Escrito en el blog

11/05/2012

La constante del amor furtivo

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 14:08

*Por Daniel Flores

Malditas despedidas, me están volviendo viejo,

Andrés Calamaro

La soñé sólo tres veces, y a pesar de ello sé que podría retratarla o hacer de esa mujer una escultura fidelísima, si acaso la vigilia me lo permitiera. Todo lo que sé de ella, lo sé cuando la sueño. No cabe en mí (y aunque lo intenté a fuerza de grandes angustias) pensar que no significa nada, que no es más que el producto de una proyección mecánica de sueños aleatorios y desvinculados entre sí.

Uno suele oír eso de la mujer de mis sueños, es un tópico habitual de las cursilerías, pero lo cierto es que ningún hombre tiene a la mujer de sus sueños. Sencillamente, porque no se puede, es inaccesible desde este lado. Puede uno llegar a verla, pero nunca será suya.

A la mía la conocí en la parada de un autobús rural. Había una ruta de tierra, difusa, y un campo magro hacia el fondo. Yo viajaba parado entre un montón de siluetas. Distinguía a lo lejos, en un ángulo imposible, la gorra del conductor. También, por momentos, podía ver el colectivo desde arriba, como una cámara aérea. Caía el crepúsculo o amanecía, no lo sé. Podía verse un cielo intenso color durazno y pocas nubes. De pronto ahí viene ella, está quieta en una parada de ómnibus pequeña y sin techo; ahí viene a medida que me acerco con el colectivo. Va agrandándose. Sonríe y me nombra sin voz. Atraviesa con su mirada a todas las siluetas que viajan y me encuentra. Pego una mano a la ventanilla como en una película y la veo pasar como una ráfaga con el paisaje. Luego despierto y la olvido rápidamente.

Así fue como nos conocimos.

La trae a mi memoria otro sueño, dos años después. Es en una playa abotargada de objetos estacados en la arena. El mismo cielo color durazno. No hay viento pero a ella le flamea el cabello rojizo como una bandera. La veo a través de un médano con forma de burbuja del que no logro encontrar la salida; pego brazadas inútiles contra las ramas, pero son tan inflexibles. Llega un momento en que me resigno y me conformo con observarla. Mira al mar; sé que el agua es cálida. El olor a sal me invade completo. Luego ella gira la cabeza hacia a mí y veo algunas lágrimas que le anegan los ojos. Sonríe. Su belleza me conmueve. Vuelve a girar la cabeza y veo que se pasa una mano por el rostro y niega. Luego se va sin mirar atrás. Corro dentro del médano hasta donde la distancia me permite observarla. Pero se pierde y despierto en mi cama. Pasan unos segundos y me parece percibir aún el olor a sal y a savia dentro de mi habitación, como si el sueño no se resignase a acabar.

Hacia ese mismo mediodía, la angustia es agorera y tenaz: temo que pasen dos años más hasta que vuelva a soñarla. Resuelvo entonces que haré mi mayor esfuerzo por copiar sus rasgos en mi memoria y fabricarla en el sueño hasta que logre acercarme a ella o hasta que pase algo que eche luz sobre el enigma.

Vuelvo a encontrarme con la mujer de pelo rojo cuatro años después. (Debo aclarar que esto empezó cuando yo contaba con tan solo diecinueve años, de modo que, cuando la soñé por cuarta vez, ya había cumplido los veinticinco). Esta vez fue en una feria de estilo americano, y fue el sueño más difícil de todos. Yo era libre y podía moverme por todo el predio, entre los puestos de algodón de azúcar y los desafíos por monedas de cincuenta centavos. Se oía un murmullo creciente. La feria estaba plagada de siluetas que iban y venían. Me era imposible encontrar a la mujer entre tanta gente; sabía que ella estaba allí, pero la complejidad del escenario me dificultaba la tarea. Intente preguntar por ella en dos oportunidades y a cambio no recibí más que un borboteo de letras inútiles de parte de aquella gente inverosímil. Ellos no sabían nada de nuestro amor; estaban impuestos por otras memorias que acaso no eran mías.

Recorrí el enorme parque una y otra vez, de un extremo a otro, hasta que me fue revelada en lo alto de una Noria. El juego estaba quieto, y ella arriba, con los pies suspendidos, meciéndose suavemente en una hamaca de madera. Miraba hacia abajo. Por la ventaja panorámica, intuí que ella me había encontrado primero. Le hice señas para que bajara. Hizo un gesto de imposibilidad y corrí hasta donde estaba el operador de la máquina. Era un hombre alto y de facciones borrosas. No sé qué me dijo, pero me echó de allí. La fuerza magnética del sueño no me permitía realizan ninguna jugada. Me conformé con el beso que me tiró la mujer y con el aroma a pochoclos con que desperté más tarde. Esta vez, mi remera había conservado el olor del ambiente onírico.

Pasó el tiempo (ocho años) y viví muchas cosas, me enamoré un par de veces en el mundo cotidiano y me desenamoré con dolor también. De este lado, el amor siempre se cubre su mitad deforme y termina por derrumbarse por su propio peso, siempre hay algo que se nos dirá al final, en el momento menos oportuno, y acabará con todo.

Técnicamente, ahora que ya pasó el doble de años desde la última vez que soñé con mi mujer, debería aparecer pronto, una de estas noches. Es posible (es lo más probable) que no pueda alcanzarla; pero quizá esta vez ella me conceda una caricia, un nombre, otros aromas, una pista más clara…

El siguiente sueño lo tendré a los cuarenta y nueve; el otro, el último, a los ochenta y dos, si es que sigue cumpliéndose la regla de la duplicación de intervalos: 2, 4, 8, 16, 32. Quizá, en el transcurso de ese tiempo, forme una familia de este lado y aprenda a querer también. Incluso es posible que crea en el amor eterno desde la finitud del mundo por una mujer que aún no conozco y acabe avergonzándome de mis quimeras. Pero siempre la esperaré a ella, a la otra, porque algo me dice que habrá una revelación al final. Es posible que la vida acabe en el preciso instante en que nuestras bocas por fin se junten y ya no necesite sufrir más esta desproporción fantástica, este andar por los sueños persiguiendo arcanos, que es como sacarle las monedas a los muertos para mirar en el fondo de sus ojos y pretender encontrar allí, en esa laguna quieta de iris y de sangre, respuestas a todo lo real y lo irreal; así de inútil, tan inútil es este generar un inconciente caprichoso donde el amor es cierto y completo, donde presumo ocultas las razones fundamentales en la boca de una mujer, que al fin y al cabo no es más que el espejismo explicativo para todo lo que ignoro del amor y de los sueños.

*Daniel Flores es escritor y tiene publicado el libro Bajo un cielo carmesí. Pueden visitar su blog:  http://verbaetumbra.blogspot.com

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: