Escrito en el blog

20/05/2010

Desde la cuna

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 15:07

Por Alejandro Logatt Grabner

      Si les digo que nací, sería casi una obviedad, porque de no haber sido así, estas palabras no hubieran sido escritas. De este modo, me voy a limitar a informar que mi presencia en este mundo se gestó allá por septiembre de 1980, aunque recién vi la luz de Buenos Aires el 11 de mayo de 1981. La salida del vientre de mi madre no fue todo lo sencilla que me hubiera gustado; de hecho considero que ya desde retoño fui un ser lo bastante inquieto como para urdir un plan que me permitiera dar vueltas dentro del útero de mi mamá y, de este modo, generar una secesión de vueltas de cordón umbilical alrededor de mi cuello. El resultado de la incipiente travesura desencadenó en una cesárea salvadora y liberadora.

     Imagino que cuando se decidió por este procedimiento, el médico se habrá puesto sus lindos guantes de goma para luego cortar la panza de mi mamá y también para dejarle una cicatriz que aún hoy mantiene la impronta del aquel momento. Lo concreto es que después de todo ese suceso recité mi primer llanto para quienes estaban presentes en la sala. Las personas que aquel día se habían apropincuado hasta el Hospital Israelita fueron: mi papá Carlos, mis abuelas (Celia y Nélida) y mi tío Claudio; además de mi mamá —claro está—, ya que sin ella todo lo mencionado anteriormente hubiera sido muy difícil que sucediera. Todos ellos fueron los primeros en verme y en regalarme un muñeco que ya marcó un precedente para mi vida: Beto, quien estaba adornado con una camiseta de River.

     Quizás este último recuerdo les haga pensar que “soy un hincha de River desde cuna” —como reza el dicho popular—, pero lo cierto es que la historia se empeñó en marcar otro camino. Efectivamente,  en principio, —según me contaron— fui de Boca, y así transcurrí mis dos primeros años. No obstante, luego de haber desafiado los designios plateados por el rústico peluche, mi postura se revirtió y actualmente soy un riverplatense de pura cepa, gracias a la injerencia de mi papá, quien sí ostentaba el gusto de ser hincha del equipo adornado por el manto sagrado.

    Mis primeros pasos los di en el barrio de La Paternal, lugar en el cual  vivían mis padres. En aquel tiempo, teníamos — a pesar de mi corta edad considero que desde entonces puedo marcar mi terreno dentro del mundo de las propiedades materiales— un departamento sobre la calle Donato Álvarez; allí transité los primeros días de vida. Era un hogar pequeño, aunque cálido. Tenía dos habitaciones módicas, un pequeño living, una cocina, un balcón y un baño que a la postre sirvió como lugar de castigo. Este claustro me albergaría después de algunas de mis más grandes travesuras, tales como prender fuego juguetes, tirar piezas de ajedrez por el inodoro o —la peor de todas— dibujar sobre las paredes después de que el día anterior mi viejo se la pasara pintándolas.

   No recuerdo demasiado, pero las fotos y las voces de los demás marcan que en nuestra humilde morada sólo tomé la teta una vez porque mi mamá al comienzo no tenía leche y, para cuando la tuvo, yo ya estaba muy cómodo y habituado a una mamadera plástica. Habituarme a vivir en la Capital Federal me llevó algunos meses, pero para el momento en el que ya casi se podía decir que estaba acostumbrado y era un porteño más, tuve que viajar hasta Entre Ríos. En las tierras del Paraná conocí al Superman de la Argentina: un hombre grandote, pelado y de unos 60 años de edad.  Se llamaba Helmut y era mi abuelo; él trabajaba como carpintero y tenía un taller en las afueras de la provincia. Había nacido en Alemania en 1921 y fue perseguido por los nazis; creo que de esto se desprendía su aura casi de superhéroe. Siempre me contaba historias en las cuales había tenido que escapar de algún refugio, dormir entre cadáveres o comer un pan con su espalda pegada a la pared para no ser golpeado por sus hostiles compañeros. Mi breve excursión para Paraná duró algunos meses, hasta que mis padres lograron un poco de estabilidad económica y volvimos al concreto de la capital: nuevamente al departamento de Donato Álvarez.

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30/04/2010

SIMULTANEIDADES

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 16:53

Por Aisha Misael Huguet

Sí, hubo un momento específico, sincronías, hechos que tejieron una realidad, como tantas otras, bajo la noche del 19 de agosto de 1986.

Una chica miraba, con profunda melancolía, el romper de las aguas de unas cataratas y,  con el corazón lleno de oscura poesía, decidió que, unidas en el fondo de ese infatigable sonido, sus lágrimas compondrían una melodía dedicada a permanecer inalterable, al menos, en la memoria de ese novio que la había dejado.

En un remoto lugar de Siberia, un posible novato homicida escribía, en los márgenes de una novela policial llamada Liberación, un improvisado plan con sus variantes más descabelladas para matar a la madre de su madre, responsable y artífice (según él) de todas sus desgracias. (Años después se casó con ella, y dedicó la mayor parte de su tiempo a administrar un hogar de ancianos).

Las tardes que no sufría severas alucinaciones, producto de su esquizofrenia, Mark un destacado estudiante de la Universidad de Aeronáutica Británica, sobrevolaba los cielos del Pacífico en su planeador buscando la mítica ciudad perdida. Nunca se volvió a saber de él.

Un anciano artista israelí pintó, por equivocación, el vigésimo séptimo cuadro idéntico a los veintiséis anteriores y resolvió, de una vez por todas, su falta de memoria a corto plazo dejando la pintura para siempre.

“En el más allá, la diversión está garantizada, pero no se apuren, a veces pienso en volver”, así finalizaba una carta anónima enviada desde otro plano, que el místico “aparato” de la iglesia católica se encargó de hacer circular entre las masas creyentes como un bálsamo reparador de la fe cristiana, con resultados no del todo satisfactorios.

Después de la inesperada noticia de la separación de sus padres, Andreina, que se hallaba recostada sobre una de las ramas más gruesas de su ombú preferido mientras, animada por una nueva inteligencia emocional curiosamente renovadora, escuchaba, a través de los auriculares, los primeros acordes de uno de los allegros de Las cuatro estaciones de Vivaldi (Otoño, precisamente), emprendió un viaje al corazón de India para iniciarse en el autodescubrimiento espiritual luego de emanciparse legalmente de sus progenitores con apenas 14 años.

