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30/08/2012

Zeuscriptofobia

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 15:47

*Por Daniel Flores

Algunos días atrás, Celia había llegado por fin a la aceptación de lo insalvable, al término de una revelación definitiva para la que no existía retorno: el mundo se extendía ahora bajo un código nuevo y atroz, y el paso de las horas multiplicaba el pánico como en un sueño lento. La búsqueda de una solución había sido, en principio, estéril, signada por lo imposible; tanto que una parte de Celia (una parte oblicua y oscura) respondía con la posibilidad de la muerte. Sin embargo, tras una larga exploración infructuosa, acabó dando con una prodigiosa esperanza en las últimas páginas de una guía vieja y decidió comenzar un tratamiento específico en la Fundación para el Tratamiento de Fobias en Adultos de la Ciudad de Montecarlo.

Ingresó al edificio luciendo un blanco tapado sobre los hombros, parada sobre unos zapatos grises con taco y maquillada de manera casual. La mujer era de postura erguida y paso cuidado, cabello lacio y virgen, por lo que fácilmente aparentaba menos años de los que en realidad tenía, que tampoco eran muchos. Se acercó a una ventanilla de Recepción y allí consultó lo que necesitaba saber. El turno ya había sido reservado. Un joven de veintitantos le indicó el camino, escaleras arriba, quince metros doblando a la derecha, no podía perderse.
En el quinto piso de la Fundación estaba instalado el Grupo de Fobias No Documentadas. Celia vio el rótulo pegado a una puerta amarilla y, sin llamar, giró el picaporte y entró. El interior era amplio y luminoso, parcialmente decorado con plantas y pinturas surrealistas; había un dispenser  contra la pared izquierda, junto a un archivador viejo, y dos sillas rotas, una puesta encima de la otra. Al entrar al salón, la mujer se dio de frente con la mirada del psicoanalista, que se encontraba en el centro de un semicírculo, de cara a la puerta. El hombre, con un ademán profesional, la invitó a que tomara asiento y Celia se ubicó en la única silla vacía, de espaldas a un ancho ventanal a través del cual podía verse la ciudad entera.
Adentro no había música, como en otros consultorios o centros de terapia; allí solo importaban las voces.

Hablaba ahora una mujer bajita que se reía con cierto pudor cada dos o tres palabras: contaba que tenía temor de los roedores electrónicos y que a menudo soñaba con ellos. ¿Qué clase de sueño?, preguntó el hombre. Un sueño apocalíptico, señor, horroroso, miles y miles de bichos electrónicos de diversas clases que avanzan al mando de una máquina colosal y destructiva, a la que sólo logro distinguir vagamente, como una sombra opresiva recortada en el horizonte, indefinible. Entre el montón de alimañas abundan unos roedores chillones, feos, con dientes y garras puntiagudas, que se deslizan por las calles como bólidos. Yo intento, como otros, correr, trepar por algún lado, escapar, pero todo esfuerzo es inútil, ¿sabe?, la ciudad está colmada y las máquinas acaban alcanzándonos, de un modo u otro, siempre acaban alcanzándonos, y cuando llegan uno siente primero una descarga fuerte que lo obliga a detenerse, un shock paralizante que lo abraza por la espalda y lo congela, y, casi de inmediato, suceden las mordidas. Entonces los roedores empiezan a subir por las piernas ansiosamente, triturando cada centímetro de carne; a veces lo hacen con lentitud. Me da la sensación de que les gusta el sufrimiento, los infla de placer, emiten largos pitidos de alegría, y luces. Pero otras veces te hacen pedazos en segundos, sin darte tiempo siquiera a gritar… ¡Es algo terrible! Lo curioso es que el sueño no termina ahí, doctor; por el contrario, tras el ataque, el ojo que creo ser yo se desprende y me muestra mi cuerpo destrozado ahí en el piso, y empiezo a ascender, ¡como si realmente estuviera muerta!, y soy testigo de una larga masacre ininterrumpida y feroz que se extiende en un plano inalcanzable. Cronológicamente es absurdo, pero siento que pasan días hasta que, por fin, despierto. El sueño es recurrente y, siempre, cuando logro abrir los ojos, me descubro temblando de pies a cabeza; a menudo, llorando.

