Escrito en el blog

19/07/2011

En el patio de atrás

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 16:06
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*Por Juan Pablo Doncel

En un patio a la intemperie perdíamos la noción del tiempo, y quizás también del espacio. Observamos las nubes mecerse encerradas en su triste acongojo y a la luna, temblorosa, asomarse entre la necedad nocturna. Mi amigo fumaba un cigarrillo, exhalaba largas columnas de humo, que fugazmente se desvanecían por la voracidad del viento. La segunda botella de vino se vaciaba, mientras su predecesora tragaba cenizas desde hacía algunas horas.

Reconozco no ser distinguido entre la multitud por la formalidad o el carisma, dos valores que me fueron arrebatados,  y por ello, muy pocas veces me asombré de tal desmejoramiento humano, en tan sólo cuestión de un par de horas.

Cuando me di cuenta, el humo se desvanecía más lentamente; se podían ver las raras formas que emergían de su boca. Sus pulmones parecían un experimento de Roschach, pues escapaban sombras de lo más extrañas. Sombras que intentaban advertirme, o, simplemente, buscaban burlarse de la razón. Mi amigo, quien, mientras me enterraba en mis pensamientos, miraba perdidamente el cielo, abruptamente, me arrinconó con su mirada. Y vi su cara, o por lo menos eso creía estar viendo. Abominable, un despropósito, más que una lástima. Su rostro, o lo que quedaba de él, se veía como si hubiese envejecido 10 años, quizás nuestro encuentro pudo haber durado eso, pero nunca lo supe. Sus ojos se habían sumido en la más triste oscuridad, sus pómulos estaban hinchados y su boca, poco a poco, fue mutando en una mueca difícil de olvidar.

Sin haber dicho una palabra durante unos cuantos minutos, acomodó su boca con un esfuerzo escalofriante, se refregó los ojos y me preguntó si alguna vez había pensado en no existir, en abandonar, en el suicidio.

No digo que mi amigo hubiera sido el único hechizado por un volátil estado, recordemos que los dos ocupábamos el patio y nunca fui capaz de despreciar la buena bebida, en ocasiones, tampoco la mala. A veces, me pregunto si mi amigo, el cual nunca volví a ver, podría haber sido un mero reflejo; en algún punto podría nunca haber visto su cara, sino sus ojos vidriosos y ver esa expresión moribunda en la mía. Pero sin demorar más, con amargura y con total simpleza, le respondí que varias veces se había apoderado de mí la idea, y que tantas veces había llevado a cabo el acto, que no me provocaba mayor temor o remordimiento volver a hacerlo. Trágicamente, le conté que el sentimiento de la primera vez había quedado oculto entre la pila de repeticiones inmemorables. Entonces, rompió su silencio junto con la primera botella. La alzó bruscamente y la estrelló contra la pared. Vidrios y cenizas se esparcieron a su alrededor, sin tocarme alguna, siquiera una astilla.

–¡No juegues conmigo!, ¡Borracho estúpido! –me gritó mientras se iba caminando chueco, con la pierna dormida.

Si sólo se hubiera detenido a mirarme, hubiese visto mi cadáver en cada grieta de mi cuerpo y mis pupilas dilatadas, por cada vez que las luces se apagaron. Si tan sólo se hubiese detenido a escuchar un instante, se hubiera dado cuenta de que mi corazón acostumbra a emitir rasguños, en vez de latidos.

Algunas veces es peligroso sincerarse.

Al fin y al cabo comprendí que fue mejor que se marchara y no escuchara lo que tenía para decir, estoy seguro de que todavía no se atrevió a hacerlo ni una sola vez; de otro modo, él estaría relatando esta historia.

*Juan Pablo Doncel es corrector de textos y escritor.

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08/07/2011

Un día en el Jardín

Filed under: Cuentos — Stella Maris Roque @ 21:26
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                                                                                                                                                                                                      Por Paola Chiarle*

 

Cuenta la leyenda que un joven dejó el cuerpo y sólo quedó, como un recuerdo escurridizo, su ropa contrastando con los colores del verde Jardín. La Amada quedó estupefacta, llorando su ausencia. Un viento fuerte hizo que las lágrimas de sus ojos escaparan para vaya a saber qué otro destino, como si así pudiera seguirlo a él. Ella viviría más años hasta casi llegar a los 90. Su cuerpo se entumecería con el paso del tiempo, pero su mente retrocedería siempre hacia aquel momento, hacia aquel lugar. Ya luego de mucho tiempo, ella solo repetiría esa palabra… Se despertó en medio de la noche, o al menos eso creía. Creía que estaba en un lugar de otro tiempo, en una especie de Jardín Japonés. El inmenso paisaje estaba lleno de jazmines y crisantemos, rotundamente amarillos. De repente, un reflejo de luz atravesó todas las nubes del cielo e iluminó su cara. Ahí, en ese instante eterno, el joven se encontró con su Amada y le dijo:

─En poco tiempo me vienen a buscar.

 ─¿Quién? ─Yo mismo.

─Y ¿qué pasará con nosotros?

 ─¿Nosotros? Somos lo que somos y, como no tendremos nombre, tendremos que encontrar la manera de reconocernos en otros cuerpos, en otros tiempos y en otras vidas. Sé que reencarnaré en otro cuerpo, no sé si en la virilidad de un hombre o en la hermosa esencia de una mujer. Sé que traspasaré el umbral del tiempo y me hallaré en otro siglo o estado del espacio. Sé que te encontraré o, al menos, sólo podré partir sabiendo que nos volveremos a ver.

La Amada lloraba y sentía, por primera vez, que la pérdida era irremediable e irreversible. Él tan sólo por dentro rogaba: “Ojalá que algo cambie, para no tener que cambiar jamás”, y así podría quedarse en esa vida. Un viento se hizo notar, y pétalos de flores rojas empezaron a flotar en el aire.

─Rápido ─dijo él─, necesitamos “la palabra” para que cuando nos encontremos, al pronunciarla, nuestras almas se reconozcan. Pero la torpeza del pensamiento no dejaba salir palabra alguna en la mente de ella. Y la luz, que del cielo parpadeaba, comenzaba a desvanecerse. Él la miró conscientemente, mientras pensaba: “Si pudiera detener el tiempo, simplemente me quedaría con la belleza de tu sonrisa, que es más mágica que cualquier árbol de todo este frondoso Jardín”. Como era de esperar, naturalmente, el tiempo siguió.

 ─¿Cómo nos reconoceremos? ¿Cuál es la palabra? ─insistió ella.

Velozmente, como si pasara una a una las letras de un gran diccionario, palabras y más palabras se amontonaron en la mente de él, hasta que una quedó perpetua en el pensamiento y se hizo acción.

─En otros cuerpos y en otras vidas nos volvernos a ver, para terminar lo que hemos empezado. Entonces por última vez, el joven se acercó a su amada y le dijo al oído esa palabra que ella tanto esperaría volver a oír.

*Paola Chiarle es publicista, diseñadora de carteras con luz, correctora literaria y escritora.

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