Escrito en el blog

30/08/2012

Zeuscriptofobia

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 15:47

*Por Daniel Flores

Algunos días atrás, Celia había llegado por fin a la aceptación de lo insalvable, al término de una revelación definitiva para la que no existía retorno: el mundo se extendía ahora bajo un código nuevo y atroz, y el paso de las horas multiplicaba el pánico como en un sueño lento. La búsqueda de una solución había sido, en principio, estéril, signada por lo imposible; tanto que una parte de Celia (una parte oblicua y oscura) respondía con la posibilidad de la muerte. Sin embargo, tras una larga exploración infructuosa, acabó dando con una prodigiosa esperanza en las últimas páginas de una guía vieja y decidió comenzar un tratamiento específico en la Fundación para el Tratamiento de Fobias en Adultos de la Ciudad de Montecarlo.

Ingresó al edificio luciendo un blanco tapado sobre los hombros, parada sobre unos zapatos grises con taco y maquillada de manera casual. La mujer era de postura erguida y paso cuidado, cabello lacio y virgen, por lo que fácilmente aparentaba menos años de los que en realidad tenía, que tampoco eran muchos. Se acercó a una ventanilla de Recepción y allí consultó lo que necesitaba saber. El turno ya había sido reservado. Un joven de veintitantos le indicó el camino, escaleras arriba, quince metros doblando a la derecha, no podía perderse.
En el quinto piso de la Fundación estaba instalado el Grupo de Fobias No Documentadas. Celia vio el rótulo pegado a una puerta amarilla y, sin llamar, giró el picaporte y entró. El interior era amplio y luminoso, parcialmente decorado con plantas y pinturas surrealistas; había un dispenser  contra la pared izquierda, junto a un archivador viejo, y dos sillas rotas, una puesta encima de la otra. Al entrar al salón, la mujer se dio de frente con la mirada del psicoanalista, que se encontraba en el centro de un semicírculo, de cara a la puerta. El hombre, con un ademán profesional, la invitó a que tomara asiento y Celia se ubicó en la única silla vacía, de espaldas a un ancho ventanal a través del cual podía verse la ciudad entera.
Adentro no había música, como en otros consultorios o centros de terapia; allí solo importaban las voces.

Hablaba ahora una mujer bajita que se reía con cierto pudor cada dos o tres palabras: contaba que tenía temor de los roedores electrónicos y que a menudo soñaba con ellos. ¿Qué clase de sueño?, preguntó el hombre. Un sueño apocalíptico, señor, horroroso, miles y miles de bichos electrónicos de diversas clases que avanzan al mando de una máquina colosal y destructiva, a la que sólo logro distinguir vagamente, como una sombra opresiva recortada en el horizonte, indefinible. Entre el montón de alimañas abundan unos roedores chillones, feos, con dientes y garras puntiagudas, que se deslizan por las calles como bólidos. Yo intento, como otros, correr, trepar por algún lado, escapar, pero todo esfuerzo es inútil, ¿sabe?, la ciudad está colmada y las máquinas acaban alcanzándonos, de un modo u otro, siempre acaban alcanzándonos, y cuando llegan uno siente primero una descarga fuerte que lo obliga a detenerse, un shock paralizante que lo abraza por la espalda y lo congela, y, casi de inmediato, suceden las mordidas. Entonces los roedores empiezan a subir por las piernas ansiosamente, triturando cada centímetro de carne; a veces lo hacen con lentitud. Me da la sensación de que les gusta el sufrimiento, los infla de placer, emiten largos pitidos de alegría, y luces. Pero otras veces te hacen pedazos en segundos, sin darte tiempo siquiera a gritar… ¡Es algo terrible! Lo curioso es que el sueño no termina ahí, doctor; por el contrario, tras el ataque, el ojo que creo ser yo se desprende y me muestra mi cuerpo destrozado ahí en el piso, y empiezo a ascender, ¡como si realmente estuviera muerta!, y soy testigo de una larga masacre ininterrumpida y feroz que se extiende en un plano inalcanzable. Cronológicamente es absurdo, pero siento que pasan días hasta que, por fin, despierto. El sueño es recurrente y, siempre, cuando logro abrir los ojos, me descubro temblando de pies a cabeza; a menudo, llorando.