El psicoanalista asiente; ya había previsto algo de esa índole. Con calma, le informó a la mujer que (bueno, él le había dado nombre, porque ése era su trabajo) lo que padecía era conocido como Mousefobia o Mousefagofobia. Le explicó, a grandes rasgos, el carácter general del miedo en ese aspecto puntual, y la mousefagofóbica parecía entenderlo perfectamente. Muy común en estos tiempos, le decía el hombre, lo mejor será que usted use el teclado de la pc para conducir el puntero, o el touchpad, en todo caso. Mientras el doctor hablaba, Celia rezongaba por dentro: ojalá ella padeciera algo tan baladí. ¿Quién podría tenerle miedo a un mouse? Es ridículo. Acaso porque había sido la última en sumarse al grupo, debió esperar a oír todas y cada una de las fobias que manifestaban los presentes. Algunas eran verdaderamente bizarras e imaginativas. Un muchacho que tenía ubicación en el extremo derecho del círculo, sufría lo que el psicoanalista bautizó como Estufobia, que es la fobia a las fobias ajenas, y al temor de contagiarse; otro, de Paralelepípedofobia; otra, de Jibofobia, y así… Hubo casos que no merecen mención por su grado de absurdo. El licenciado, ante cada exposición desplegaba una serie de tratamientos posibles, diferentes formas de afrontar esos temores irracionales y consejos útiles a la hora de la detonación mental. Para la Estufobia, por ejemplo, recomendaba evitar los centros de rehabilitación de fobias, como aquel; para la Paralelepípedofobia, en cambio, proponía eludir zoológicos, cadenas mascoteras y programas como National Geographic, y cosas por el estilo. Así se iba la mañana, de un modo tan poco emocionante para Celia que por un momento creyó que podría prescindir de ello a fuerza de sobrevivir al sueño. Pero no, no debía engañarse de aquel modo: necesitaba saber si existía una solución para el horror de su conocimiento. Eso se hallaba por encima de cualquier prioridad.

Por fortuna, no pasó más de media hora hasta que llegó su turno. Y habló, al principio, con lenta timidez ―no lograba superar la impresión del lugar como un refugio catártico para adictos, y eso la hacía sentir algo torpe―, pero luego fue ganando confianza, a medida que vio extenderse el hilo de su argumentación: la idea de pronto era sólida, clara, casi irrefutable, o al menos eso creía ella, que la exponía con un entusiasmo rayano en el fundamentalismo. Sin embargo, cuando acabó de hablar, sólo halló en los presentes miradas consternadas, miradas de miedo compasivo, como si Celia (¡pobre!) hubiese acudido al lugar equivocado. Una estuvo a punto de mandarla a Psiquiatría, sexto piso, segunda puerta, pero se contuvo; ése no era su trabajo. Las reacciones en general fueron evidentes y Celia sintió que se encogía paulatinamente; lamentaba el énfasis que le había dado a su discurso; se había dejado llevar por una necesidad incontrolable. Maldijo para sí y, por fuera, el rubor la envolvió completa.

El profesional se la quedó mirando unos minutos sin decir nada, cosa que hacía con cada paciente, aunque con Celia se tardó un poco más. Ella supuso que el hombre iría a registrar un nuevo caso de fobias en algún librito o en alguna futura comisión, pero luego de un rato de quietud muda sólo atinó a garabatear algo en su libreta. Celia, con una sensación molesta en el estómago, observó cómo subía y bajaba la birome del licenciado.

—Así que fobia a escribir… —murmuró el profesional, al tiempo que se atusaba una barba larga y enmarañada—. Siempre son interesantes las fobias que atentan contra la creatividad y la expresión, pero eso ya existe, señora. Acá tratamos solo casos especiales, ¿entiende?

Celia, que ahora había adoptado una postura un tanto más retraída, lo miró como pidiéndole que bajara la voz y respondió:

—No, no es “fobia a escribir”. Usted entendió mal —lo miraba y negaba con el dedo índice—. Mi fobia es hacia el escritor —acentuó.

El psicoanalista la observó un momento más, sin dejar de mesarse la barba con un candor casi divino. Cruzó una pierna sobre la otra y respiró hondamente.

—Ajá…

—¿Ajá?
—Sí…, ajá ―El hombre volvió a anotar algo en su cuaderno; luego cerró los ojos y meditó sobre alguna cosa. Celia lo miraba desconcertada. Para ser francos, la mujer esperaba una respuesta más elocuente, pero lo cierto es que no la tuvo. Ni la tendría.

