Escrito en el blog

21/05/2010

Descripción de la visita a la casa de mi abuela

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 18:35

Por Stella Maris Roque

    La luz del living está encendida. El camino que me conduce a la entrada, iluminado por las luces que provienen de la calle. Los perros ladran, solitarios, y desde el roble prorrumpen algunos sonidos: las ramas se agitan y de ellas salen pájaros grises que vuelan en la misma dirección. Vuelan cada vez más arriba hasta que se pierden en la oscuridad del cielo estrellado. Las hojas del roble permanecen en movimiento; algunas caen, rozan el pasto, lo acarician hasta que se quedan quietas, inmóviles.

    Entro con la llave que abrió esta puerta durante veinte años. La luz del living sigue encendida. Las persianas no están del todo bajas. No hay ningún signo de vida más que los cuatro perros que me siguen desde que llegué. Enseguida que entro escucho como un murmullo, imagino que una voz quiere salir de las paredes, pero no puede, y entonces sólo sigo escuchando un murmullo hueco. Voy hacia el que era mi dormitorio. Sólo hay  una cama con un colchón, el armario y una mesa de madera antigua. Sobre la mesa, una lupa y varios negativos. ¿Quién estará en esos negativos? Acerco la lupa, las personas que están en esa playa no son parte de mi familia. Tampoco lo es un señor panzón con bigotes que se mira en el espejo de un baño. A esta casa la habitan otras sombras, pienso, sombras que son parte de una vida que desconozco. Me siento sobre el colchón húmedo y miro hacia el armario. En ese lugar, mamá guardaba cartas que nunca llegaron al destinatario, fotos en las que ella no estaba y ropa hecha a mano, que se llevaron.

    Salgo del dormitorio y voy hacia el cuarto de mi abuela. Intento abrir la puerta, está cerrada. Vuelvo hacia el living y en el trayecto paso por uno de los espejos que está en la entrada. Me miro de reojo, pensar que vio pasar tanta gente… creo que guarda un secreto y es por ese motivo que no me animo a mirar de frente, por miedo a que me lo revele. Paso rápido por delante del espejo y tengo la sensación de que alguien me sigue.

    Llego al living. Está vacío, salvo por dos cosas: el sillón negro y la biblioteca. A veces el silencio es ruido, pienso. La biblioteca tiene dos puertas, las abro y busco los libros que me quiero llevar: Las mil y una noches, Hamlet y todos los tomos de la enciclopedia que mi abuela compró por encargo. El primero que elijo es Hamlet y antes de guardarlo me fijo si tiene algo dentro; mi abuela solía esconder, entre las hojas, trucos de recetas para que nadie supiera cómo le salían tan ricos los dulces caseros. Agito las hojas del libro. Cae un papel arrugado que dice: “Para mi amor”. Intento no leerlo, pero mis pupilas se detienen en otra frase que dice: “Te esperé durante horas y no viniste”. Intento pensar si esa carta habrá sido de algún amor de mi abuela. Le gustaba guardar cuanto papel hubiera a su alcance. Decido dejarlo en la biblioteca. Me siento en el sillón negro. La mesa ratona de mármol que antes había ya no está. Tenía como adorno un candelabro de plata, que también se lo llevaron. El sillón me resulta incómodo.

    Me levanto y voy al comedor. Las sillas son las mismas que antes, sólo que ahora están rotas y agujereadas. La estufa ya no está; hay un hueco. Miro hacia el techo, telas de araña y la misma lámpara de plata que mi abuela solía lustrar una vez por semana. Creo escuchar pasos, es como si de pronto tuviera la sensación de que ella va a entrar por la puerta del comedor, me va a mirar y me va a decir que soy la más linda de todas las nenas del mundo. La imagino con su poncho, sus alpargatas y sus pelos despeinados, arrastrando los pies. Imagino que una vez más me va a enseñar a hacer manteca, me va a cocinar los fideos tirabuzón con salsa, los buñuelos y los panqueques con dulce de leche. Quisiera que estuviera acá, que fuera realidad todo lo que imagino, pero no va a volver.