En ese específico entramado de momentos, en la llana geografía rural de Pergamino, provincia de Buenos Aires (bajo la misma luna llena que ha ofrendado una locura tan prometedora a los seres humanos desde hace milenios), con ciento un años de experiencia a mi favor (y un frío desgarrador), expulsado del vientre materno a una escalofriante velocidad bajo la fuerza brutal del último pujido, nací yo, Aisha Misael Huguet, y mi primer contacto físico con el mundo exterior generó una impresión que determinaría, en una buena medida, como creí que sería el resto de mi vida. La partera (dedujimos, buenamente, muchos años después con Josefina) llevaba horas sin dormir bien y, desde cierto ángulo, siempre tuve la impresión de que esa persona fue mi primer maestro. Desde el comienzo de mi vida terrenal, de algún modo comprendí que uno está realmente por su cuenta en este viaje (probablemente en todos los demás, también). “Uno”.  Mis ganas del mundo, las ganas de mí que tenía Josefina y la falta de atención de la partera (no nos culpo) hicieron que todo sucediera en un parpadeo poco sincronizado, y el metal de la camilla, junto a los pies de mi madre, vibró golpeado por mi cabeza.

No cabría duda alguna, con una representación tan simbólica, pero no pude ver el cuadro completo sino hasta algunos años después.

  

Boceto del cuadro

 

Nieva, y no sólo un ardiente frío interior. La profunda desesperación destruye partícula por partícula la armonía que, otra noche similar dieciocho años atrás, une todas las noches sobre la hierba que ha dejado de crecer entre mis manos. El verde se apaga cansado ya de esperarme, y los pinos azulados de la plaza no me invitan para que me siente con los libros (que han apagado sus voces para que no los escuche). Estrepitosamente, parece caer el cielo con todas sus estrellas ya vacías de brillo, en un bloque gélido de simultánea incertidumbre.

Ella, sigilosa, astuta e indescifrable, vacía mi boca de todos los besos del día por última vez, y cada copo de nieve se evapora, inconsciente, conmigo en un silencio único. Ritual hacia otro centro donde el miedo me absorbe, perplejo, hacia donde me descubre la lunática satisfacción de la decepción más perfecta. El suelo me abraza, me enrosca y acurruca… y también me lloran todas las hojas húmedas, tumbadas sobre las insensibles piedras que me duelen como cada uno de los anhelos que se desvanecen, estremecidos, con cada bocanada de aire helado que avanza forzosamente a través de mi garganta cerrada por la ira de todo un sueño destrozado, ahogando los pulmones que se abren al llanto sin consuelo. Mis dedos (que en cada yema solían tener un rayo de luz de luna para peinar sus cabellos) están rígidos, figuran estar muertos, y congelan el fútil encanto de las lágrimas en mis ojos que el sol no puede secar, porque se ha puesto con su sonrisa plástica en el oeste de mi corazón. Y la calidez parece ser una sensación tan lejana como la distancia entre mi casa y el punto de encuentro, y así todo parece ser más bien una suerte de principio agotador, donde nadie está atento para recibirme, y me golpeo con el metal de la mentira más fría de todas las mentiras: su amor nunca existió verdaderamente, y las flores amarillas con las que le dibujé mi corazón en el portal de su casa debieron de haberse marchitado en ese mismo instante junto con mi alma. Entonces nada parecía tener sentido…

21/04/2010

Mamá de Abril

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 16:19
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Por Soledad Paz Rey

Siempre soñé con ser madre. Incluso les voy a confesar que, cuando fui un poco más grande y supe que no todas las mujeres podían serlo, temí que Dios me castigara (por haberme portado mal alguna vez) impidiéndome quedar embarazada. Tenía terror de que eso me pasara. Gracias a Él no fue así. Me costó pero… soy mamá.

El embarazo fue hermoso, salvo por los primeros meses de malhumor que tuvo que soportar mi marido. Me sentí bárbara, incluso hasta la internación. Pero lo que les quiero contar ahora es acerca de la maternidad. Mi intención es humanizarla, es demostrar que las mamás somos seres humanos que sufrimos, nos cansamos, nos irritamos, nos angustiamos, nos enojamos, nos agotamos… No somos comos las mamás de los mensajes que andan circulando por la red. ¡Nos encantaría ser así! Por eso lagrimeamos al leerlos, no porque simplemente nos dé emoción, sino porque en realidad somos tan comunes y corrientes como cualquier otra persona.

Una hermosísima beba de 3,925 k llamada Abril me hizo mamá el 25 de agosto y me convirtió en vaca lechera unos días después. Al principio, intenté mantener mi ritmo alocado habitual. Quería estudiar, trabajar y ser mamá. Me llevó unos meses entender y aceptar que era imposible.

Es cierto que todos te aconsejan dormir mucho, porque cuando nacen esa no es una actividad que se haga muy seguido (así como sucede con otras…), pero ningún aviso es suficiente. Una no toma conciencia de esa nueva realidad hasta que lo vive. El día y la noche se convierten en una nebulosa, los horarios desaparecen y con ellos las rutinas, las salidas, los programas favoritos de televisión…

Además, nadie te avisa que vas a salir del sanatorio ¡con una panza de 8 meses de embarazo! Eso sí que es injusto. Cuando te cambiás al plan materno infantil deberían darte una guía instructiva para que nada te sorprendiera, para que una pudiera estar preparada mentalmente a lo que le espera, aunque fuera un poco.

La vida cambia ciento ochenta grados y esa personita increíble que creció dentro de tu panza, ahora está volviéndote loca girando a tu alrededor. Sigue tan unida a vos como antes; ahora el cordón umbilical es transparente pero está… está unido a tu corazón.

Si además quieren conocer qué es la ciclotimia, conversen sobre la maternidad con una mamá que acaba de enojarse con su hijo. (Comencé a escribir con una clara línea de ideas y ahora no hago más que lagrimear pensando en cada una de las travesuras que me hizo y me hace Abril).