Celia, que a veces se metía ideas extrañas en la cabeza, de pronto deseo no haber dicho lo que dijo. Miró a los lados, incómoda. Acá nadie me va a entender, pensó, estoy en el lugar equivocado… El grupo entero le echaba miradas furtivas cada tanto. La mujer de pronto se decidió y atinó a ponerse de pie para, sin más explicaciones, emprender la retirada de aquella sala de terapia. ¿Por qué motivo el licenciado no decía nada?, ¿acaso era tan descabellado lo que ella proponía? ¿Acaso la historia no fue alumbrada con una mitología idéntica? Se incorporó, pero en el mismo instante una honda punzada le escoció en el cerebro y la obligó a sentarse otra vez. Se sintió confusa. Como un teatro impositivo, su memoria le trajo imágenes de su niñez, flashes involuntarios que hicieron que la ansiedad que sentía ante la propia fobia creciera como un coloso. Recordó aquellos momentos en los cuales había pasado por situaciones tan inverosímiles que le costaba creer que hubieran sido ciertas, no planificadas, como aquella vez en que había caído del puente en las Cataratas del Iguazú y había logrado nadar hasta una orilla, imponiéndose a la bruma de la corriente y al frío, y con tan sólo doce años. O cuando, ya de grande, poco después de haber contraído matrimonio, había sido atacada por aquellos tipos que le habían disparado cinco veces en el cuerpo dejándola con un hilo de vida; odisea de la que había necesitado no más que un par de días de reposo en un hospital para volver al ejercicio de la rutina, ilesa como un dibujo. Eso mismo, como un dibujo.

Ahora Celia, suspicaz, intuía que quizá todo aquello había sucedido para que esto ocurriera, para que el presente narrativo del escritor existiera, porque si no ¿qué sentido tendría su historia, y para quién, si en su vida había conocido a tan poca gente? Sacó cuentas y resolvió que apenas tenía una hermana, un marido difunto y dos hijas de las cuales no recordaba el nombre. Y se desesperó. Con una mueca, mezcla de impotencia y tristeza, se incorporó y tomó al psicoanalista por el cuello de la camisa.

—¡Licenciado, nos está viendo! ¡No recuerdo el nombre de mis hijas, eso no es natural! No está viendo ahora mismo… —sollozó. El psicoanalista, inmutable—. ¡Diga algo, por favor! ¿Acaso acá no ayudan a las personas con sus fobias? Yo necesito que me libre de ése… —Miró hacia arriba, desesperada, e inquirió a una posible entidad superior—: ¡Hacé que diga algo, pedazo de cretino!

—Tranquila, señora Celia… —balbució el licenciado con una sonrisa razonable.

—¿Se da cuenta? Usted habló porque le pedí al Ente que lo hiciera hablar.

—¿Ente?

—Así lo llamo, Ente, y quizá usted no se dé cuenta, pero es lo que está moviendo los hilos en este preciso instante.

—Señora, a ver, no nos desesperemos. Tome asiento y hablemos; no hace falta exaltarse —pidió amablemente. Celia obedeció y se sentó sin quitarle los ojos temerosos de encima.

—Dígame, déme una solución —suplicó.

—Partamos de que usted tiene una mezcla de fobias, cosa en verdad exótica. Advierto, en principio, una estrecha fobia a los escritores, y también al destino, y quizá al mismísimo demiurgo. Verá, no existe algo llamado “fobia a los escritores”, aunque sí fobia a escribir o a leer, y también existe el temor a la divinidad o divinidades y al devenir, pero no a los escritores… Déjeme terminar, por favor. Ya con este escaso panorama podríamos denominar su caso: Zeus (por los dioses y el destino, si le parece acertada la referencia griega), scriptum (o scripto, que es más elegante, por la parte de la escritura y temas afines, ahora en latín) y la adhesión del sufijo taxonómico “fobia”, por el miedo, claro. Nos quedaría Zeuscriptofobia, un nombre elegante, ¿verdad?, con carácter ―Sonrió―. Bien, porque eso mismo es lo que usted está padeciendo, señora. Y parece algo bastante serio.

—No, ustedes no lo entienden… ―pluralizó la mujer.
El profesional iba camino a la exasperación. No tenía ganas de soportar a una chiflada; lo ideal sería mandarla derecho al sexto piso y que la colmasen de pastillas, pero suponía un papelerío que no estaba dispuesto a afrontar.

—Señora Celia, visto y considerando que no me dejará llevar adelante mi sesión con normalidad, le voy a pedir que me acompañe hasta la puerta, si es tan amable. Ya tenemos sus datos en la planilla de ingreso a la Fundación, por lo que la estaríamos llamando en estos días para tratar más adecuadamente su caso… —explicaba el profesional mientras, con un brazo pasado por encima del hombro de la mujer, conducía a la extraña paciente hacia la puerta de salida.

Celia se detuvo.

—¿Qué datos tiene usted de mí?

—Esteeem… Bueno, acá me figura Celia Amanda Manfredini; estado civil: viuda; hijos: dos, no dice los nombres; residencia…

La mujer no terminó de oír lo que el médico tenía para decirle y se acercó en dos zancadas hasta el ventanal que ocupaba la pared lateral de la sala. El grupo, mientras tanto, la miraba estupefacto, como si Celia fuera todo un espectáculo.