El psicoanalista asiente; ya había previsto algo de esa índole. Con calma, le informó a la mujer que (bueno, él le había dado nombre, porque ése era su trabajo) lo que padecía era conocido como Mousefobia o Mousefagofobia. Le explicó, a grandes rasgos, el carácter general del miedo en ese aspecto puntual, y la mousefagofóbica parecía entenderlo perfectamente. Muy común en estos tiempos, le decía el hombre, lo mejor será que usted use el teclado de la pc para conducir el puntero, o el touchpad, en todo caso. Mientras el doctor hablaba, Celia rezongaba por dentro: ojalá ella padeciera algo tan baladí. ¿Quién podría tenerle miedo a un mouse? Es ridículo. Acaso porque había sido la última en sumarse al grupo, debió esperar a oír todas y cada una de las fobias que manifestaban los presentes. Algunas eran verdaderamente bizarras e imaginativas. Un muchacho que tenía ubicación en el extremo derecho del círculo, sufría lo que el psicoanalista bautizó como Estufobia, que es la fobia a las fobias ajenas, y al temor de contagiarse; otro, de Paralelepípedofobia; otra, de Jibofobia, y así… Hubo casos que no merecen mención por su grado de absurdo. El licenciado, ante cada exposición desplegaba una serie de tratamientos posibles, diferentes formas de afrontar esos temores irracionales y consejos útiles a la hora de la detonación mental. Para la Estufobia, por ejemplo, recomendaba evitar los centros de rehabilitación de fobias, como aquel; para la Paralelepípedofobia, en cambio, proponía eludir zoológicos, cadenas mascoteras y programas como National Geographic, y cosas por el estilo. Así se iba la mañana, de un modo tan poco emocionante para Celia que por un momento creyó que podría prescindir de ello a fuerza de sobrevivir al sueño. Pero no, no debía engañarse de aquel modo: necesitaba saber si existía una solución para el horror de su conocimiento. Eso se hallaba por encima de cualquier prioridad.

Por fortuna, no pasó más de media hora hasta que llegó su turno. Y habló, al principio, con lenta timidez ―no lograba superar la impresión del lugar como un refugio catártico para adictos, y eso la hacía sentir algo torpe―, pero luego fue ganando confianza, a medida que vio extenderse el hilo de su argumentación: la idea de pronto era sólida, clara, casi irrefutable, o al menos eso creía ella, que la exponía con un entusiasmo rayano en el fundamentalismo. Sin embargo, cuando acabó de hablar, sólo halló en los presentes miradas consternadas, miradas de miedo compasivo, como si Celia (¡pobre!) hubiese acudido al lugar equivocado. Una estuvo a punto de mandarla a Psiquiatría, sexto piso, segunda puerta, pero se contuvo; ése no era su trabajo. Las reacciones en general fueron evidentes y Celia sintió que se encogía paulatinamente; lamentaba el énfasis que le había dado a su discurso; se había dejado llevar por una necesidad incontrolable. Maldijo para sí y, por fuera, el rubor la envolvió completa.

El profesional se la quedó mirando unos minutos sin decir nada, cosa que hacía con cada paciente, aunque con Celia se tardó un poco más. Ella supuso que el hombre iría a registrar un nuevo caso de fobias en algún librito o en alguna futura comisión, pero luego de un rato de quietud muda sólo atinó a garabatear algo en su libreta. Celia, con una sensación molesta en el estómago, observó cómo subía y bajaba la birome del licenciado.

—Así que fobia a escribir… —murmuró el profesional, al tiempo que se atusaba una barba larga y enmarañada—. Siempre son interesantes las fobias que atentan contra la creatividad y la expresión, pero eso ya existe, señora. Acá tratamos solo casos especiales, ¿entiende?

Celia, que ahora había adoptado una postura un tanto más retraída, lo miró como pidiéndole que bajara la voz y respondió:

—No, no es “fobia a escribir”. Usted entendió mal —lo miraba y negaba con el dedo índice—. Mi fobia es hacia el escritor —acentuó.

El psicoanalista la observó un momento más, sin dejar de mesarse la barba con un candor casi divino. Cruzó una pierna sobre la otra y respiró hondamente.

—Ajá…

—¿Ajá?
—Sí…, ajá ―El hombre volvió a anotar algo en su cuaderno; luego cerró los ojos y meditó sobre alguna cosa. Celia lo miraba desconcertada. Para ser francos, la mujer esperaba una respuesta más elocuente, pero lo cierto es que no la tuvo. Ni la tendría.