Ser mamá, sin dudas, es lo más maravilloso que le puede suceder a una mujer (que quiera serlo ¿no?), pero hay que entender –para evitar frustrarse todo el tiempo– que no dejamos de ser personas por ser mamás. Es normal que nos enojemos y queramos revolear al bebé por el aire. Es normal que queramos salir corriendo y desaparecer por unos meses. Es normal que nos superen las situaciones y los temores, sobre todo los primeros tiempos. Es difícil dejarse llevar sin miedo por las intuiciones de madre, pero hay que hacerlo, nunca fallan. Así como tampoco nunca fallan los consejos de nuestras propias madres y los de alguna que otra suegra (igual hay que escuchar todos y saber cuál seguir y cuál ignorar). Es importantísimo tener cerca una amiga que haya sido mamá un poco antes que una. ¡Crean todo lo que les digan ellas! Porque aunque cada bebé sea distinto y cada mamá también lo sea… ¡todo lo que nos digan será verdad y lo vamos a vivir!

Abril ahora tiene un año y medio y es mi mejor maestra. Me enseñó a dar de mamar, a acunarla, a cambiar pañales, a calmar sus angustias y sus dolores, a dar sin esperar nada a cambio, a establecer mejor las prioridades, a ser tolerante, a controlar mis arranques de furia, a amar más a mi mamá, a comprender mejor a mis amigas mamás. (¡Ojo! Que sea mi mejor maestra no significa que yo sea una muy buena alumna siempre… sobre todo con lo que respecta a los enojos y a la paciencia).

Es una etapa sumamente especial de mi vida. Siempre fui activa, hasta hiperquinética podría definirme, pero nunca tuve tanta actividad física, mental, espiritual y emocional como ahora. Abril me agota en todos los sentidos y me desborda también. No importa todo lo que hace, ni describir su vertiginoso crecimiento. Lo que quiero acá es contarles que más allá de las noches sin dormir, de los llantos incontenibles, de los momentos de furia, de los temores y de las angustias, el tiempo pasa también para mí y ambas crecemos. De a poco aprendo a comprender y aceptar sus tiempos, a poder sentarme en el piso a jugar sin que me importe tanto el trabajo que quedó inconcluso o todo lo que tengo que estudiar. Me enseña a que si sé cómo pedirle algo ella lo hace, con más o menos ganas, pero lo hace. Ahora logramos que el “upa” no sea sinónimo de teta sino que también pueda haber mimos y juegos sin necesidad de comer. Todo se va calmando poco a poco. Si miro hacia atrás  –en este momento– siento que estoy llegando al final de la montaña rusa, que los dieciocho meses a pura adrenalina están terminando y la maternidad me da un pequeño respiro para recobrar fuerzas hasta que el juego vuelva a comenzar. Porque ya me avisaron que esto recién empieza y que cuánto más grande es el hijo más complicado resulta todo, pero estoy convencida de que también será cada vez más rica la vida junto a mi hija.

16/04/2010

Autobiografía (fragmento)

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 16:36
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Por Vanesa Dobladez

Desde que me había mudado a aquella zona de la ciudad, realizaba todos los días el mismo trayecto: un tramo recto, doblar a la derecha, otro tramo recto, doblar a la izquierda, el último tramo recto y nuevamente a la derecha, unos metros más y allí se encontraba aquella simple construcción que consideraba mi refugio.

Cada jornada esperaba con una sensación de dulce ansiedad el momento en que comenzaría a recorrer mi camino que, aunque rutinario en la realidad, resultaba ser uno nuevo cada día, sin duda, producto de mi imaginación que se encargaba de reinventarlo cotidianamente.

Algunas veces caminaba muy lentamente, observando con detenimiento cada edificio, cada casa, cada negocio, pero, sobre todo, observaba las ventanas: sabía que tras ellas se albergaban personas distintas a mí, distintas entre sí, únicas. Frente a cada una de aquellas ventanas surgían en mi mente innumerables preguntas: ¿quién estaría dentro: un niño, una madre, un joven, tal vez algún anciano?, ¿cómo serían?, ¿qué estarían haciendo: comiendo, leyendo, trabajando, jugando?, ¿estarían contentos y sonrientes o, tal vez, apenados por algún motivo, incluso quizás llorando?, ¿estarían solos o acompañados o, tal vez, esperando a alguien?, ¿serían felices? Ninguna de mis preguntas tendría jamás respuesta.

En los calurosos y agobiantes días de verano, no existía a lo largo de mi camino ningún edificio, ninguna casa, ninguna ventana. Seguramente por instinto, mi mente sólo registraba todo aquello que menguara los efectos del intenso calor. Me detenía en la sombra de cada árbol, sombras oscuras y frescas que daban descanso a mis ojos y a mi piel, y desde allí observaba las verdes hojas y los pájaros que se posaban en las ramas; envidiaba a aquellos seres que en sus vuelos podían admirar el paisaje de un modo en el que yo, por mi condición humana, jamás podría hacerlo. Aquella irreversible realidad, aquella certeza de que en mi vida habría objetivos inalcanzables, solía generar en mi interior una profunda sensación de frustración e inferioridad. El imperioso deseo de alejar tan desagradables sentimientos me llevaba a imaginar que cada uno de aquellos árboles era un animal (una jirafa, un elefante, un tigre o un enorme oso); elegía los de mayor porte y los más feroces, y así continuaba mi camino con la satisfacción de encontrar a mi paso todas aquellas bestias que se dejaban admirar sin la menor intención de hacerme daño, con la satisfacción de que sí podía hacer lo que parecía imposible.

Cuando el frío del invierno me calaba hasta los huesos, prefería recorrer mi camino en bicicleta, a la mayor velocidad a la que mis piernas pudieran soportar el monótono movimiento circular. Sabía que en los primeros instantes mi rostro perdería sensibilidad por efecto del gélido aire, pero también sabía que sólo unos minutos después la sangre se agolparía en mis mejillas tiñéndolas de un rosa intenso. Inexorablemente el calor interno, producto del ejercicio, ganaba la batalla, ayudado por un sol siempre presente en un cielo azul que parecía infranqueable para las nubes, aquel sol que le había otorgado el incuestionable apodo de Ciudad del Sol a la ciudad en la que se encontraba mi rutinario y mágico camino.

Siempre recorría el tramo final de mi trayecto con la incontenible alegría que significaba la certeza del inminente arribo a un lugar seguro, mi refugio; fresco en verano y tibio en invierno. Aquel antagonismo entre la extrema inclemencia del exterior, típica del clima desértico en el que vivía, y el apacible resguardo del interior, sin dudas, resultaba sumamente placentero.