—¡¡Canalla!! —exclamó hacia el cielo. Luego tomó aire, volvió la vista al psicoanalista y explicó—: ¿Sabe qué? No tengo segundo nombre, ¡y jamás me registré en ninguna planilla de ingreso! —Miró otra vez a lo alto—: Ésa no te la veías venir, ¿no? Eso te pasa por no ser más que un pobre intento de programador, por no tomar nota de los datos de tus creaciones, tirano solipsista… ¡Pero yo tengo mejor memoria! ¡Sí, señor! —gritó.

Ahora, con el ceño oscurecido, se acercó al centro del semicírculo y, la muy maldita, miró a los presentes, uno a uno, a la cara.

—No son más que personajes. Ni siquiera tienen nombre. Por ejemplo usted, licenciado, dígame su nombre, o cuántos años tiene, o en qué año se recibió, o cómo se constituye su familia. Cualquier cosa.

El profesional hizo un gesto de preocupación. La mujer mousefóbica, que estaba sentada en un extremo de la reunión, se levantó y se escabulló por la puerta de salida.

—¡Conteste! —exigió Celia.

—Cálmese, señora. Mi nombre es…

De pronto, una poderosa alarma proveniente de alguna parte acalló las palabras del hombre. Celia no pudo leer sus labios y se irritó. Comenzó a dolerle fuertemente la cabeza, también

—¡Dígalo de nuevo! —rugió la mujer, tomándose ahora las sienes con ambas manos.

El psicólogo, mostrando una visible molestia, se paró de su asiento y, asombrosamente, en lugar de responder a lo que Celia había preguntado, estalló en carcajadas. Seguido de esto, comenzó a descargar una poderosa serie de cachetazos contra sí mismo. ¡Plas, plas! ¡Plas, plas! ¡Plas, plas! Cada vez con mayor vehemencia, como si detrás de aquel acto hubiese algún oscuro placer. Entonces la gente ―quizá por una exagerada buena predisposición a las conductas terapéuticas―, sin moverse de su sitio, se dispuso a imitar al psicoanalista. ¡Plas, plas! ¡Plas, plas! De pronto todos reían en una histérica sincronía y se autoflagelaban en lo que parecía una ceremonia salvaje. Celia retrocedió con los ojos puestos en ese caos absurdo. Eso no podía estar pasando; rompía el pacto… Desesperada, intentó devolverlos a la realidad; zarandeó a uno y a otro, gritó, los arrojó de la silla, pisoteó sus cuerpos, y al ver que todo intento era inútil, resolvió escapar.
Se dirigió hacia la puerta con el fin de salir de aquella sala de locos. Por desgracia, para su horror, ya no había puerta, sino una blanca pared de textura grumosa en su lugar. ¡Maldito!, vociferó al aire, cargada de odio. Luego miró hacia arriba, hacia el conducto de aire, y se dijo que por allí podría huir, pero de pronto comenzó a salir fuego por el orificio y sus esperanzas quedaron hechas trizas. Ahora, ya casi sin fuerzas, se acercó hasta el amplio ventanal del salón y miró hacia afuera: allí sólo había un barrio acartonado, quieto, con siluetas de gente en posición de avance, pero estáticas. Sabía que, intentara lo que intentase para escapar, sería en vano. Había caído en una trampa definitiva. Las lágrimas ahora bañaban su rostro envejecido por la tristeza y la impotencia de conocer una verdad inconfesable.

—Casi me escapo ―gimió―, como otras veces, pero ya hace tiempo que asumí lo inútil que era fingir mi albedrío… Siempre lográs encerrarnos, poseernos. ¿Existe, acaso, algo más grande que tu doctrina? ¿Un Dios que te produzca también, que sea productor del productor de esta vida inventada y pobre? —inquirió, y luego su voz se eclipsó—. Tarde o temprano, uno de nosotros va a encontrar la forma y te va a hacer pagar el suplicio de esta mecanicidad… Tarde o temprano, Ente—sentenció.

La mujer, mascullando insultos, deambuló por el salón y realizó dos vagos esfuerzos más por salir de allí. Los locos no dejaban de reír; sus voces se aproximaban a la agudeza metálica. El lugar parecía ahora más pequeño y claustrofóbico.

Ahí estaba la pobre Celia, cuestionándolo todo de manera tan inapropiada, lamentando su vida de páginas, su corazón de tinta, de rodillas en un cuarto que se oscurecía precipitadamente y se cerraba, mirando ahora al blanco firmamento por el ventanal del Grupo de Fobias No Documentadas de Montecarlo, oteando entre las nubes altas del cielo, como buscándome.

 

*Daniel Flores es escritor y tiene publicado el libro Bajo un cielo carmesí. Pueden visitar su blog:  http://verbaetumbra.blogspot.com

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