Celia, que a veces se metía ideas extrañas en la cabeza, de pronto deseo no haber dicho lo que dijo. Miró a los lados, incómoda. Acá nadie me va a entender, pensó, estoy en el lugar equivocado… El grupo entero le echaba miradas furtivas cada tanto. La mujer de pronto se decidió y atinó a ponerse de pie para, sin más explicaciones, emprender la retirada de aquella sala de terapia. ¿Por qué motivo el licenciado no decía nada?, ¿acaso era tan descabellado lo que ella proponía? ¿Acaso la historia no fue alumbrada con una mitología idéntica? Se incorporó, pero en el mismo instante una honda punzada le escoció en el cerebro y la obligó a sentarse otra vez. Se sintió confusa. Como un teatro impositivo, su memoria le trajo imágenes de su niñez, flashes involuntarios que hicieron que la ansiedad que sentía ante la propia fobia creciera como un coloso. Recordó aquellos momentos en los cuales había pasado por situaciones tan inverosímiles que le costaba creer que hubieran sido ciertas, no planificadas, como aquella vez en que había caído del puente en las Cataratas del Iguazú y había logrado nadar hasta una orilla, imponiéndose a la bruma de la corriente y al frío, y con tan sólo doce años. O cuando, ya de grande, poco después de haber contraído matrimonio, había sido atacada por aquellos tipos que le habían disparado cinco veces en el cuerpo dejándola con un hilo de vida; odisea de la que había necesitado no más que un par de días de reposo en un hospital para volver al ejercicio de la rutina, ilesa como un dibujo. Eso mismo, como un dibujo.

Ahora Celia, suspicaz, intuía que quizá todo aquello había sucedido para que esto ocurriera, para que el presente narrativo del escritor existiera, porque si no ¿qué sentido tendría su historia, y para quién, si en su vida había conocido a tan poca gente? Sacó cuentas y resolvió que apenas tenía una hermana, un marido difunto y dos hijas de las cuales no recordaba el nombre. Y se desesperó. Con una mueca, mezcla de impotencia y tristeza, se incorporó y tomó al psicoanalista por el cuello de la camisa.

—¡Licenciado, nos está viendo! ¡No recuerdo el nombre de mis hijas, eso no es natural! No está viendo ahora mismo… —sollozó. El psicoanalista, inmutable—. ¡Diga algo, por favor! ¿Acaso acá no ayudan a las personas con sus fobias? Yo necesito que me libre de ése… —Miró hacia arriba, desesperada, e inquirió a una posible entidad superior—: ¡Hacé que diga algo, pedazo de cretino!

—Tranquila, señora Celia… —balbució el licenciado con una sonrisa razonable.

—¿Se da cuenta? Usted habló porque le pedí al Ente que lo hiciera hablar.

—¿Ente?

—Así lo llamo, Ente, y quizá usted no se dé cuenta, pero es lo que está moviendo los hilos en este preciso instante.

—Señora, a ver, no nos desesperemos. Tome asiento y hablemos; no hace falta exaltarse —pidió amablemente. Celia obedeció y se sentó sin quitarle los ojos temerosos de encima.

—Dígame, déme una solución —suplicó.

—Partamos de que usted tiene una mezcla de fobias, cosa en verdad exótica. Advierto, en principio, una estrecha fobia a los escritores, y también al destino, y quizá al mismísimo demiurgo. Verá, no existe algo llamado “fobia a los escritores”, aunque sí fobia a escribir o a leer, y también existe el temor a la divinidad o divinidades y al devenir, pero no a los escritores… Déjeme terminar, por favor. Ya con este escaso panorama podríamos denominar su caso: Zeus (por los dioses y el destino, si le parece acertada la referencia griega), scriptum (o scripto, que es más elegante, por la parte de la escritura y temas afines, ahora en latín) y la adhesión del sufijo taxonómico “fobia”, por el miedo, claro. Nos quedaría Zeuscriptofobia, un nombre elegante, ¿verdad?, con carácter ―Sonrió―. Bien, porque eso mismo es lo que usted está padeciendo, señora. Y parece algo bastante serio.

—No, ustedes no lo entienden… ―pluralizó la mujer.
El profesional iba camino a la exasperación. No tenía ganas de soportar a una chiflada; lo ideal sería mandarla derecho al sexto piso y que la colmasen de pastillas, pero suponía un papelerío que no estaba dispuesto a afrontar.

—Señora Celia, visto y considerando que no me dejará llevar adelante mi sesión con normalidad, le voy a pedir que me acompañe hasta la puerta, si es tan amable. Ya tenemos sus datos en la planilla de ingreso a la Fundación, por lo que la estaríamos llamando en estos días para tratar más adecuadamente su caso… —explicaba el profesional mientras, con un brazo pasado por encima del hombro de la mujer, conducía a la extraña paciente hacia la puerta de salida.

Celia se detuvo.

—¿Qué datos tiene usted de mí?