Ya al abrigo de mi pequeña guarida, mientras yacía disfrutando un breve y reconfortante descanso, pensaba en qué comida prepararía y en qué ingredientes serían necesarios para su elaboración. Luego me incorporaba y comenzaba a reunir todos los elementos necesarios para dar origen a la obra de arte culinario elegida. Tenía una marcada preferencia por las comidas que implicaban un procedimiento de mezcla de polvos y agua; sumergir mis manos entre los minúsculos y ásperos granos, sentir cómo el agua se escurría entre mis manos, amasar aquellos ingredientes tan distintos dando origen a una pasta suave y maleable, y luego modelarla para darle forma era un proceso relajante que sumía mi espíritu en una profunda paz.

Los días en que disponía de más tiempo libre, algo por cierto maravilloso, me sentaba en mi sillón favorito y me abstraía en la lectura de algún libro o simplemente observaba cómo el sol se filtraba entre las hojas del árbol, hasta quedar totalmente enceguecida, mientras mi mente vagaba en erráticos y agradables pensamientos. Sin embargo, de a ratos me embargaba la pena por el inminente e inevitable final. Sabía que de un momento a otro escucharía la voz de mi madre, la voz que me llamaría a cumplir con mis obligaciones, y entonces, en aquel hermoso parque, ya no habría casas, ni edificios, ni enormes y feroces animales, sino sólo árboles; ya no habría una exquisita torta de chocolate en mi casita de madera del árbol, sino una simple torta de barro decorada con hojas verdes y mi sillón sería sólo una rama extrañamente retorcida en mi árbol favorito. En aquel instante se desvanecería la magia que inundaba mi fantástico mundo, la magia que inundaba el parque de la casa en la que viví mi infancia.

09/04/2010

Los veranos de mi infancia

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 0:17
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Por Brenda Vázquez

Dicen que de la infancia se guardan los recuerdos más lindos, aquellos que nunca se verán contaminados por la mentira o la manipulación, tal vez por ser propios de una edad en la que el ser humano transita su estado más puro e inocente, tal vez por ser aquellos que se atesoran con ternura.

Los míos transcurren entre los cinco y los diez años aproximadamente y están anclados en la zona sur de la provincia de Buenos Aires, más precisamente en la localidad de Temperley, en la casa de mi abuelo materno.

Por aquellos años y cada quince días, mis padres y yo íbamos a visitarlos, a él y a mi tía Lucila, la hermana menor de mi mamá, ya que vivían juntos desde que mi abuela se convirtiera en ángel.

El viaje desde el barrio de Belgrano, en la Capital Federal, hasta Temperley, ya era para mí una aventura;  era un viaje largo, de más de una hora, que tenía una parada intermedia en Remedios de Escalada, para visitar a mis abuelos paternos (visita que se me hacía eterna, ya les contaré por qué).

Lo más lindo de todo comenzaba cuando el camino abandonaba su rectitud y salíamos de la avenida, porque yo ya sabía que allí, a media cuadra, estaría mi abuelo Raúl, esperándonos, apoyado en la verja de su casa, con su boina de abuelo, su pucho en la mano y su sonrisa de oreja a oreja, que no le dejaba ocultar, ni aunque fuera en chiste, su alegría de vernos.

Un abrazo que me envolvía y un beso enorme coronaban nuestro saludo y siempre, siempre me esperaba con el último número de la revista Anteojito, guardado debajo de la mesita del televisor y una botella de Coca-Cola en la heladera, que nunca compraba, sino para mí.

A lo mejor vale aclarar que yo fui su única nieta, por eso –intuyo yo– era tan estrecha nuestra relación.

Pero lo mejor de mis recuerdos se identifica con el verano. Para esta época, mis papás se tomaban vacaciones de mí (y no había nada que me gustara más), y me dejaban quince o veinte días en lo de mi abuelo Raúl.

Mis estadías allí eran maravillosas. Inolvidables. Mi abuelo era muy divertido, jovial y hasta el nombre tenía gracioso: Raúl Rufino Rubio o Don Rubio para los vecinos del barrio que lo conocían de toda la vida.

Nuestras actividades empezaban después del desayuno: yo lo ayudaba a lavar la ropa (en un lavarropas antiguo, al que había que cambiarle el agua para el enjuague (que se aprovechaba para desabichar las rosas), y que tenía dos rodillos manuales por los que había que pasar la ropa para “centrifugarla”. Entonces, él la ponía de un lado y yo la atajaba del otro antes de que cayera a la palangana que me reemplazaba cuando yo no estaba. También íbamos juntos a hacer los mandados, como se decía en aquella época, pasábamos por el quiosco de “la Turca” a modo de excursión y después de llenarme los bolsillos de caramelos, volvíamos para almorzar lo que yo pedía, por supuesto

Mientras él dormía la siesta, yo jugaba con las muñecas de cartón y los vestidos de papel con orejitas para que no se cayeran, o con Choco, el perro de la familia, en el jardín,  jardín que tendría diez o doce metros de largo, a lo sumo, pero que para mí, acostumbrada a un balcón de dos por uno por todo exterior, me parecía enorme.

No puedo olvidar tampoco las tardes en las que nos subíamos –sí, mi abuelo y yo– al árbol de la vereda (que estaba podado al ras), a tomar mate tereré y a entretenernos en un juego que consistía en sacarle las cascaritas a la corteza, como desnudándola para ver qué había debajo. El que primero encontraba una arañita o cualquier clase de bichito, ganaba. O aquellas otras en las que recolectábamos frambuesas y nísperos del jardín, que luego nos comíamos sentados bajo la parra del patio y donde jugábamos, una vez más, a buscar las orugas verdes y gordas. Nos divertíamos al ver cómo, para pasar desapercibidas, se mimetizaban con las hojas las que después se comían, dejando grandes agujeros que usábamos como pistas para encontrarlas.

Y por qué no recordar las tardes más sencillas en las que a la hora de la leche nos dedicábamos a tomar la “Zucoa” con mucha espumita y a decorarnos los dedos con anillitos azucarados, blancos o rosa, que luego nos comíamos de a uno.