     De pronto se me ocurre que si encuentro la llave del cuarto de mi abuela puedo dormir ahí, por esta noche. Es tarde para volver a casa, tendría que recorrer como cincuenta kilómetros. Busco el portallaves, ahí tiene que estar. Cuando lo encuentro voy hacia el cuarto de mi abuela. Introduzco la primera llave. La segunda. La tercera. La cuarta. Y cuando meto la quinta y la muevo, la cerradura cede hasta el final. Entro al cuarto de mi abuela. Huele a naftalina. La cama está desnuda. Ni siquiera tiene el colchón donde dormía ella. Los resortes están a la vista. El espejo me encuentra. Miro en dirección a este, puedo verme cuando era chica. Llegaba a la puerta de este cuarto y mi abuela no me dejaba entrar si no era con los patines especialmente hechos para los pisos encerados. Me gustaba entrar a su cuarto y saltar sobre la cama. Y a ella también le gustaba porque se ponía a cantar.

    El ladrido de un perro me trae de nuevo al presente y de pronto tengo ganas de saltar en el colchón. Voy a buscar el colchón al que era mi dormitorio. Después de arrastrarlo y de hacer fuerza consigo ponerlo sobre los resortes. Luego me paro sobre este y salto un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, y miles de veces. Los pelos se me despeinan, el pulso se agita, estornudo sin parar. Mientras salto muevo los brazos y canto a los gritos la parte de una canción que ella solía recitar en los momentos de los saltos: “Iba una chiquita por la calle, iba caminando con soltura, todos se paraban a mirarla…chiquita que linda sos, chiquita de pimienta, qué pimienta tiene al caminar”.

—¿Vos sos la chiquita de pimienta? —solía preguntarme cuando dejaba de saltar.

—Sí, soy yo.

Le decía que sí para que ella se pusiera contenta, y enseguida me lo volvía a preguntar. No entendía por qué era tan reiterativa, hasta que supe que estaba enferma. En el último salto me detengo y dejo que todo mi cuerpo caiga sobre el colchón. Caigo como peso muerto y me río a las carcajadas. Poco a poco me voy tranquilizando hasta que cierro los ojos. Imagino que mi abuela está conmigo, que está al costado de la cama, acariciándome los pies. Quiero creer que me frota los pies para que se me vaya el frío. Me figuro que está ahí, que la puedo ver por última vez para decirle lo que ella decía: “Será hasta siempre, mi chiquita…” Tengo los pies helados. Me levanto para buscar una frazada en el armario. Lo abro y encuentro la ropa de ella, ¿por qué no se la llevaron también? Me pongo un pulóver azul y uno de esos ponchos de lana que tanto le gustaban.

    Vuelvo al colchón gris y ahora entrecierro los ojos, las lágrimas me resbalan por la cara. Me pongo en posición fetal. Imagino que estoy acurrucada debajo de muchas frazadas, me seco las lágrimas, pero siguen saliendo. Tengo mucho frío. Cierro los ojos e intento dormir, pero no puedo, el frío en los pies siempre resulta insoportable. De pronto escucho un ruido como de una puerta que se abre, miro hacia la puerta del cuarto y creo ver a mi abuela con sus pantuflas y con su poncho con olor a jazmín entrando a la habitación. Se sienta en su cama, me acaricia los pies…Dejo de llorar para sonreír y me acurruco en el poncho que me puse. Me quedo quieta, inmóvil. Poco a poco recupero el calor de mis pies, la alegría de haber saltado en la cama y el recuerdo entrañable de cuánto me amó, y recién entonces me entrego al sueño.

20/05/2010

La unidad en el tiempo

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 15:37

Por Magalí Dapas

    Mientras afuera cae la llovizna de un día gris de otoño, dentro de la sala yacen las dos mujeres. El cuarto a media luz, por la caída del sol, hace casi imperceptibles sus rostros.  Una contempla el lagrimeo del cielo a través de la ventana; la otra cuelga de la pared en un cuadro insignificante con un vidrio rajado que simula protegerla.