—Esteeem… Bueno, acá me figura Celia Amanda Manfredini; estado civil: viuda; hijos: dos, no dice los nombres; residencia…

La mujer no terminó de oír lo que el médico tenía para decirle y se acercó en dos zancadas hasta el ventanal que ocupaba la pared lateral de la sala. El grupo, mientras tanto, la miraba estupefacto, como si Celia fuera todo un espectáculo.

—¡¡Canalla!! —exclamó hacia el cielo. Luego tomó aire, volvió la vista al psicoanalista y explicó—: ¿Sabe qué? No tengo segundo nombre, ¡y jamás me registré en ninguna planilla de ingreso! —Miró otra vez a lo alto—: Ésa no te la veías venir, ¿no? Eso te pasa por no ser más que un pobre intento de programador, por no tomar nota de los datos de tus creaciones, tirano solipsista… ¡Pero yo tengo mejor memoria! ¡Sí, señor! —gritó.

Ahora, con el ceño oscurecido, se acercó al centro del semicírculo y, la muy maldita, miró a los presentes, uno a uno, a la cara.

—No son más que personajes. Ni siquiera tienen nombre. Por ejemplo usted, licenciado, dígame su nombre, o cuántos años tiene, o en qué año se recibió, o cómo se constituye su familia. Cualquier cosa.

El profesional hizo un gesto de preocupación. La mujer mousefóbica, que estaba sentada en un extremo de la reunión, se levantó y se escabulló por la puerta de salida.

—¡Conteste! —exigió Celia.

—Cálmese, señora. Mi nombre es…

De pronto, una poderosa alarma proveniente de alguna parte acalló las palabras del hombre. Celia no pudo leer sus labios y se irritó. Comenzó a dolerle fuertemente la cabeza, también

—¡Dígalo de nuevo! —rugió la mujer, tomándose ahora las sienes con ambas manos.

El psicólogo, mostrando una visible molestia, se paró de su asiento y, asombrosamente, en lugar de responder a lo que Celia había preguntado, estalló en carcajadas. Seguido de esto, comenzó a descargar una poderosa serie de cachetazos contra sí mismo. ¡Plas, plas! ¡Plas, plas! ¡Plas, plas! Cada vez con mayor vehemencia, como si detrás de aquel acto hubiese algún oscuro placer. Entonces la gente ―quizá por una exagerada buena predisposición a las conductas terapéuticas―, sin moverse de su sitio, se dispuso a imitar al psicoanalista. ¡Plas, plas! ¡Plas, plas! De pronto todos reían en una histérica sincronía y se autoflagelaban en lo que parecía una ceremonia salvaje. Celia retrocedió con los ojos puestos en ese caos absurdo. Eso no podía estar pasando; rompía el pacto… Desesperada, intentó devolverlos a la realidad; zarandeó a uno y a otro, gritó, los arrojó de la silla, pisoteó sus cuerpos, y al ver que todo intento era inútil, resolvió escapar.
Se dirigió hacia la puerta con el fin de salir de aquella sala de locos. Por desgracia, para su horror, ya no había puerta, sino una blanca pared de textura grumosa en su lugar. ¡Maldito!, vociferó al aire, cargada de odio. Luego miró hacia arriba, hacia el conducto de aire, y se dijo que por allí podría huir, pero de pronto comenzó a salir fuego por el orificio y sus esperanzas quedaron hechas trizas. Ahora, ya casi sin fuerzas, se acercó hasta el amplio ventanal del salón y miró hacia afuera: allí sólo había un barrio acartonado, quieto, con siluetas de gente en posición de avance, pero estáticas. Sabía que, intentara lo que intentase para escapar, sería en vano. Había caído en una trampa definitiva. Las lágrimas ahora bañaban su rostro envejecido por la tristeza y la impotencia de conocer una verdad inconfesable.

—Casi me escapo ―gimió―, como otras veces, pero ya hace tiempo que asumí lo inútil que era fingir mi albedrío… Siempre lográs encerrarnos, poseernos. ¿Existe, acaso, algo más grande que tu doctrina? ¿Un Dios que te produzca también, que sea productor del productor de esta vida inventada y pobre? —inquirió, y luego su voz se eclipsó—. Tarde o temprano, uno de nosotros va a encontrar la forma y te va a hacer pagar el suplicio de esta mecanicidad… Tarde o temprano, Ente—sentenció.

La mujer, mascullando insultos, deambuló por el salón y realizó dos vagos esfuerzos más por salir de allí. Los locos no dejaban de reír; sus voces se aproximaban a la agudeza metálica. El lugar parecía ahora más pequeño y claustrofóbico.