Eran todas tardes mágicas que a lo mejor se repetían, pero siempre eran distintas, ya fuera por la risa, por el tamaño o el morado de las frambuesas, por el desafío de sacarlas y no pincharse con las espinas que defendían cada fruto a capa y espada, o por la piel suavecita de cada níspero, que costaba tanto pelar; o por la gordura de cada oruga y lo difícil que se hacía bajarlas de la parra, como si supieran que aflojar una sola patita de la rama, significaba el fin…

Cuando llegaba la noche y después de la cena, nos disponíamos a jugar a la canasta o a la escoba de quince y nos peleábamos por ganar, y nos reíamos tanto que mi tía, que al otro día trabajaba, nos chistaba desde su habitación para hacernos callar. ¡Para qué!, más risa nos provocaban aún los: “¡Calláte lechuza!” que le dábamos como respuesta.

A la hora del descanso, mi abuelo armaba una camita para mí y la ponía al lado de la suya. Para dormirme, yo le pedía que me diera “la pata” (su mano), y mientras me contaba cuentos inverosímiles y fantásticos inventados por él,  me introducía en el más sereno de los sueños. No había nada que me gustara más que aquellos cuentos.

Los veranos con mi abuelo Raúl fueron de los más hermosos que recuerdo, llenos de alegría y llenos de mi abuelo, que a pesar de no haberlo tenido tanto tiempo como me hubiera gustado, dejó una marca indeleble en mi corazón.

08/04/2010

Relato desde algún vagón abandonado

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 13:45
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Por Ivana Andrade 

Una vez, alguien me dejó escritas estas palabras:

“Cuenta una historia que en un pueblo lejano pasaba un tren cada varios años. Impreciso el tren podía tardar dos o tres, quizás diez o veinte años, como también podía pasar cada dos o tres  meses, incluso una vez por semana.

Ese tren llevaba a una ciudad –pequeña ciudad– llena de oportunidades y nuevas aventuras. Pero nadie del pueblo la conocía realmente. Sólo se escuchaban rumores sobre ella. Podía ser hermosa, como podía ser también el peor de los infiernos. Quien quisiera conocerla tendría que arriesgarse a tomar el tren.

El único problema era que el viaje en tren, si bien era gratuito, sólo era de ida. Aquel aventurado no podría volver jamás al viejo y aislado pueblo.

Yo lo vi. Y lo quise tomar una vez. Me subí y me acomodé. Justo antes de que arrancara, me asusté y bajé de un salto al andén.

El tren se fue. Volví a mi casa y ahí me quedé, imaginando qué podría haber sido de mí si no me hubiese bajado.

Una noche, a lo lejos, lo escuché venir nuevamente y en un ataque de desesperación, salí corriendo de mi casa. Corrí hasta llegar a la estación del tren. Y cuando llegué ahí, vi que se estaba alejando de nuevo. Entre gritos y llantos lo corrí desesperadamente mientras le hacía señas para que frenara. No lo hizo.

Durante mucho tiempo caminé al lado de las vías, esperando una próxima oportunidad para tomar el tren. No volvió a pasar por ahí.

Hoy estoy en otro pueblo donde ese tren no pasa, pero su ruta está a unos kilómetros. Quizás lo escuche y pueda verlo de nuevo, aunque sea mientras se va. O quizás, para ese momento este pueblo ya me tenga aburrido. Quién sabe, hasta podría tomarme el tren. Esta vez, sin miedos”.

Un año después

Una vez, estaba en un bar con una amiga, un amigo y alguna que otra persona conocida que saludaba al pasar y seguía su camino dentro del mismo bar. Ya eran cerca de las cuatro de la mañana y yo, aunque había pasado casi un año de haberlo visto y de haber estado en su vida, le mandé un mensaje.

Un año. Había pasado un año de aquella época en que nos juntábamos en su casa y entre algunos cigarros, unos mates y algunas charlas, nos hundíamos el uno en el otro. Un año sin que eso pasara. Un año en el que yo había hecho unos extensos y memorables viajes, y en todo ese tiempo un cambio mental, emocional y hasta diría hormonal, me había generado la necesidad de irme, de alejarme, de dejar todo ahí por algún motivo…

Pero también por algún motivo, todo lo que me había taladrado durante ese año, me generó la necesidad de mandarle un mensaje un año después.

Fue raro. Cuando terminé de mandar el mensaje, continué con mi cerveza y seguí charlando como si nada pasara, como si todo hubiese pasado. Y alguien me avisó que mi celular hacía luces. Lo abrí creyendo que me encontraría con alguna respuesta. Alguna respuesta negativa o positiva. Un rechazo sin pena, quizás. O alguna forma sutil de decirme que no o incluso que sí. Pero no. Me encontré con que estaba recibiendo una llamada. Sin dudarlo, atendí. El ruido del lugar entorpecía un poco la conversación, pero lo importante se entendió. Corté, terminé mi cerveza, saludé y me fui del bar sin dar ninguna explicación a ninguna de las personas que ahí estaban conmigo.

Entre toda la gente que iba y la que venía –tumulto de juventudes que se dispersaba por la avenida principal de esta pequeña ciudad–, nos encontramos, nos saludamos y nos fuimos a su casa. Y entre algunos cigarros y algunas charlas nos hundimos el uno en el otro por primera vez, después de un año. No sé si sabiendo que sería una noche fugaz, no sé si intentando que fuera un reencuentro o si entendiendo que no sería más que una explicación corporal a mi desaparición. Nos enredamos en un abrazo y nos dormimos juntos, una vez más…

Pero así como volví, me fui. Y un mes después, ya había desaparecido nuevamente de su vida; desaparecido hasta donde las circunstancias me lo permitían.

Lo que él no sabe es que nunca perdió el tren. Sino que yo era sólo un tren de carga.

De espaldas a la avenida

Me llegó un correo electrónico en el que me pedía una última reunión, una última vez para verme, sentirme y por fin decirme “chau”, pero de manera memorable. Respondí, y en ese mismo acto, accedí. Si había algo que él se merecía era poder despedirse de la que fuera, a su criterio, la mejor forma posible.

Yo no me había portado de lo mejor. En realidad, ni siquiera me había portado. No hice nada más que dejarlo sin motivo aparente. Claro que mi abandono podría haber sido para él por algún motivo relacionado con lo mismo que a él lo alejaba de mí. Pero no. A mí no me importaba tanto aquello, aunque a él sí. Y si bien yo hubiese podido manejarlo, supuse que él no. Entonces, me fui y mientras me iba, decidí tomar una mala decisión, una de esas que a la larga se sienten en el cuerpo, en el fondo, en la mente y en el tiempo. Y así, le di la opotunidad de que me diera una oportunidad.

