palenques podridos donde prorrumpe una rana su inagotable cantar. Celoso naciente apaga el fulgor de sus últimas brasas para el fogón al borde del espeso pastizal…; gruesas como ramas de nogal, crepitan las raíces secas en el corazón de una llama que las envuelve cada vez con más fuerza, las estruja y las retuerce, se alza sobre ellas, y, en una danza milenaria, las consume hasta arder en un fuego rojo, naranja, amarillo…, puro e infinito. La noche realza su pureza sobre el resplandor y las estrellas se asoman, tímidamente titilan cómplices esperando que alguien las descubra. Pronto todo el cielo está cubierto de pecas y en medio de la franja blanquecina destella una como ninguna. Entonces una fuerza magnética me tiende horizontal sobre el calor casi extinto que todavía guarda la hierba compacta (el calor del fogón, quizá, se haya extendido por sus entrañas). Ella me mira lejana y distante, tan resuelta a seducirme para confesarme su amor único e incondicional, que decido creerle: me dejo ir dispuesto a perderme en su singularidad. En una promesa de amor eterno me despoja de todo lo que me rodea, me obliga a contemplarla —el silencio se vuelve tal que mi corazón marca el compás del tiempo con cada latido— y trato de imaginar cuántos viajeros hechizados por el mismo encanto habrían tenido la magnífica posibilidad de palpitar una belleza tan sublime. A su alrededor, algunas de sus compañeras dibujan con cuidadoso esmero una suerte de imaginación geométrica contenida en figuras abstractas, y comienzo a figurarme que puedo convencer a cualquiera de la espectacularidad impar del cielo sobre este pueblo. Mis párpados son ahora el telón que cae, y ni bien la oscuridad se hace absoluta, la inmensidad me susurra todos los secretos de la naturaleza que cien años antes era tan virgen e inocente como hoy…

02/05/2010

Conquistar la nada, todo (autobiográfico)

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 10:49

Por Vanesa Dobladez

Durante dos días el único líquido que habíamos ingerido cada uno de nosotros había sido el jugo de dos naranjas. Las habíamos cortado en cuartos para distribuir su consumo a lo largo de las jornadas. Nuestro objetivo inicial, alcanzar la cumbre, se había extinguido. Perdidos en el medio de la nada, o quizás de todo, habíamos caminado interminables y angustiosas horas en busca de nuestro camino y de agua. Rendidos por el cansancio y por la oscuridad nocturna que nos impedían continuar nuestra búsqueda, nos dispusimos a pasar la noche en el estrecho valle encajonado entre dos cordones montañosos.

Con gran dificultad desaté los cordones de mis borceguíes; mis dedos, entumecidos por el frío, casi no tenían movilidad, ya no los sentía. En mis manos no había frío ni dolor. La conciencia de esa nada me inundó de desesperanza. Sin embargo, la vida disfrazada de dolor me laceró al quitarme mi calzado. Penoso y sin sentido habría sido continuar con el procedimiento, mis medias estaban adheridas a mis pies, ya en carne viva de tanto andar.

Alguien, a quien le restaban más energías que a mí, ya había extendido mi bolsa de dormir al abrigo de una fogata. Me introduje en ella dejando expuestos sólo mis ojos y nariz. Inútilmente intenté controlar los tiritones que convulsionaban constantemente todo mi cuerpo. No albergaba ninguna esperanza de entrar en calor y así poder controlar mis músculos. Tal vez ni siquiera lo deseaba: sabía que si aquello sucedía un espantoso dolor atacaría cada pedazo de mi cuerpo; no estaba segura de poder soportarlo. Ya no quería sentir, sólo anhelaba dormirme, perder la conciencia, huir de allí, huir de mí.

Un fuerte estrépito proveniente de la fogata llamó mi atención y me sacó abruptamente de mi casi ausencia. La imagen del fuego fue llegando lentamente a mis ojos. Primero lejana, pequeña, tenue, fue acercándose poco a poco hacia mí, y se volvió inmensa y nítida. El intenso color rojo de la lumbre contrastaba de un modo maravilloso con el profundo cielo negro. Las llamas se ondulaban danzando bajo el influjo de la brisa. Iban y venían de un lado al otro, subían y bajaban, suavemente se retorcían y contorsionaban. Durante prolongados lapsos su danza era armoniosa, apacible, delicada como una tibia caricia. Sin embargo, por momentos, fuertes ráfagas de viento bajaban de los cerros, ráfagas de un viento que desgarrado a jirones por las escarpadas superficies de la montaña descargaba su furia sobre la hoguera. Entonces, las llamas enloquecían, se retorcían en espirales, se entrecortaban y su danza se volvía rápida, frenética, violenta. El sonido del chisporroteo, incrementado por el eco que devolvían las paredes rocosas, se tornaba ensordecedor. Las chispas, violentamente expulsadas al aire, se esparcían sobre el negro fondo mezclándose con las estrellas. El cielo se colmaba de infinitos puntos rojos y blancos; un magnífico cuadro en incesante cambio.