Ahí estaba la pobre Celia, cuestionándolo todo de manera tan inapropiada, lamentando su vida de páginas, su corazón de tinta, de rodillas en un cuarto que se oscurecía precipitadamente y se cerraba, mirando ahora al blanco firmamento por el ventanal del Grupo de Fobias No Documentadas de Montecarlo, oteando entre las nubes altas del cielo, como buscándome.

 

*Daniel Flores es escritor y tiene publicado el libro Bajo un cielo carmesí. Pueden visitar su blog:  http://verbaetumbra.blogspot.com

23/07/2012

Eclipses

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 16:30

*Por Maga Dapas

        “Lo que nos atraía era mirar nuestra propia sombra derrumbada

 y quizá pronto íbamos a confundirnos con ella.”

Una sombra ya pronto serás, de Osvaldo Soriano.

 

  Abrió los ojos y todavía recordaba en su sueño. En el baño, en su predecible baño, cuadriculado hasta el techo, entre las manchas del espejo apareció su rostro. El reflejo le devolvió a otra, pero era la misma que respiraba en el sueño, era ella. Se aprestó a vestirse, mientras entraba el disfraz del amanecer por la ventana. Era un día como todos, encadenado y cómplice de la travesura del tiempo, y ella aún no lo sabía. Deambuló un rato por la habitación y, por fin, se decidió a bajar. Tomó café, encendió el televisor, las noticias fueron las de siempre, y nunca habían acontecido. Se olvidó (todavía evocaba) de que su abrigo había quedado arriba. Entonces, arrastrando los pies, subió la escalera mugrienta. El polvo, vencedor de los años, se esparció tras ella, carcomiéndola. De repente, ya con el saco a cuestas, oyó un ruido en la escondida ventana, anclada entre las ramas de un viejo árbol. Sin esperar un instante más, ni uno más, con temor, descorrió la cortina, esperando que el sueño terminara. El mundo afuera se camuflaba con un velo, bajo la lluvia impertinente de junio que azotaba sin piedad los vitrales. Así, se convenció de que tal vez no había escuchado más que un crujido invernal, bajó y apagó todas las luces. Ya era la hora de salir para jamás volver. Giró la llave cuatro veces, pero no tocó el picaporte. Y ya estaba en su habitación, acostada en su cama, mirando con desconfianza la conocida pared blanca. Y oyó nuevamente aquel estrépito y su sueño ya no tuvo memoria. Abrió los ojos, se dirigió al baño, se vistió, bajó, tomó café, encendió el televisor, vio las noticias, imitó su rutina. Salió. La casa ahora estaba vacía, como desde hacía tiempo. Y finalmente, golpeó su ventana, aguardando el milagro. Por una rendija, la cortina le dejó entrever la cama en donde una mujer despertaba de su sueño.

 

*Maga Dapas es es poeta, redactora y correctora. El dibujo es obra de Isabella Dapas.

11/05/2012

La constante del amor furtivo

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 14:08

*Por Daniel Flores

Malditas despedidas, me están volviendo viejo,

Andrés Calamaro

La soñé sólo tres veces, y a pesar de ello sé que podría retratarla o hacer de esa mujer una escultura fidelísima, si acaso la vigilia me lo permitiera. Todo lo que sé de ella, lo sé cuando la sueño. No cabe en mí (y aunque lo intenté a fuerza de grandes angustias) pensar que no significa nada, que no es más que el producto de una proyección mecánica de sueños aleatorios y desvinculados entre sí.

Uno suele oír eso de la mujer de mis sueños, es un tópico habitual de las cursilerías, pero lo cierto es que ningún hombre tiene a la mujer de sus sueños. Sencillamente, porque no se puede, es inaccesible desde este lado. Puede uno llegar a verla, pero nunca será suya.

A la mía la conocí en la parada de un autobús rural. Había una ruta de tierra, difusa, y un campo magro hacia el fondo. Yo viajaba parado entre un montón de siluetas. Distinguía a lo lejos, en un ángulo imposible, la gorra del conductor. También, por momentos, podía ver el colectivo desde arriba, como una cámara aérea. Caía el crepúsculo o amanecía, no lo sé. Podía verse un cielo intenso color durazno y pocas nubes. De pronto ahí viene ella, está quieta en una parada de ómnibus pequeña y sin techo; ahí viene a medida que me acerco con el colectivo. Va agrandándose. Sonríe y me nombra sin voz. Atraviesa con su mirada a todas las siluetas que viajan y me encuentra. Pego una mano a la ventanilla como en una película y la veo pasar como una ráfaga con el paisaje. Luego despierto y la olvido rápidamente.

Así fue como nos conocimos.