El punto de encuentro estaba lleno de gente; gente preocupada por sus asuntos, metida en sus problemas. Gente a la que nosotros no le llamábamos la atención, aunque entre él y yo sabíamos que al vernos, el resto iba a desaparecer. Dejarían de estar ahí con sus apuros, con sus problemas, con sus asuntos. Serían ellos los que no nos llamarían la atención. Y nos vimos de esquina a esquina. Y nos encontramos en aquella parada de colectivo pactada con anterioridad en esa conversación mediante correos electrónicos.

No charlamos mucho. Supongo que no teníamos mucho para decir. Los dos sabíamos que sería raro charlar más de lo necesario, por lo menos en ese momento.

El viaje no fue muy largo, tampoco muy corto. Fue suficiente como para que me abrazara y yo reposara mi cabeza en su hombro.

Llegamos a aquella casa enorme, solitaria aquel día. Tomamos algo; hacía calor en esa época. Me mostró un piano muy lindo que estaba ahí guardado. Le pareció que seguramente me gustaría verlo y no se equivocó. Fue un lindo gesto y un hermoso piano.

Se acercó, me acercó hacia él y me besó. Me besó como si yo fuera lo más suyo en este mundo. Me besó con su brazo rodeando mi cintura, y mi mano se posó sobre su cuello. Me besó por un rato y después me llevó de la mano al pie de la escalera. Me dio otro beso y sin soltar mi mano subió por aquel caracol de madera. Entramos en una habitación bastante iluminada. Claro, era plena tarde de octubre. El sol se asomaba por entre las nubes grises, pero sin que se opacara su luz.

Sólo nos comunicábamos con miradas –de esas que no se callan– o alguna caricia –de esas que hablan más que las miradas–. Finalmente, el cuerpo dijo más que las caricias. En ese entonces, nos unimos. Nos unimos con deseo, con capricho, con rabia, con pasión. Como un beso de “chau”, un abrazo de adiós, como si fuera una de las peores groserías que al instante la continúa un “te quiero”. Pero sin palabras. Jamás una palabra. Y menos, una palabra de esas.

Y terminó. Todo terminó: la relación, la tarde, él y yo. Nos dormimos por un rato. Nos enmarañamos en los brazos del otro y nos relajamos.

Se acercaba el momento en que el telón se tendría que cerrar y nosotros tendríamos que dejar de actuar como amantes. Y el fin del escenario no era la casa, ni el colectivo. El fin de eso sería la parada en la que bajaríamos. La calle ya era parte de la vida cotidiana. El puente lo cruzamos como amigos, y en la avenida nos despedimos como si uno de los dos se fuera muy lejos y por mucho tiempo.

—Cuidate mucho —me dijo—. Nos vemos.

Esa fue la segunda vez que nos despedimos. Esta vez y por última vez definitivamente, hasta ese entonces, por lo menos.

Después de cruzar la avenida que nos separaba no volví a mirar para atrás y desaparecí ante la vista de aquel tráfico metiéndome por las calles tranquilas que nacen o terminan en ese caudal de autos y gente.

Después de haberlo dejado ahí con su abrazo, con mi perfume, con el calor del próximo verano y con la frescura de habernos fundido en el otro durante horas; me fui a la casa de esa persona a la que yo le había permitido ponerme un título, por más que no mereciera siquiera titularme. Llegué, lo saludé con un beso simple y seco en los labios, y con toda la naturalidad que pude, le conté un día que no había vivido y que tampoco contenía las mismas sensaciones y pasiones que el que sí había ocurrido.

Esa fue la primera vez que supe que en realidad esa relación no me importaba como debería importarme. Y ese fue el punto de quiebre en toda la historia que vino después.

Ciertamente y para finalizar, yo seguí siendo el tren de carga. Él todavía no lo sabe. Y quizás, algún día, me vuelva a ver pasar.

Relato desde algún vagón abandonado

Llegamos, dejamos que las cervezas se enfriaran un poco más y nos sentamos a fumar un pucho.

Charlamos de todas esas cotidianeidades que nunca nos contamos bien cómo se habían ido sucediendo. Después charlamos un poco de mi último viaje y de alguna que otra historia o anécdota que tuviese alguna relación con el tema.

Una vez frescas las rubias bebidas, servimos unos maníes y nos pusimos un poco más cómodos –comodidad que seguramente venía de la mano de la cerveza, cual si fuese alguna especie de promoción de esas que no son válidas, generalmente, en la provincia de Córdoba–.

En algún momento, ya con la segunda botella a medio vaciar, el cenicero bastante lleno y con los maníes que ocupaban menos de la mitad del espacio que habían ocupado en el plato, nos dijimos todo lo que teníamos ganas de decirnos.

Preguntó y contesté. Le conté y me contó. Dio razones y motivos. Demostré con palabras que no me permitía ser egoísta cuando de él se trataba. Aclaró lo que creía que era correcto hacer. Accedí a su decisión –no me permito ser egoísta cuando de él se

trata–. Coincidimos en la absurda falta de comunicación que hubo todo ese tiempo. Di explicaciones y pedí perdones. Confesó haber comprado frutillas para mí. Anudé mi estómago. Guardamos silencio. Me dijo que me quería mucho. A mí me hubiese gustado decirle que yo también a él –horrores me cuesta expresar ciertas cosas. Mecanismo de defensa, quizás le llamen a eso–.  Repetimos palabras ya dichas en alguna isla. Después repitió que me quería muchísimo –otra vez no me salió–, agregó que siempre me iba a querer y finalizamos esa parte de la charla cuando me dijo lo siguiente:

—Y es así. Vos estabas ahí. Estás ahí. Siempre vas a estar ahí.

Silencio. Y cuando no tomábamos sorbos de cerveza, pitábamos un cigarro. Silencio. Miradas, vaso, humo y silencio. Silencio que se quebró ante la petición de un abrazo. Abrazo de minutos eternos. Abrazo que fue largo, cariñoso, protector…, fue hermoso. Momento fuera de tiempo. Y después, silla y silencio.