     La espectadora de la tristeza exterior posee ojos engrandecidos por los anteojos que lleva puestos. Este instrumento, que le ha sido tan útil en los últimos tiempos, no estropea su serena mirada poseedora de un tono azulado reflejado en el cristal de la ventana. Asoman en su nuca unos pocos cabellos blancos neutralizados por el paso de los años. Surcan su tez, al igual que en sus manos, ríos áridos con infinitos afluentes, hoy secos; pero alguna vez caudalosos. Sus arrugas profundas y tenues parecen reflejar experiencias de su vida: derrotas y victorias que, al fin y al cabo, no fueron otra cosa que una unidad de aprendizaje. Y su cuerpo frágil exhibe una leve joroba; mientras que sus manos, los huesos abultados. Su semblante parece débil, cansado, abatido por el extenso camino que le cedió la vida. En cambio, la otra mujer inmortalizada en la pared se distingue por sus ojos negros y brillantes, rebosantes de firmeza, dispuestos para cualquier travesía. Se acuestan en sus hombros rizos sedosos de un matiz rojizo, y su rostro es sumamente delicado, sin ninguna impureza. Además, su cuerpo se muestra armónico y esbelto. Solamente su presencia en aquel retrato lo colma de belleza, solemnidad y valentía, pese a su marco rústico. Y allí caben las dos: opuestas y enfrentadas ante la diferencia de los años que vivieron; una joven, la otra anciana. La primera rebalsada de vida; la otra a un paso de la muerte.

    De repente, cesa la lluvia y el sol aparece para iluminar la confusión. La mujer que meditaba en la ventana sonríe y sus ojos parecen encenderse al igual que el día. Su mirada… Su sonrisa… Todo aquello que el cuadro no revelaba… Eso… Aquello que la cámara fotográfica no había podido captar… No había más que un alma en el cuarto… Sólo una anciana rememoraba aquella juventud lejana que permanecía estampada en la pared de la sala.

Desde la cuna

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 15:07

Por Alejandro Logatt Grabner

      Si les digo que nací, sería casi una obviedad, porque de no haber sido así, estas palabras no hubieran sido escritas. De este modo, me voy a limitar a informar que mi presencia en este mundo se gestó allá por septiembre de 1980, aunque recién vi la luz de Buenos Aires el 11 de mayo de 1981. La salida del vientre de mi madre no fue todo lo sencilla que me hubiera gustado; de hecho considero que ya desde retoño fui un ser lo bastante inquieto como para urdir un plan que me permitiera dar vueltas dentro del útero de mi mamá y, de este modo, generar una secesión de vueltas de cordón umbilical alrededor de mi cuello. El resultado de la incipiente travesura desencadenó en una cesárea salvadora y liberadora.

     Imagino que cuando se decidió por este procedimiento, el médico se habrá puesto sus lindos guantes de goma para luego cortar la panza de mi mamá y también para dejarle una cicatriz que aún hoy mantiene la impronta del aquel momento. Lo concreto es que después de todo ese suceso recité mi primer llanto para quienes estaban presentes en la sala. Las personas que aquel día se habían apropincuado hasta el Hospital Israelita fueron: mi papá Carlos, mis abuelas (Celia y Nélida) y mi tío Claudio; además de mi mamá —claro está—, ya que sin ella todo lo mencionado anteriormente hubiera sido muy difícil que sucediera. Todos ellos fueron los primeros en verme y en regalarme un muñeco que ya marcó un precedente para mi vida: Beto, quien estaba adornado con una camiseta de River.

     Quizás este último recuerdo les haga pensar que “soy un hincha de River desde cuna” —como reza el dicho popular—, pero lo cierto es que la historia se empeñó en marcar otro camino. Efectivamente,  en principio, —según me contaron— fui de Boca, y así transcurrí mis dos primeros años. No obstante, luego de haber desafiado los designios plateados por el rústico peluche, mi postura se revirtió y actualmente soy un riverplatense de pura cepa, gracias a la injerencia de mi papá, quien sí ostentaba el gusto de ser hincha del equipo adornado por el manto sagrado.

    Mis primeros pasos los di en el barrio de La Paternal, lugar en el cual  vivían mis padres. En aquel tiempo, teníamos — a pesar de mi corta edad considero que desde entonces puedo marcar mi terreno dentro del mundo de las propiedades materiales— un departamento sobre la calle Donato Álvarez; allí transité los primeros días de vida. Era un hogar pequeño, aunque cálido. Tenía dos habitaciones módicas, un pequeño living, una cocina, un balcón y un baño que a la postre sirvió como lugar de castigo. Este claustro me albergaría después de algunas de mis más grandes travesuras, tales como prender fuego juguetes, tirar piezas de ajedrez por el inodoro o —la peor de todas— dibujar sobre las paredes después de que el día anterior mi viejo se la pasara pintándolas.

   No recuerdo demasiado, pero las fotos y las voces de los demás marcan que en nuestra humilde morada sólo tomé la teta una vez porque mi mamá al comienzo no tenía leche y, para cuando la tuvo, yo ya estaba muy cómodo y habituado a una mamadera plástica. Habituarme a vivir en la Capital Federal me llevó algunos meses, pero para el momento en el que ya casi se podía decir que estaba acostumbrado y era un porteño más, tuve que viajar hasta Entre Ríos. En las tierras del Paraná conocí al Superman de la Argentina: un hombre grandote, pelado y de unos 60 años de edad.  Se llamaba Helmut y era mi abuelo; él trabajaba como carpintero y tenía un taller en las afueras de la provincia. Había nacido en Alemania en 1921 y fue perseguido por los nazis; creo que de esto se desprendía su aura casi de superhéroe. Siempre me contaba historias en las cuales había tenido que escapar de algún refugio, dormir entre cadáveres o comer un pan con su espalda pegada a la pared para no ser golpeado por sus hostiles compañeros. Mi breve excursión para Paraná duró algunos meses, hasta que mis padres lograron un poco de estabilidad económica y volvimos al concreto de la capital: nuevamente al departamento de Donato Álvarez.

18/05/2010

Diario de una rosa

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 17:12

Por Magalí Dapas

13 de marzo

Antes sólo era un capullo. Hoy, al fin, pude abrir mis pétalos a la vida. Junto a las demás flores, arbustos y árboles, desplegué con amor y voluntad mi belleza en el jardín que habito. Con esta transformación, descubrí que soy necesaria al igual que todos en la tierra, que cada uno, de forma diferente, impregna su esencia en esta vida, y así creamos la naturaleza perfecta que nos rodea.

15 de marzo

Hoy disfruté de un atardecer inolvidable. Mientras el sol entibiaba el ambiente con sus últimos rayos, absorbimos en nuestro interior la purificación del riego de la tarde, ¡qué invasión tan revitalizante! El cielo trazaba sutiles pinceladas de tonos rojos y violetas y, simultáneamente, caía la luz del sol anaranjada. La brisa ya templada de marzo nos envolvió de presagios que auguraban felicidad, y transportaba en ella la fragancia exquisita que habían elaborado el pasto y los jazmines. De pronto, los pájaros acercaron su música y, entre sus cantos, se mezclaba el sonido de la caída del agua de la fuente. Las hojas del ombú bailaban al compás de la melodía. Durante la fiesta que nos regalaba el crepúsculo, una mariposa delicadamente tallada se posó en mí; hubiera querido preguntarle quién le había grabado aquel diseño, pero quedé estupefacta ante su presencia y, como era una viajera errante, que sólo venía a plasmar en ese instante su belleza, voló en busca de su libertad ya conquistada. Por la noche, el paisaje fantástico que nos rodeaba no concluyó: las estrellas en el firmamento se encargaron de exhibir otra escena única. Y sentí, por primera vez, el rocío sobre mis pétalos.

 17 de marzo

Hoy, por la mañana, me extrajeron de mi tierra. Habito ahora en un florero sobre una mesa inmensa y vacía. Ya comienza a oscurecer y sólo veo sombras a mi alrededor. Extraño la luz solar, el cantar de los pájaros, la fragancia dulce que me rodeaba, la brisa acariciándome… En este momento todo es tristeza, silencio, oscuridad, soledad… ¡Daría cualquier cosa por regresar al jardín! No puedo expandir mis pétalos, ya que no siento la libertad. Dos cuchillas filosas e impotentes cortaron todos mis sueños al sacarme de la tierra. Estoy atrapada, encerrada, censurada a cualquier reclamo; quisiera gritar que el agua está helada, que me moja superficialmente, ya no ingresa en mi interior como antes en mis raíces. Vi por la ventana que da al jardín que también faltan algunos jazmines, ¿estarán también en un florero como yo?

21 de marzo

Mis pétalos comenzaron a caer… Siento mi interior seco, me estoy muriendo… Hoy, por última vez, luego de que me dejaran tirada al borde de un escritorio, fui acariciada por la luz del sol. Por una pequeña ventana, entraba un destello ceñido que fue el hálito de esperanza para que yo escribiera ya sin fuerzas. Moriré aplastada entre las páginas de un libro, me encerrarán en una biblioteca oscura. No sabía cuál era la finalidad de conservar mi cuerpo, ya que no tendré jamás la belleza que tuve alguna vez. Mis pétalos no volverán a ser de un rojo radiante, sino que, al igual que ahora, quedaré eternamente con un tono pálido, corroído por el paso del tiempo… Pero luego de reflexionar, descubrí que, es verdad, ya no soy la misma, mi juventud se ha escapado y ya nunca regresará atrás; sin embargo, hay algo que sigue intacto, aquello que cambió paulatinamente guiándose hacia la perfección… Había muchas rosas en el jardín, parecidas a mí, iguales a mí, pero por dentro, en las raíces, corría la esencia distinta de cada una. Así, a pesar de que esté marchita, perpetuarán mi existencia en la tierra, porque aunque el tiempo pase, sigo teniendo la belleza que me hizo y me hace también hoy única: mi interior…