Luego retornaba la calma, nuevamente los movimientos y sonidos eran delicados y tranquilos. En medio de esa paz, observaba, iluminadas por el resplandor del fuego, las imágenes que llegaban desde mi memoria: días, noches, paisajes, caminos, atardeceres, soles, árboles, casas, lugares…, se sucedían una a una acompañadas por sus sonidos, sus olores, sus sabores. Entremezclados con ellas veía los rostros queridos, percibía sus miradas, sus caricias, sus besos, sus voces… Mi niñez, mi temprana juventud, mi existencia parecía extinguirse entre las llamas.

Mientras las incandescentes imágenes aferraban mis ojos a la vida, la gélida muerte se filtraba por mi piel y en el aire que respiraba. Abandonándome ya en los brazos de esa fría e intensa presencia, mi ensoñación comenzó a esfumarse, mis ojos ya abatidos comenzaron a cerrarse. Un puma rugió lastimosamente, un lamento prolongado por el eco de los cerros. Mis ojos se entreabrieron y, a través de las flamas, pude ver su sigiloso andar por el alto filo de la montaña. Iba y venía, monótonamente, una y otra vez, ahuyentado por el fuego. Tras él la luna comenzó a desdibujarse tras un espeso y negro manto de nubes. Pronto no hubo más estrellas, ni luna, ni filo, ni montañas. El oscuro y húmedo vapor descendía sobre el valle, sobre nosotros; silencioso y sutil, pero poderoso e implacable.

Poco después, o mucho tal vez, minúsculos y livianos copos níveos comenzaron a caer lentamente. Donde antes había ardido el fuego, allí donde aún se mantenía fija mi mirada, se extendía una tenue y ondulante cortina de blancos y luminosos copos sobre un fondo negro como la nada. La nieve acariciaba todo con su fría y exquisita magia. La nieve, una dulce tentación a entreabrir los labios para extinguir el espantoso ardor con sabor a sangre que abrasaba mi garganta. La nieve, cálida seducción de calmar la sed, seducción hacia un final asegurado.

Tras la ya tupida blancura, el negro manto se elevó por un instante, tan sólo un breve instante, lo suficiente para poder distinguir muy a lo lejos una pequeña pero intensa luz brillante. Una ahogada voz que llegaba a mí como lejana me dijo: “Caminaremos hacía allí mañana”. Mañana… Tan sólo necesitaba un mañana.

Cae la tarde

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 10:46

Por Vanesa Dobladez

La intensa y enceguecedora luminosidad del día comienza a desvanecerse sobre la playa, el lago y las montañas. Todo el paisaje se sumerge en una hipnotizante y tibia claridad azulina. Un silencio suave se extiende cual escudo que protege la magnificencia del momento.

Miles, millones, infinitas piedras redondeadas componen la rugosa playa. Almas grises y viejas, pero de piel tersa y suave, no por jóvenes sino por tanto camino recorrido. Pulidas por el tiempo y la distancia gozan su eterno descanso. Todas hijas de una misma madre, la montaña; todas arrancadas de su seno por la furia de las aguas. Su trayecto ha sido largo, tortuoso, doloroso; la recompensa, inconmensurable: durante siglos han contemplado los paisajes que ningún ser humano jamás verá. Yacen ahora inertes; frías bajo la luna, tibias bajo el sol.

Las turbias aguas, como un oscuro velo traslúcido, cubren el margen de la playa. Suavemente acarician las grises almas como buscando ser exculpadas. En su acompasado ir y venir, lento y casi silencioso, susurran eternamente sus disculpas, que nunca serán escuchadas. Más allá, en sus frías y oscuras profundidades, infinidad de seres vagan en sus entrañas; inconscientes de la existencia de otro mundo luminoso, nadan incansablemente deambulando hacia la nada. Sobre su superficie acunan a las embarcaciones; algunas se mecen como abandonadas al letargo de un sueño; otras, con la inquietud de un niño, avanzan al ritmo de sus remos como mariposas volando con el batir de sus alas.

A lo largo del horizonte del lago, se extienden las majestuosas montañas. Imponentes reinas de blancas coronas que extienden sus capas formando un muro infranqueable, una fortaleza en la cual velarán el sueño nocturno del niño dorado. Sobre ellas una virgen invisible extiende su blanco manto que avanza hacia la playa. Puro y etéreo irradia el aura del niño sobre las aguas; sus rayos se extienden cual abanico de plateados sables que se hienden indolentes en las aguas.

El suave escudo de silencio es cruelmente lacerado por el grito doloroso de un ave solitaria. Un ave que con su angustioso canto anuncia la muerte inevitable del crepúsculo. Entonces, el manto se recoge en mullidas y enormes nubes agolpadas sobre las montañas, teñidas por el rojizo hálito que el sol exhala al consumirse en sus propias flamas. Todo se sumerge en la calidez de una luz rojiza que lentamente se atenúa. Todo sangra dolorosamente ante el final del día. Los contornos se desdibujan. El día sucumbe. Una pacífica oscuridad envuelve el entorno. Oscuridad. Susurro de aguas. Fresca brisa de melodía inaudible.

Vale la pena vivir toda una vida tan sólo por ese instante.