Se acercó, no mucho, pero se acercó y me acarició el brazo. Después la pierna. Y el brazo de nuevo. Y miraba mis manos, mis ojos, su mano, mi boca, mi pelo, el piso, la mesa, el vaso, mis ojos, mis manos, mis piernas, mis ojos, mis pies, el piso, la mesa…

Balbuceó un poco y después me dijo que él no quería molestarme. Suspiró. Yo le dije que no lo hacía y agaché cabeza.

Levanté la mirada, me crucé con sus ojos y le dije que estaba todo más que claro y que no me molestaba para nada. Asumo que soné convincente –¡ey!, no mentí. Digamos que “no me molesta” ya que, repito, no me permito ser egoísta cuando de él se trata–, porque al instante se acercó un poco más, yo lo acerqué más y nos dimos un beso.

Disfrutamos mucho ese beso. Lo disfrutamos con sus manos en mi cara y las mías en su cuello. Lo disfrutamos como si hubiesen pasado años desde nuestro último beso —digamos dos años y algunos meses, si se los pone mejor en contexto–.

Y una vez más, nos hundimos. Una vez más, nos fundimos. Y de nuevo, dormimos juntos, abrigándonos en un abrazo, disfrutando de esas pocas horas que nos quedaban vivir en esa realidad tan suya, tan mía, o de ninguno de los dos.

La mañana llegó con una valija llena de responsabilidades y el timbre que tocó sonó como mi despertador. Ya de vuelta en el mundo cotidiano, nos dedicamos una mirada que delataba un futuro ya cantado.

Caminamos en silencio hasta aquella esquina de la avenida. Al llegar, nos dimos un abrazo y al separarnos se desató un diálogo similar al siguiente:

 —Hablamos –dijo.

 —Dale –respondí.

 —Cuidate.

 —Vos también.

Continué mi camino sin mirar atrás.

Esta vez, yo me quedé sentada al costado de las vías, mirando mi tren alejarse. Pero una vez yo también fui tren y sé que en algún momento volverá a pasar. No sé dónde me encontraré para ese entonces. Lo único que sé es que este vagón es mío, así abandonado como está y es una de las cosas más hermosas que me pueden quedar.

07/04/2010

Mi hermoso mundo

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 16:36
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Por Paola Chiarle
                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

“Alguna vez, alguna vez tal vez, me iré sin quedarme.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                Me iré como quien se va”.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     Alejandra Pizarnik

 

Todas las noches cierro los ojos y es como si los tuviera abiertos.

La memoria de mis años está llena de momentos que no olvido. No olvido lo que soy.

Soy sonámbula, disléxica, impulsiva y puedo escribir al revés.

No soy viento, no soy hombre, no soy invisible, no soy ordenada.

A veces quisiera ser viento, invisible y ordenada.

Cada noche viajo gratis sin visas ni pasaportes a los pasajes de mi memoria.

Acurrucada en un instante, puedo, con mi mente, ir al lugar más íntimo.

Todas las noches cierro los ojos y pienso en mañana.

Mañana: un día que nunca podré alcanzar.

Mañana nunca llega, porque cuando llega, mañana es hoy.

Una noche me fui a dormir. Traspasé varias fronteras buscando volver a aquel lugar de donde vengo. Y cuando desperté estaba allí, donde todo comenzó: mi hermoso mundo.

 

El eco de mi reloj de Mickey sonó lejanamente, entrometiéndose en el desenlace de mi delirio. Todavía no recuerdo cómo mi mano logró callarlo. Me encontraba flotando en un lugar profundo, oscuramente placentero y cálido. Sumergida en líquidos que simulaban lagunas y  mares. Todo era nuevo, pero a la vez conocido. Todo un mundo pequeño, único para mí.

Una voz remota se iba acercando, y así mis percepciones empezaban a mezclarse. Pude reconocer la voz agudiza y alarmante de mamá:

—Popi, despertate que son las ocho.

“No, por Dios, no vengan a buscarme”, rebotaban las palabras en las paredes de mi mente. Recuerdo cómo, tibia, ondulaba entre fluidos cálidos de colores azules, que a veces se transformaban en verdes. Una música sutil acariciaba mi cuerpo. Mi única compañía era una especie de conducto que llegaba a mi boca.

—Dale levantate, que vas a llegar tarde al trabajo. De nuevo era interrumpida por la voz de mamá. “No quiero, por favor… No dejes que me saquen”, pensaba, porque aunque intentaba gritar, creo haber extraviado mi voz.

Allá adentro hacía calor. Nada era frío. Estaba protegida y sentía que alguien me quería, me amaba profundamente y nunca me iba a dejar. Sentía que si salía, (comiéndome de a poco), el mundo me iba a devorar.

            Escuché unos pasos. Creo que mamá se asustó al llegar a la cabecera de mi cama y no encontrar mi cabeza. Después reconoció mi cuerpo en el medio de la cama. Pude sentir sus manos flacas palpando mi frágil cuerpo fetal enterrado bajo mantas y acolchados. Empezaba a amanecer de entre mis sueños al escuchar otra vez su intrépida voz.

—Popi, ¿qué hacés ahí escondida? —preguntó, retándome, del mismo modo que lo hacía  cuando yo tenía cinco años.

 Sorprendida, invadió mi mundo escarbando con su mano entre las frazadas para terminar tocando mi pelo y mi mejilla transpirada por el exceso del calor.

 —¿Qué te pasa? —lo dijo como lo hace siempre, al referirse a mi estado de introspección. Luego retiró su mano.

—Mamá, soy yo… soy tu hija —respondí con angustia, demandando que me reconociera. Pero creo que no lo hizo. Mi voz se perdió entre las sábanas.

 Sudando temor, apenas asomé mi mano mojada buscando contención en la suya.

—¿Me querés? —le pregunté, sin mirarla a los ojos, no sólo porque no podía, sino porque siempre que pregunto esas cosas; lo hago como si fuera a comprar un paquete de pastillas al kiosco.

—Claro que te quiero… y dale que llegás tarde al trabajo.

Supongo que ella desapareció. Yo escondí mi mano tratando de reintegrarme a ese refugio, pero mi hermoso mundo ya no era. Ya los azules profundos, el líquido cálido y las burbujas texturadas parecían haber sido secuestradas por el estampado de mis sábanas bordó con rayas azules.