Diario de una pelota

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 17:06

Por Alejandro Logatt Grabner

Martes 23/3/2010

            ¡Ya es martes! No puedo contener la emoción después de haber estado tan cerca de concretar mi sueño tan anhelado. ¡Maldita la lluvia que el domingo postergó el sueño de toda mi vida! Yo me imaginaba acariciada por los golosos jugadores y también por el pasto. Ya tenía la música de la hinchada sobre mi cuero forrado de plástico y lo papelitos cayendo a mansalva sobre el verde paño. 

            ¡Cuánta felicidad! Es difícil describir las vibraciones que se perciben cuando una se encuentra en lugar en el cual –sin que muchos siquiera lo consideren– se es el personaje principal, un encuentro en el que todos los presentes sueñan con mi presencia dentro de un arco para un posterior alarido de alborozo.

            Sólo faltan dos días y no sé cómo distraerme. Hablo con mis compañeras de utilería para ver cómo están y noto en ellas la misma ansiedad que tengo yo. Sin embargo, hay una –siempre es Claudia– a quien veo algo pinchada, deprimida. El domingo estaba entusiasmada, pero la suspensión le sentó mal. Ella se había preparado para ser participe de una gran fiesta popular, y termino húmeda y despreciada, anegada al costado del arco de la calle Brandsen.

            Yo le intentó hablar; le digo que esta oportunidad es única. Inclusive le grito: “¡Inflate, no seas gila!”, pero sigue ahí, solitaria, mientras nosotras no podemos más con los nervios.

            Ya falta menos, sólo cuarenta y ocho  horas nos separan de la alegría de volver al campo de juego;  poco tiempo para acaparar la atención nacional.

Miércoles 24/3/2010

No pude pegar un ojo. Escuché a cientos de dirigentes en distintas charlas. ¡La presión que sienten! Yo me río porque ellos sólo reflexionan y concluyen que la última palabra es de los jugadores. ¡Pero minga! Las que decidimos somos nosotras. Si yo quiero, cuando Riquelme decida pegarle a un tiro libre, me voy al carajo, cinco metros arriba del travesaño y me río. Me mato de risa de las caras la gente, de sus plegarias y de sus ruegos. ¡Acá no hay santo que valga, viejo!

            Me desternillo si puedo vislumbrar a los directores técnicos gritando indicaciones que no sirven para nada, porque si no tengo ganas, ellos se quedan sin laburo. No es que quiera ser mala, pero para darle alegría a un grupo de gente, me tienen que caer bien.          Ya me ha pasado. Una vez hubo un jugador que salió a la cancha y me escupió. ¡Me escupió! Ya desde momento se la tuve jurada durante todo el partido; sólo tenía que esperar mi chance. Y esta llegó a los treinta y cinco minutos del segundo tiempo, cuando el juez sancionó un penal. “¡Es la mía y acá la paga!” –me dije–. Me acomodó. Detrás de él había como cincuenta mil personas envalentonadas, borrachas, violáceas de la furia.

            El tipo corrió y cuando llegó hasta el lugar donde yo estaba, me corrí unos centímetros y me perdí en el banderín del corner. ¡Cómo me reí! ¡Cómo lo putearon!

            Espero que mañana ninguno se me haga el loco, porque lo garco. Yo con eso no tengo dramas. Y si es de Boca, mejor. No me caen esos de azul y amarillo.   

Jueves 25/3/10

            Hoy es el día; ya quiero salir y divertirme; oír los gritos, ver el sol, los colores y a la gente. Ya siento las vibraciones del público detrás de las alambradas y los vidrios.

            Recién me asomé por la reja y vi llegar el micro con los jugadores de River. Pude pispar al muñeco Gallardo escuchando música; lo juzgué confiado. Seguro que si hay un tiro libre, voy, me le pego a su pie y después me clavo en un ángulo.