29/04/2010

DESCRIPCIÓN: 1° PERSONA

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 16:41

Por Verónica Stanta Salvati

Arrogancia…

Eso es lo que te describe, lo que te diferencia del resto. Esa superioridad que demuestras ante todo y todos. Esa es la imagen que das en un primer instante, en el momento de conocerte. Con tu porte orgulloso y esa mirada…, como si supieras algo que los demás ignoramos, creyéndote superior.

Y eso es lo que verdaderamente atrae de ti, más allá de tu apariencia. Atrae tu fuerza, tu mirada inteligente y penetrante. Tu mirada… que no devela nada, solo aquello que deseas que sea revelado. Son esos los momentos en los que se ilumina con un brillo especial que solo unos pocos saben apreciar.

Todo tú provocas un sentimiento que invita a explorar lo desconocido, a descubrir lo que se esconde más allá de esa mirada inexpugnable que protege tu alma y tu ser de los ojos del mundo.

Creas el deseo de querer saber más. De leer entre líneas, de ver donde no hay nada…, excepto para el gran observador, de descubrir sentidos ocultos a frases que parecieran no tenerlos.

Eres una caja de misterios que llama a ser abierta para descubrir que hay en su interior y así conocer todos los misterios que lleva. 

28/04/2010

DESCRIPCIÓN: CAE LA TARDE

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 16:23

Por Verónica Stanta Salvati

Cae la tarde y el cielo se vuelve  fuego, calor, Infierno. Rojos, naranjas, dorados cubren el cielo como un manto. Un poco más allá, más arriba, las nubes se pintan de rosa y de violeta. Vuelan, flotan y juegan en el cielo que arde en mil colores.

La brisa acaricia las hojas de los árboles que acompañan con un último suspiro el final de la tarde y comienzan su danza para el principio de la noche.

Aire. Paz. Tranquilidad. Silencio en esa hora mágica en la que el tiempo se detiene, se paraliza. Los sonidos de la mañana comienzan a dar lugar a los de la noche: los grillos y la nada.

Y allá por el fondo, en el otro extremo, empieza a asomarse casi con timidez la Noche con su reina orgullosa, majestuosa y fría. La luna se eleva y sus doncellas la siguen y la acompañan, la adornan con su brillo.

Brilla con más fuerza aún cuando el aullido rompe el silencio y la acompaña en su viaje hacia el cielo que la espera.

26/04/2010

Descripción

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 13:59

Por Ivana Andrade  

Hay una nube gris que danza cuan cinta al ritmo de los vientos y se condensa cuando uno continúa alimentándola. Nube que ocupa tiempo y pensamientos; que oscurece el día y lo transforma en noche. Bola de humo que apenas mancha la inmensidad azul y esquiva colores que se reflejan en cristales. Y sube y baja y se estanca. Finalmente, se deshace y muere.Un suspiro interrumpe la paz de esa copa alta y frondosa que se asoma sobre las tejas como un niño que se esconde en la diversión de jugar con algún adulto que se preste a ello. Niño con mirada traviesa y sonrisa desbordante de inocencia. Infante con pigmentos naturales que se oscurecen, se secan y se resecan con la estación entrante. Barullo de follaje que se confunde con una risa. Y es brisa. Y es viento. Negros, verdes y oscuros cabellos con reflejos claros se mezclan y se separan según el deseo de aquel suspiro. 

Blancos cuerpos plásticos que crecen del suelo frío y gastado son delineados por los brillos naturalmente satelitales que caen desde aquel ojo solitario, testigo de mis muertes de un rato. 

Un suave sabor de vainilla se entremezcla con la amargura y el gas de aquel río negro limitado por las curvas transparentes cuya silueta es dibujada con trazo fino por la luz. Un trago largo, un beso seco, una pequeña luciérnaga roja, un suspiro y el sabor de vainilla se suman a la consistencia de la nube gris que ha vuelto a nacer.  

Yo me pierdo en el medio de todo. Entonces, sobre mi cabeza hay un infinito azul y lejano. A la izquierda, una fuerte y tajante puerta negra que rompe la acumulación de ladrillo y cemento que parece tener gusto a limón. Frente a mí, la continuación de la cítrica pared pero, con un corte diagonal que da lugar al rojo sombrero de la casa. A la derecha, negros barrotes que delimitan mi espacio y a la vez me permiten ver los acontecimientos que ocurren en aquella esquina. Debajo de mis pies, un verde y cerámico suelo. Y finalmente, a mis espaldas, los ojos de esa habitación que me contiene todas las noches. Ojos oscuros y abiertos de punta a punta que tienen la finalidad de permitir que dos cajas negras me susurren. Entonces me dicen —con instrumentos manipulados por cuatro británicos integrantes de alguna banda de rock progresivo en algún momento de la década de 1970 y una estremecedora voz— que hay un grandioso concierto en el cielo. Yo cierro los ojos y me derrito sobre el plástico blanco mientras siento cómo se desprenden de mí todas esas presiones cotidianas. 

El piano se va de a poco y mis ojos se abren despacio. Aroma a humedades se mezclan con las cintas grises de vainilla.  Un último trago de negro y amargo río. Y así, como sucede todos los jueves, muero una vez más.  

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