Un poco más tarde, cuando pude haber entendido todo, salí de la cama. Me escabullí hasta el baño. Fugitiva, huí del frío de los baldosones del piso, que trepaban por mi cuerpo en un intento suicida de querer congelarme. Mamá se cepillaba con ligereza absoluta sus lustrosos dientes blancos (esos que ya nunca volveré a heredar). Me hubiese encantado tener su boca, en conjunto, labios y dientes son perfectos.

Parada en el baño, detrás de ella, al encontrar su reflejo en el espejo sin querer encontré el mío. La miraba y me veía tan distinta, tan frágil. La encontré hermosamente más joven, quizás porque el día anterior se había teñido de colorado y sus pequeños ojos verdes le resaltaban. La contracara de esa imagen era mi reflejo, el reflejo desgarbado y desprotegido de una nena con su camiseta blanca de mangas largas intentando por todos sus medios buscar calor, su calor. Vi como se enjuagaba sus dientes con un simple buche. La miré con piedad, buscando que me entendiera. Ella me contestó sin igual, pensando que quería apurarla para poder ocupar el baño.

—¿Qué hacés ahí parada?

 Abrí mi boca y juro no haberla podido mover por un largo instante, hasta que por fin, con el frío que marcaba el titubeo de mis palabras, pude decirle:

—Mamá, ¿alguna vez soñaste qué volvías al vientre de la abuela?

  

      

06/04/2010

Recuerdo de una mañana de otoño

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 16:24

Por Stella Maris Roque

Nací un 11 de marzo de 1980, hace 30 años. A la semana de nacer, mi madre y yo nos fuimos a vivir a la casa de mi abuela con los 6 perros de ella. Mi infancia transcurrió en Gonnet, partido de La Plata, donde viví durante diez años. Fue en esa casa donde experimenté los mejores momentos de mi infancia. Además de mi madre, la única persona que formó parte de mi familia fue mi abuela.

Recuerdo una mañana de otoño en la que disfruté de ser una niña de cinco años. Había llovido durante toda la noche y a la mañana me había despertado con el ladrido de uno de los perros de mi abuela. La cama de mamá estaba vacía. Tardé en levantarme y cuando lo hice subí la persiana: seguía lloviendo y el pasto estaba lleno de charcos. Lo otro que pude ver fue el roble. Al costado del roble se había formado un gran charco lleno de barro y hojas. Salí del cuarto y fui a la cocina a ver a mi abuela. Estaba de mal humor, decía que no le habían traído el diario por culpa de tanta lluvia. Le di un beso y sonrió. Enseguida dijo que tenía el café con leche preparado, que sólo le faltaba colarlo. Si tenía nata, ella sabía que yo no lo iba a tomar, entonces era cuidadosa al colar la leche. Puso el pan árabe en la tostadora y sacó de la heladera la manteca y el dulce de frutilla. Acomodó todo en la mesa y se sentó a mi lado. Tomé el café con leche y comí el pan tostado en un breve espacio de tiempo. Quería salir de la casa para ir al parque, pero sabía que la abuela no me iba a dejar, así que esperé que se fuera a duchar. Ella solía tomar un baño todas las mañanas. Cuando terminé de tomar el café con leche, mi abuela se levantó y se fue al baño, pero al rato la vi volver. El baño no estaba lo suficientemente caliente como para que ella pudiera darse una ducha, así que dijo que la iba a dejar para más tarde y que en reemplazo se iba a acostar: le dolía la cabeza. Me aconsejó que me pusiera a dibujar. Consideré que ese era el momento justo para salir, no para dibujar. Abrí la puerta, el parque era todo para mí. Al principio caminé por el pasto, descalza, con los perros. Llovía y algunas gotas me mojaban la cabeza y la ropa que llevaba puesta. Levanté la cara hacia el cielo, las gotas resbalaban por mi piel. Comencé a girar con los brazos y con las palmas de las manos hacia arriba; mi cuerpo se abandonaba a la sensación del mareo y del agua fresca que caía sobre la piel de mis manos y me hacía cosquillas. Uno de los seis perros me miraba y ladraba. Di muchos giros sobre el mismo lugar, cada vez más rápido, hasta que caí al piso, y me reí del mareo que tenía. La perra que me ladraba vino hacia mí para ver si me encontraba bien, me daba besos en la cara y movía la cola. Me levanté y empecé a correr por todo el parque, con los seis perros siguiéndome. Corrí a través de todos los charcos, incluido el que estaba al lado del roble; a cada paso el pasto mojado se dejaba acariciar por mis pies. Estos se hundían en los charcos, se refrescaban, se ensuciaban con barro y hojas. Podía sentir cómo el pasto se escurría con cada pisada  y, cuando los levantaba para dar el siguiente trote, las gotas de barro y agua me salpicaban las piernas. Los perros corrían conmigo. Estaba tan entretenida que no noté que ellos habían dejado de correr y estaban parados, estupefactos, con las orejas hacia atrás y la cola entre las patas, así que me detuve y los llamé, pero no me hicieron caso. Entonces me acerqué a ellos y me di cuenta de que estaban mirando hacia la puerta de la cocina en donde estaba parada mi abuela. Ella venía hacia nosotros, caminando a paso de soldado. Tenía los pelos parados y se había puesto una especie de poncho de colores que le gustaba usar. Tenía cara de enojada, la mirada fija, petrificada. Me quedé en el lugar, los perros le movían la cola. Entonces, me habló con voz también de enojada:

—Cuántas veces te dije que no podés mojarte así. Te vas a agarrar un broncoespasmo, una neumonía, un flemón. Querida, tenés asma. Hoy no vas a comer los chocolates que te compré, no puede ser, ¡siempre hacés lo que querés!

Fui hacia ella y apoyé mi cara sobre su poncho que olía a perfume de jazmín. Fingí que lloraba para darle lástima. Al principio no me dijo nada, pero al rato la conmoví y me alzó. En verdad, algunas lágrimas se me habían caído y ella comenzó a darme besos en la mejilla. También me daba palmaditas en la cola y me decía que yo era una chiquita malcriada. Entramos a la casa y mientras me llevaba hacia el baño me  dijo:

—Ya no sos tan chiquita como antes, estás más pesada.

En un tiempo la abuela ya no podría alzarme más. Entramos al baño, que ya se había calentado lo suficiente, dejó correr el agua y me dijo que iba a ser mejor que me diera una ducha de agua caliente. La abracé y antes de entrar a la bañera, le di un beso en la mejilla y le dije que ella era la única persona a quien yo amaba.

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