            Tengo ganas de ver goles y pasar a saludar a la red. Quiero apreciar a ese grupito de hinchas rojos y blancos con la felicidad en sus rostros, y de pasó [ABSC1] visto a Elda –la red–porque ella se aburré. La verdad, no entiendo cómo aguanté estar colgada ocho, nueve, diez horas. ¡Qué aburrimiento!

             Nosotras por los menos nos divertimos, corremos, tomamos decisiones, pero ellas, mutis por el foro. Cero al as. ¡Ah!           Ahora me acuerdo de una que se hizo la viva y cuando un tipo pateó al arco, se corrió y pareció que la pelota se había ido afuera. ¡Qué rebelde!

            De todos modos, no creo que en un clásico alguna se mande una payasada de ésas. ¿Con tanta gente mirando? Sería una locura; la desterrarían y seguro terminaría por alguna cancha del ascenso, o peor, en el regional, destrozada por el viento.

            Bueno, querido diario, te dejo. Ya vienen los alcanza pelotas; me voy para la cancha, quiero trabajar un poco y sacudirme toda la modorra acumulada desde el domingo pasado. Hoy hago ganar a los de blanco y rojo, porque a los de azul y amarillo ya les di muchas alegrías.

15/05/2010

Caen tristes las hojas de los árboles

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 0:54

Por Noemí Oglobin

Caen tristes las hojas de los árboles.

Lluvias que no cesan.

Calles solitarias. Plazas vacías.

Todo permanece en colores apagados: se asoma por el cielo gris una luz tenue de algún rayo de sol perdido; hojas de diferentes matices alfombran las veredas.

Ningún movimiento.

Tranquilidad.

Silencio.

Reflejo de una tarde de abril.

Fragmentos de un diario íntimo

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 0:51

Por Noemí Oglobín

Día 14

24 de enero de 2010

Hoy fue un día agotador, como todos los demás desde el comienzo del verano. Recién terminó la última función de este domingo que en una hora se va. Estoy cansado del encierro, de que la gente me mire únicamente como un bello y simpático animal, sin reparar en la tristeza de mis ojos. Qué ignorante es el Hombre, ¿o acaso cree que para un tigre es gratificante estar en cautiverio desde hace nueve años y dedicar su vida a los espectáculos de un circo mediocre?

Tengo sueño y las ganas de seguir escribiendo desaparecieron.

Día 15

25 de enero de 2010

Descanso. Soledad. Lunes, mi día preferido: no hay funciones. ¡Qué lindo es hacer fiaca!

Se está acercando el mediodía y mi estómago cruje del hambre que tengo; afortunadamente en un instante va a venir Gabi con un balde lleno de esa sabrosa carne  que me trae todos los comienzos  de semana; a veces  creo que dentro de lo malo ocurrido a partir  de mi vida tras las rejas, tuve suerte porque mi cuidador, además de darme de comer, juega conmigo y me mima; por lo menos eso me devuelve un poco de la vitalidad que necesito para seguir alimentando mi vida  y la esperanza  de que  en algún momento la libertad vuelva  a abrazarme.

Día 16

28 de enero de 2010

¡Al fin puedo volver a escribir! Estos últimos tres días estuve muy ocupado: Gabi me entrenó antes y después de cada función, sin embargo me dijo que hoy tendría un momento de descanso porque mi cuerpo ya no rinde lo mismo que cuando era joven, una suave curva hunde mi lomo hacia abajo y eso da pruebas de ello.

Aún desde mi jaula puedo divisar esa fila de niños que, acompañados por algún familiar, se preguntan con curiosidad qué desfilará ante sus ojos cuando entren a esa “gran carpa”. Seguramente se excitarán al verme atravesar los aros de fuego y, como siempre, la sonrisa les pintará sus labios, pero no percibirán  mi temor, mi vejez y mi sufrimiento al ir corriendo, saltando y metiéndome dentro de esos soles irreales que chamuscan mi pelaje.