La trae a mi memoria otro sueño, dos años después. Es en una playa abotargada de objetos estacados en la arena. El mismo cielo color durazno. No hay viento pero a ella le flamea el cabello rojizo como una bandera. La veo a través de un médano con forma de burbuja del que no logro encontrar la salida; pego brazadas inútiles contra las ramas, pero son tan inflexibles. Llega un momento en que me resigno y me conformo con observarla. Mira al mar; sé que el agua es cálida. El olor a sal me invade completo. Luego ella gira la cabeza hacia a mí y veo algunas lágrimas que le anegan los ojos. Sonríe. Su belleza me conmueve. Vuelve a girar la cabeza y veo que se pasa una mano por el rostro y niega. Luego se va sin mirar atrás. Corro dentro del médano hasta donde la distancia me permite observarla. Pero se pierde y despierto en mi cama. Pasan unos segundos y me parece percibir aún el olor a sal y a savia dentro de mi habitación, como si el sueño no se resignase a acabar.

Hacia ese mismo mediodía, la angustia es agorera y tenaz: temo que pasen dos años más hasta que vuelva a soñarla. Resuelvo entonces que haré mi mayor esfuerzo por copiar sus rasgos en mi memoria y fabricarla en el sueño hasta que logre acercarme a ella o hasta que pase algo que eche luz sobre el enigma.

Vuelvo a encontrarme con la mujer de pelo rojo cuatro años después. (Debo aclarar que esto empezó cuando yo contaba con tan solo diecinueve años, de modo que, cuando la soñé por cuarta vez, ya había cumplido los veinticinco). Esta vez fue en una feria de estilo americano, y fue el sueño más difícil de todos. Yo era libre y podía moverme por todo el predio, entre los puestos de algodón de azúcar y los desafíos por monedas de cincuenta centavos. Se oía un murmullo creciente. La feria estaba plagada de siluetas que iban y venían. Me era imposible encontrar a la mujer entre tanta gente; sabía que ella estaba allí, pero la complejidad del escenario me dificultaba la tarea. Intente preguntar por ella en dos oportunidades y a cambio no recibí más que un borboteo de letras inútiles de parte de aquella gente inverosímil. Ellos no sabían nada de nuestro amor; estaban impuestos por otras memorias que acaso no eran mías.

Recorrí el enorme parque una y otra vez, de un extremo a otro, hasta que me fue revelada en lo alto de una Noria. El juego estaba quieto, y ella arriba, con los pies suspendidos, meciéndose suavemente en una hamaca de madera. Miraba hacia abajo. Por la ventaja panorámica, intuí que ella me había encontrado primero. Le hice señas para que bajara. Hizo un gesto de imposibilidad y corrí hasta donde estaba el operador de la máquina. Era un hombre alto y de facciones borrosas. No sé qué me dijo, pero me echó de allí. La fuerza magnética del sueño no me permitía realizan ninguna jugada. Me conformé con el beso que me tiró la mujer y con el aroma a pochoclos con que desperté más tarde. Esta vez, mi remera había conservado el olor del ambiente onírico.

Pasó el tiempo (ocho años) y viví muchas cosas, me enamoré un par de veces en el mundo cotidiano y me desenamoré con dolor también. De este lado, el amor siempre se cubre su mitad deforme y termina por derrumbarse por su propio peso, siempre hay algo que se nos dirá al final, en el momento menos oportuno, y acabará con todo.

Técnicamente, ahora que ya pasó el doble de años desde la última vez que soñé con mi mujer, debería aparecer pronto, una de estas noches. Es posible (es lo más probable) que no pueda alcanzarla; pero quizá esta vez ella me conceda una caricia, un nombre, otros aromas, una pista más clara…

El siguiente sueño lo tendré a los cuarenta y nueve; el otro, el último, a los ochenta y dos, si es que sigue cumpliéndose la regla de la duplicación de intervalos: 2, 4, 8, 16, 32. Quizá, en el transcurso de ese tiempo, forme una familia de este lado y aprenda a querer también. Incluso es posible que crea en el amor eterno desde la finitud del mundo por una mujer que aún no conozco y acabe avergonzándome de mis quimeras. Pero siempre la esperaré a ella, a la otra, porque algo me dice que habrá una revelación al final. Es posible que la vida acabe en el preciso instante en que nuestras bocas por fin se junten y ya no necesite sufrir más esta desproporción fantástica, este andar por los sueños persiguiendo arcanos, que es como sacarle las monedas a los muertos para mirar en el fondo de sus ojos y pretender encontrar allí, en esa laguna quieta de iris y de sangre, respuestas a todo lo real y lo irreal; así de inútil, tan inútil es este generar un inconciente caprichoso donde el amor es cierto y completo, donde presumo ocultas las razones fundamentales en la boca de una mujer, que al fin y al cabo no es más que el espejismo explicativo para todo lo que ignoro del amor y de los sueños.