14/05/2010

“El retrato oval” (según la esposa del pintor)

Filed under: Punto de vista — Stella Maris Roque @ 0:51

Por Vanesa Dobladez

    Ella era una joven que disfrutaba de su vida sencilla. Siempre buscaba transmitir a los demás su alegría de vivir, ya fuese sonriéndoles, o siendo amable y afectuosa. Además, sabía que su belleza, esa que tantos halagaban, como un embrujo a muchos cautivaba. El conocimiento de ese don la hizo consciente de que su esposo, un pintor que amaba su arte por sobre todas las cosas, la había desposado enamorado sólo de lo que sus ojos querían ver de ella: su imagen. La muchacha, en cambio, adoraba a aquel hombre introvertido pero apasionado cuyo arte la consumía día a día en la hoguera de los celos, como si de una amante se tratase. Hacía todo por complacerlo, por retenerlo a su lado cuantos minutos del día pudiera, por no verlo partir tras las pinturas que lo alejaban de ella. Por eso, no dudó en satisfacer el deseo de su esposo de retratarla.

    Por fin conocería aquel mundo de él que con tanto esmero le había ocultado. Por fin, y por primera vez, permanecería a su lado durante numerosas y tan ansiadas horas. Aferrada a la mano de su pintor, como queriendo evitar que el momento se le escapase, subió uno a uno los incontables escalones de la sinuosa escalera que llevaba a la misteriosa habitación en lo alto de la torre. Él abrió la pesada puerta de añosa madera con la llave que celosamente guardaba siempre en sus ropas. La joven entró en la habitación lenta y silenciosamente, como levitando en la pureza del aire que inunda el más sagrado de los lugares. Tomó asiento en el taburete que su esposo había dispuesto para ella, y, aunque se trataba de un incómodo banquillo, se ubicó allí como si fuese un trono desde el cual sería la reina de su adorado pintor. Frente a ella se encontraba, apoyado sobre el delicado caballete, el inmaculado y fino lienzo sobre el cual quedaría retratada su imagen. La tenue luz que pobremente iluminaba aquel cuarto nada tenía que ver con la intensa luminosidad que tantas veces había imaginado colmando aquel sitio y haciendo brillar los maravillosos colores que daban origen a las obras de su amado pintor.

     Los minutos, las horas, los días comenzaron a sucederse unos tras otros en imperturbable continuidad. La joven, detenida en su postura de musa, observaba con devoción a su marido parado tras el lienzo; contemplaba su rostro, sus gestos, cada uno de sus delicados rasgos, su cuerpo, sus músculos dibujados en la camisa contrayéndose en cada movimiento; y contemplaba sus ojos…, aquellos enigmáticos ojos del hombre que tanto amaba tras los cuales se ocultaban todas las respuestas que tanto anhelaba; aquellos ojos en los que sumergía los suyos cuando se elevaban hacia ella para trasladar su imagen a la tela ya coloreada. La mirada de aquellos ojos la abrigaba en una dulce tibieza que alejaba el intenso frío de la quietud que en sus huesos se calaba. Pero las miradas eran pocas y eternos los minutos entre ellas. Era entonces, durante aquellas eternidades, cuando la joven seguía con su vista el recorrido de los sutiles rayos que envolvían en un cono de débil claridad al pintor y su obra. Aquel recorrido la llevaba hasta los minúsculos orificios diseminados en la cúpula del lúgubre recinto. Luego, desde aquellos diminutos pedazos de cielo, descendía por alguno de los infinitos caminos que bordeaban los bloques de piedra de los altos muros, cada vez por un camino distinto; tantos eran… Otras veces, cuando sentía que la fuerza de sus músculos la abandonaba, centraba su vista en la paleta bañada de hermosos colores como buscando un punto de apoyo al cual aferrar su cuerpo que ya casi no podía mantenerse erguido.

    Durante las primeras semanas, algunas escasas personas habían tenido el beneficio de observar el avance de la obra, según ellos maravillosa y vivo retrato de la joven; ella, sin embargo, había tenido que conformarse con escuchar aquellos comentarios, ya que la visión de su propio retrato le estaba vedada. Con el pasar de las semanas ya nadie, quien no fuese el pintor y su musa, tuvo permitido ingresar a la torre.

    Cuando varios meses se hubieron sucedido, la joven ya no podía distinguir entre la noche y el día, entre la luz y la oscuridad, entre el frío y la tibieza. Sin embargo, pudo percibir el instante en que el rostro de su amado se colmó de alegría: el bendito instante en que él lentamente levantó la mirada y posó sus ojos en los de su adorada esposa. La joven, perdiéndose en aquellos ojos, pudo, finalmente, a él robarle el alma y entregarle la de ella.

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