*Daniel Flores es escritor y tiene publicado el libro Bajo un cielo carmesí. Pueden visitar su blog:  http://verbaetumbra.blogspot.com

05/08/2011

Estancamientos

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 14:01
Tags: ,

*Por María Mercedes Benvenuto

La pregunta era clara, la respuesta llegaría en escasos momentos. No sabía bien qué le sucedía, pero estaba seguro de que eso era normal. Esperaría, sí, esperaría, porque sabía que, en el fondo, todo lo que pasaba, pasaba y debía ser paciente. Miraba el reloj, se le hacía tarde para eso que era tan importante, pero no le quedaba otra que esperar que se le pasara. Hundió sus manos en esa cosa y le dio mucha impresión, entonces quiso ver si podía tocar sus piernas, quería tocarlas y no las encontraba, parecía que no estaban ahí. Movió su cabeza hacia la derecha y hacia la izquierda, pero no pudo: se sentía aprisionado, muy aprisionado.

De fondo, una melodía suave comenzaba a sonar, pero ¿de dónde venía? La música se hacía cada vez más profusa y sus oídos no la soportaban más. La paciencia se le había terminado, quería escapar, no tenía salida, estaba atrapado. Cuando todo parecía acabar, ahí estaba parada ella, mirándolo, con una sonrisa en la cara. ¿Acaso esa era la respuesta que tanto había buscado? De repente, se sintió libre, movió sus piernas y, por fin, pudo sentir que las tenía. Esa cosa que lo mantenía prisionero comenzó a desplegarse poco a poco. Dio unos pasos, refregó sus ojos para comprobar que veía, pellizcó sus manos para cerciorarse de que no soñaba.

Cuando todo estuvo en orden volvió a mirar la hora, parecía que los minutos pasaban tan lentos, que sintió que debía aprovecharlos. Ella ya no estaba, pero la respuesta había llegado; salió corriendo a buscarla antes de que se le escapara.

*María Mercedes Benvenuto es correctora de textos y escritora.

19/07/2011

En el patio de atrás

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 16:06
Tags: , , , ,

*Por Juan Pablo Doncel

En un patio a la intemperie perdíamos la noción del tiempo, y quizás también del espacio. Observamos las nubes mecerse encerradas en su triste acongojo y a la luna, temblorosa, asomarse entre la necedad nocturna. Mi amigo fumaba un cigarrillo, exhalaba largas columnas de humo, que fugazmente se desvanecían por la voracidad del viento. La segunda botella de vino se vaciaba, mientras su predecesora tragaba cenizas desde hacía algunas horas.

Reconozco no ser distinguido entre la multitud por la formalidad o el carisma, dos valores que me fueron arrebatados,  y por ello, muy pocas veces me asombré de tal desmejoramiento humano, en tan sólo cuestión de un par de horas.

Cuando me di cuenta, el humo se desvanecía más lentamente; se podían ver las raras formas que emergían de su boca. Sus pulmones parecían un experimento de Roschach, pues escapaban sombras de lo más extrañas. Sombras que intentaban advertirme, o, simplemente, buscaban burlarse de la razón. Mi amigo, quien, mientras me enterraba en mis pensamientos, miraba perdidamente el cielo, abruptamente, me arrinconó con su mirada. Y vi su cara, o por lo menos eso creía estar viendo. Abominable, un despropósito, más que una lástima. Su rostro, o lo que quedaba de él, se veía como si hubiese envejecido 10 años, quizás nuestro encuentro pudo haber durado eso, pero nunca lo supe. Sus ojos se habían sumido en la más triste oscuridad, sus pómulos estaban hinchados y su boca, poco a poco, fue mutando en una mueca difícil de olvidar.

Sin haber dicho una palabra durante unos cuantos minutos, acomodó su boca con un esfuerzo escalofriante, se refregó los ojos y me preguntó si alguna vez había pensado en no existir, en abandonar, en el suicidio.

No digo que mi amigo hubiera sido el único hechizado por un volátil estado, recordemos que los dos ocupábamos el patio y nunca fui capaz de despreciar la buena bebida, en ocasiones, tampoco la mala. A veces, me pregunto si mi amigo, el cual nunca volví a ver, podría haber sido un mero reflejo; en algún punto podría nunca haber visto su cara, sino sus ojos vidriosos y ver esa expresión moribunda en la mía. Pero sin demorar más, con amargura y con total simpleza, le respondí que varias veces se había apoderado de mí la idea, y que tantas veces había llevado a cabo el acto, que no me provocaba mayor temor o remordimiento volver a hacerlo. Trágicamente, le conté que el sentimiento de la primera vez había quedado oculto entre la pila de repeticiones inmemorables. Entonces, rompió su silencio junto con la primera botella. La alzó bruscamente y la estrelló contra la pared. Vidrios y cenizas se esparcieron a su alrededor, sin tocarme alguna, siquiera una astilla.

–¡No juegues conmigo!, ¡Borracho estúpido! –me gritó mientras se iba caminando chueco, con la pierna dormida.

Si sólo se hubiera detenido a mirarme, hubiese visto mi cadáver en cada grieta de mi cuerpo y mis pupilas dilatadas, por cada vez que las luces se apagaron. Si tan sólo se hubiese detenido a escuchar un instante, se hubiera dado cuenta de que mi corazón acostumbra a emitir rasguños, en vez de latidos.

Algunas veces es peligroso sincerarse.

Al fin y al cabo comprendí que fue mejor que se marchara y no escuchara lo que tenía para decir, estoy seguro de que todavía no se atrevió a hacerlo ni una sola vez; de otro modo, él estaría relatando esta historia.

*Juan Pablo Doncel es corrector de textos y escritor.

08/07/2011

Un día en el Jardín

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 21:26
Tags: , ,

                                                                                                                                                                                                      Por Paola Chiarle*

 

Cuenta la leyenda que un joven dejó el cuerpo y sólo quedó, como un recuerdo escurridizo, su ropa contrastando con los colores del verde Jardín. La Amada quedó estupefacta, llorando su ausencia. Un viento fuerte hizo que las lágrimas de sus ojos escaparan para vaya a saber qué otro destino, como si así pudiera seguirlo a él. Ella viviría más años hasta casi llegar a los 90. Su cuerpo se entumecería con el paso del tiempo, pero su mente retrocedería siempre hacia aquel momento, hacia aquel lugar. Ya luego de mucho tiempo, ella solo repetiría esa palabra… Se despertó en medio de la noche, o al menos eso creía. Creía que estaba en un lugar de otro tiempo, en una especie de Jardín Japonés. El inmenso paisaje estaba lleno de jazmines y crisantemos, rotundamente amarillos. De repente, un reflejo de luz atravesó todas las nubes del cielo e iluminó su cara. Ahí, en ese instante eterno, el joven se encontró con su Amada y le dijo:

─En poco tiempo me vienen a buscar.

 ─¿Quién? ─Yo mismo.

─Y ¿qué pasará con nosotros?

 ─¿Nosotros? Somos lo que somos y, como no tendremos nombre, tendremos que encontrar la manera de reconocernos en otros cuerpos, en otros tiempos y en otras vidas. Sé que reencarnaré en otro cuerpo, no sé si en la virilidad de un hombre o en la hermosa esencia de una mujer. Sé que traspasaré el umbral del tiempo y me hallaré en otro siglo o estado del espacio. Sé que te encontraré o, al menos, sólo podré partir sabiendo que nos volveremos a ver.

La Amada lloraba y sentía, por primera vez, que la pérdida era irremediable e irreversible. Él tan sólo por dentro rogaba: “Ojalá que algo cambie, para no tener que cambiar jamás”, y así podría quedarse en esa vida. Un viento se hizo notar, y pétalos de flores rojas empezaron a flotar en el aire.

─Rápido ─dijo él─, necesitamos “la palabra” para que cuando nos encontremos, al pronunciarla, nuestras almas se reconozcan. Pero la torpeza del pensamiento no dejaba salir palabra alguna en la mente de ella. Y la luz, que del cielo parpadeaba, comenzaba a desvanecerse. Él la miró conscientemente, mientras pensaba: “Si pudiera detener el tiempo, simplemente me quedaría con la belleza de tu sonrisa, que es más mágica que cualquier árbol de todo este frondoso Jardín”. Como era de esperar, naturalmente, el tiempo siguió.

 ─¿Cómo nos reconoceremos? ¿Cuál es la palabra? ─insistió ella.

Velozmente, como si pasara una a una las letras de un gran diccionario, palabras y más palabras se amontonaron en la mente de él, hasta que una quedó perpetua en el pensamiento y se hizo acción.

─En otros cuerpos y en otras vidas nos volvernos a ver, para terminar lo que hemos empezado. Entonces por última vez, el joven se acercó a su amada y le dijo al oído esa palabra que ella tanto esperaría volver a oír.

*Paola Chiarle es publicista, diseñadora de carteras con luz, correctora literaria y escritora.

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: