Escrito en el blog

30/04/2010

SIMULTANEIDADES

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 16:53

Por Aisha Misael Huguet

Sí, hubo un momento específico, sincronías, hechos que tejieron una realidad, como tantas otras, bajo la noche del 19 de agosto de 1986.

Una chica miraba, con profunda melancolía, el romper de las aguas de unas cataratas y,  con el corazón lleno de oscura poesía, decidió que, unidas en el fondo de ese infatigable sonido, sus lágrimas compondrían una melodía dedicada a permanecer inalterable, al menos, en la memoria de ese novio que la había dejado.

En un remoto lugar de Siberia, un posible novato homicida escribía, en los márgenes de una novela policial llamada Liberación, un improvisado plan con sus variantes más descabelladas para matar a la madre de su madre, responsable y artífice (según él) de todas sus desgracias. (Años después se casó con ella, y dedicó la mayor parte de su tiempo a administrar un hogar de ancianos).

Las tardes que no sufría severas alucinaciones, producto de su esquizofrenia, Mark un destacado estudiante de la Universidad de Aeronáutica Británica, sobrevolaba los cielos del Pacífico en su planeador buscando la mítica ciudad perdida. Nunca se volvió a saber de él.

Un anciano artista israelí pintó, por equivocación, el vigésimo séptimo cuadro idéntico a los veintiséis anteriores y resolvió, de una vez por todas, su falta de memoria a corto plazo dejando la pintura para siempre.

“En el más allá, la diversión está garantizada, pero no se apuren, a veces pienso en volver”, así finalizaba una carta anónima enviada desde otro plano, que el místico “aparato” de la iglesia católica se encargó de hacer circular entre las masas creyentes como un bálsamo reparador de la fe cristiana, con resultados no del todo satisfactorios.

Después de la inesperada noticia de la separación de sus padres, Andreina, que se hallaba recostada sobre una de las ramas más gruesas de su ombú preferido mientras, animada por una nueva inteligencia emocional curiosamente renovadora, escuchaba, a través de los auriculares, los primeros acordes de uno de los allegros de Las cuatro estaciones de Vivaldi (Otoño, precisamente), emprendió un viaje al corazón de India para iniciarse en el autodescubrimiento espiritual luego de emanciparse legalmente de sus progenitores con apenas 14 años.

En ese específico entramado de momentos, en la llana geografía rural de Pergamino, provincia de Buenos Aires (bajo la misma luna llena que ha ofrendado una locura tan prometedora a los seres humanos desde hace milenios), con ciento un años de experiencia a mi favor (y un frío desgarrador), expulsado del vientre materno a una escalofriante velocidad bajo la fuerza brutal del último pujido, nací yo, Aisha Misael Huguet, y mi primer contacto físico con el mundo exterior generó una impresión que determinaría, en una buena medida, como creí que sería el resto de mi vida. La partera (dedujimos, buenamente, muchos años después con Josefina) llevaba horas sin dormir bien y, desde cierto ángulo, siempre tuve la impresión de que esa persona fue mi primer maestro. Desde el comienzo de mi vida terrenal, de algún modo comprendí que uno está realmente por su cuenta en este viaje (probablemente en todos los demás, también). “Uno”.  Mis ganas del mundo, las ganas de mí que tenía Josefina y la falta de atención de la partera (no nos culpo) hicieron que todo sucediera en un parpadeo poco sincronizado, y el metal de la camilla, junto a los pies de mi madre, vibró golpeado por mi cabeza.

No cabría duda alguna, con una representación tan simbólica, pero no pude ver el cuadro completo sino hasta algunos años después.

  

Boceto del cuadro

 

Nieva, y no sólo un ardiente frío interior. La profunda desesperación destruye partícula por partícula la armonía que, otra noche similar dieciocho años atrás, une todas las noches sobre la hierba que ha dejado de crecer entre mis manos. El verde se apaga cansado ya de esperarme, y los pinos azulados de la plaza no me invitan para que me siente con los libros (que han apagado sus voces para que no los escuche). Estrepitosamente, parece caer el cielo con todas sus estrellas ya vacías de brillo, en un bloque gélido de simultánea incertidumbre.

Ella, sigilosa, astuta e indescifrable, vacía mi boca de todos los besos del día por última vez, y cada copo de nieve se evapora, inconsciente, conmigo en un silencio único. Ritual hacia otro centro donde el miedo me absorbe, perplejo, hacia donde me descubre la lunática satisfacción de la decepción más perfecta. El suelo me abraza, me enrosca y acurruca… y también me lloran todas las hojas húmedas, tumbadas sobre las insensibles piedras que me duelen como cada uno de los anhelos que se desvanecen, estremecidos, con cada bocanada de aire helado que avanza forzosamente a través de mi garganta cerrada por la ira de todo un sueño destrozado, ahogando los pulmones que se abren al llanto sin consuelo. Mis dedos (que en cada yema solían tener un rayo de luz de luna para peinar sus cabellos) están rígidos, figuran estar muertos, y congelan el fútil encanto de las lágrimas en mis ojos que el sol no puede secar, porque se ha puesto con su sonrisa plástica en el oeste de mi corazón. Y la calidez parece ser una sensación tan lejana como la distancia entre mi casa y el punto de encuentro, y así todo parece ser más bien una suerte de principio agotador, donde nadie está atento para recibirme, y me golpeo con el metal de la mentira más fría de todas las mentiras: su amor nunca existió verdaderamente, y las flores amarillas con las que le dibujé mi corazón en el portal de su casa debieron de haberse marchitado en ese mismo instante junto con mi alma. Entonces nada parecía tener sentido…

29/04/2010

DESCRIPCIÓN: 1° PERSONA

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 16:41

Por Verónica Stanta Salvati

Arrogancia…

Eso es lo que te describe, lo que te diferencia del resto. Esa superioridad que demuestras ante todo y todos. Esa es la imagen que das en un primer instante, en el momento de conocerte. Con tu porte orgulloso y esa mirada…, como si supieras algo que los demás ignoramos, creyéndote superior.

Y eso es lo que verdaderamente atrae de ti, más allá de tu apariencia. Atrae tu fuerza, tu mirada inteligente y penetrante. Tu mirada… que no devela nada, solo aquello que deseas que sea revelado. Son esos los momentos en los que se ilumina con un brillo especial que solo unos pocos saben apreciar.

Todo tú provocas un sentimiento que invita a explorar lo desconocido, a descubrir lo que se esconde más allá de esa mirada inexpugnable que protege tu alma y tu ser de los ojos del mundo.

Creas el deseo de querer saber más. De leer entre líneas, de ver donde no hay nada…, excepto para el gran observador, de descubrir sentidos ocultos a frases que parecieran no tenerlos.

Eres una caja de misterios que llama a ser abierta para descubrir que hay en su interior y así conocer todos los misterios que lleva. 

28/04/2010

DESCRIPCIÓN: CAE LA TARDE

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 16:23

Por Verónica Stanta Salvati

Cae la tarde y el cielo se vuelve  fuego, calor, Infierno. Rojos, naranjas, dorados cubren el cielo como un manto. Un poco más allá, más arriba, las nubes se pintan de rosa y de violeta. Vuelan, flotan y juegan en el cielo que arde en mil colores.

La brisa acaricia las hojas de los árboles que acompañan con un último suspiro el final de la tarde y comienzan su danza para el principio de la noche.

Aire. Paz. Tranquilidad. Silencio en esa hora mágica en la que el tiempo se detiene, se paraliza. Los sonidos de la mañana comienzan a dar lugar a los de la noche: los grillos y la nada.

Y allá por el fondo, en el otro extremo, empieza a asomarse casi con timidez la Noche con su reina orgullosa, majestuosa y fría. La luna se eleva y sus doncellas la siguen y la acompañan, la adornan con su brillo.

Brilla con más fuerza aún cuando el aullido rompe el silencio y la acompaña en su viaje hacia el cielo que la espera.

26/04/2010

Diario

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 14:43

Por Verónica Stanta Salvati

Día 5:

Hace ya cinco largos días que partimos del pueblo donde nos encontrábamos. Se suponía que al segundo día de viaje encontraríamos un oasis y que hoy, el quinto, encontraríamos la ciudad. ¡Pero no! Hace cinco días que caminamos como condenados y ni rastro del maldito oasis, o ya que estamos, de la ciudad.

Bien, es hora de seguir camino ahora que el sol ha bajado, voy a despertar a Blaise para poder continuar. Este maldito calor es agobiante, si sólo encontráramos ese oasis, por lo menos tendríamos un alivio.

Día 6:

Estuvimos caminando gran parte de la tarde y toda la noche de ayer. Al llegar el amanecer, decidimos armar unas carpas improvisadas donde poder refugiarnos del calor del día. Pero fue sólo cuestión de que el sol hiciera su mínima aparición cuando vimos a lo lejos lo que parecía ser el oasis.

Creímos que era nuestra imaginación, pero a pesar de ello decidimos arriesgarnos y comprobar si era real.

Fueron unas largas horas de caminata en las que sol fue subiendo en el cielo, brillante y fuerte. Hacía que la arena brillara, dorada y caliente bajo nosotros, pero a medida que nos acercamos nos dimos cuenta de que el oasis estaba allí.

Ya armamos las carpas donde pasaremos el resto de la jornada; felizmente encontramos agua y después de pasar días sin poder refrescarnos nos metimos en ella. Con suerte mañana nos acercaremos a la ciudad.

Día 7:

Pasamos otra noche más en el desierto. Las estrellas lo cubren todo, como si de un manto se tratara. Lo único que se escucha es el silencio. El sonido se pierde en la noche y en las arenas que se lo llevan; impone respeto y un temor casi reverencial. Es apabullante.

El sol comienza a salir y parece como si el mundo cobrara vida con él. Desde dentro de nuestro refugio improvisado veo como se mueve la arena creando remolinos en el aire; tiene algo de mágico e hipnótico, parece que te llamara a danzar con ella.

Debo ir a descansar, el calor y el cansancio me están afectando, debo calmarme antes de cometer alguna locura. Esta noche continuaremos con el viaje; algo me dice que finalmente nos estamos acercando.

Día 8:

Hoy divisamos la silueta de la ciudad, estamos cada vez más cerca. Mañana ya estaremos allí. Por suerte el viaje se termina, debo recordar no hacer nunca más una locura como esta, nunca más saldré sin un guía. Esta vez sólo tuvimos suerte.

Día 9:

¡Finalmente hemos llegado! ¡Después de casi diez días de viaje, hemos llegado! Oh, por Dios, qué alegría, pensé que no lo conseguiríamos, pero aquí estamos, sanos y salvos.

Lo único que necesitamos ahora es reponernos y mañana comenzaremos la búsqueda. El sacrificio ha valido la pena, ahora sólo es cuestión de encontrarla.

Descripción

Filed under: Descripciones — Stella Maris Roque @ 13:59

Por Ivana Andrade  

Hay una nube gris que danza cuan cinta al ritmo de los vientos y se condensa cuando uno continúa alimentándola. Nube que ocupa tiempo y pensamientos; que oscurece el día y lo transforma en noche. Bola de humo que apenas mancha la inmensidad azul y esquiva colores que se reflejan en cristales. Y sube y baja y se estanca. Finalmente, se deshace y muere.Un suspiro interrumpe la paz de esa copa alta y frondosa que se asoma sobre las tejas como un niño que se esconde en la diversión de jugar con algún adulto que se preste a ello. Niño con mirada traviesa y sonrisa desbordante de inocencia. Infante con pigmentos naturales que se oscurecen, se secan y se resecan con la estación entrante. Barullo de follaje que se confunde con una risa. Y es brisa. Y es viento. Negros, verdes y oscuros cabellos con reflejos claros se mezclan y se separan según el deseo de aquel suspiro. 

Blancos cuerpos plásticos que crecen del suelo frío y gastado son delineados por los brillos naturalmente satelitales que caen desde aquel ojo solitario, testigo de mis muertes de un rato. 

Un suave sabor de vainilla se entremezcla con la amargura y el gas de aquel río negro limitado por las curvas transparentes cuya silueta es dibujada con trazo fino por la luz. Un trago largo, un beso seco, una pequeña luciérnaga roja, un suspiro y el sabor de vainilla se suman a la consistencia de la nube gris que ha vuelto a nacer.  

Yo me pierdo en el medio de todo. Entonces, sobre mi cabeza hay un infinito azul y lejano. A la izquierda, una fuerte y tajante puerta negra que rompe la acumulación de ladrillo y cemento que parece tener gusto a limón. Frente a mí, la continuación de la cítrica pared pero, con un corte diagonal que da lugar al rojo sombrero de la casa. A la derecha, negros barrotes que delimitan mi espacio y a la vez me permiten ver los acontecimientos que ocurren en aquella esquina. Debajo de mis pies, un verde y cerámico suelo. Y finalmente, a mis espaldas, los ojos de esa habitación que me contiene todas las noches. Ojos oscuros y abiertos de punta a punta que tienen la finalidad de permitir que dos cajas negras me susurren. Entonces me dicen —con instrumentos manipulados por cuatro británicos integrantes de alguna banda de rock progresivo en algún momento de la década de 1970 y una estremecedora voz— que hay un grandioso concierto en el cielo. Yo cierro los ojos y me derrito sobre el plástico blanco mientras siento cómo se desprenden de mí todas esas presiones cotidianas. 

El piano se va de a poco y mis ojos se abren despacio. Aroma a humedades se mezclan con las cintas grises de vainilla.  Un último trago de negro y amargo río. Y así, como sucede todos los jueves, muero una vez más.  

21/04/2010

Fragmentos del diario: en busca de una explicación

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 16:22
Tags:

Por Soledad Paz Rey

Fragmentos del diario: en busca de una explicación

Martes, 29 de diciembre de 2009

Día normal. Una vez más, mi papá se quedó dormido, así que se despertó sobresaltado, se bañó y se fue rápido al trabajo, mientras yo me quedé jugando y corriendo en la terraza durante toda la tarde. No vino mi abuela.

Miércoles, 30 de diciembre de 2009

Mi papá no fue a trabajar hoy. Se quedó en casa. Jugamos un rato largo y salimos a pasear. ¡Vino mi abuela! Pero a la noche, se fueron juntos los dos con una valija y un bolso grande.

Jueves, 31 de diciembre de 2009

Mi papá no volvió… Vino mi abuela a darme de comer y a jugar un rato conmigo.

Domingo, 3 de enero de 2010

Mi papá nunca regresó. Todos estos días solo vino mi abuela para asegurarse de que comiera algo y para pasar un rato juntos. Estoy triste.

Viernes, 8 de enero de 2010

Todo sigue exactamente igual. Estoy muy triste, aunque intento disimular delante de mi abuela.

Miércoles, 20 de enero de 2010

Vino mi abuela, pero más temprano que de costumbre. Al rato vino otra señora que no conozco, que se hizo la simpática y que me subió a un auto y me llevó al campo. Juro que no entiendo lo que está pasado. Estoy muy triste y ahora, asustado también.

Jueves, 21 de enero de 2010

No quiero comer.

Viernes, 22 de enero de 2010

En este lugar hay dos señoras, la que me trajo y otra más. A la que me trajo ¡la detesto! No dejo ni siquiera que se me acerque. Con la otra soy un poco menos agresivo. ¡Quiero que alguien me explique por qué estoy acá!

Lunes, 25 de enero de 2010

El campo es hermoso, pero ¡extraño a mi papá! …Y también a mi abuela.

Martes, 26 de enero de 2010

Nadie me dice nada, solo intentan hacer que yo me sienta bien. ¿Cómo se hace para estar bien? No juego, casi no como, paso todo el día acostado, pensando en cómo salir de acá.

Miércoles, 27 de enero de 2010

Durante la mañana todo fue igual, pero al mediodía vi que llegaba un auto y… ¡apareció mi abuela! ¡¡¡Sí, vino a buscarme!!! ¡Qué felicidad! ¡Cómo la besé! Ella también estaba muy feliz. Nos subimos al auto y volvimos a casa. El problema es que tampoco ella me explicó qué había pasado, por qué había estado todos esos días en el campo rodeado de gente que no conocía. Igual no importaba mucho, estaba feliz de volver a casa y de ver a mi abuela. Tenía la ilusión de llegar a casa y que estuviera mi papá, pero no fue así, la casa estaba vacía. ¡No importa! ¡Estoy en casa! Mi abuela se quedó toda la tarde conmigo, pero a la noche me dejó solito otra vez…

Jueves, 28 de enero de 2010

Me desperté por el ruido de la puerta. Era temprano. Cuando fui a ver… ¡era papá! ¡Gracias a Dios la pesadilla había terminado! ¡Papá no me había abandonado! ¡Papá volvió! Nos abrazamos un rato largo. Después, un poco más calmado, me senté, le di la pata y lo miré pidiéndole una explicación. Entonces, me contó que se había ido de vacaciones y que con la abuela habían pensado que lo mejor era llevarme a una guardería para que pudiera jugar con otros perros y para que no estuviera en casa solo todo el día. Yo me pregunto ¡¿por qué no me lo explicó antes?! No me hubiese puesto tan triste, ni hubiese imaginado cualquier cosa. ¡Cómo son los humanos, eh! ¿Para qué pueden hablar si no lo aprovechan cuando lo tienen que usar? ¡Qué bárbaro! Espero que haya aprendido y que el próximo verano, antes de irse, me cuente lo que va a pasar, porque yo no sé cómo pedírselo… Nosotros, los perros, no sabemos hablar, pero creo que nos comunicamos mucho mejor que los humanos ¿no?

Mamá de Abril

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 16:19
Tags:

Por Soledad Paz Rey

Siempre soñé con ser madre. Incluso les voy a confesar que, cuando fui un poco más grande y supe que no todas las mujeres podían serlo, temí que Dios me castigara (por haberme portado mal alguna vez) impidiéndome quedar embarazada. Tenía terror de que eso me pasara. Gracias a Él no fue así. Me costó pero… soy mamá.

El embarazo fue hermoso, salvo por los primeros meses de malhumor que tuvo que soportar mi marido. Me sentí bárbara, incluso hasta la internación. Pero lo que les quiero contar ahora es acerca de la maternidad. Mi intención es humanizarla, es demostrar que las mamás somos seres humanos que sufrimos, nos cansamos, nos irritamos, nos angustiamos, nos enojamos, nos agotamos… No somos comos las mamás de los mensajes que andan circulando por la red. ¡Nos encantaría ser así! Por eso lagrimeamos al leerlos, no porque simplemente nos dé emoción, sino porque en realidad somos tan comunes y corrientes como cualquier otra persona.

Una hermosísima beba de 3,925 k llamada Abril me hizo mamá el 25 de agosto y me convirtió en vaca lechera unos días después. Al principio, intenté mantener mi ritmo alocado habitual. Quería estudiar, trabajar y ser mamá. Me llevó unos meses entender y aceptar que era imposible.

Es cierto que todos te aconsejan dormir mucho, porque cuando nacen esa no es una actividad que se haga muy seguido (así como sucede con otras…), pero ningún aviso es suficiente. Una no toma conciencia de esa nueva realidad hasta que lo vive. El día y la noche se convierten en una nebulosa, los horarios desaparecen y con ellos las rutinas, las salidas, los programas favoritos de televisión…

Además, nadie te avisa que vas a salir del sanatorio ¡con una panza de 8 meses de embarazo! Eso sí que es injusto. Cuando te cambiás al plan materno infantil deberían darte una guía instructiva para que nada te sorprendiera, para que una pudiera estar preparada mentalmente a lo que le espera, aunque fuera un poco.

La vida cambia ciento ochenta grados y esa personita increíble que creció dentro de tu panza, ahora está volviéndote loca girando a tu alrededor. Sigue tan unida a vos como antes; ahora el cordón umbilical es transparente pero está… está unido a tu corazón.

Si además quieren conocer qué es la ciclotimia, conversen sobre la maternidad con una mamá que acaba de enojarse con su hijo. (Comencé a escribir con una clara línea de ideas y ahora no hago más que lagrimear pensando en cada una de las travesuras que me hizo y me hace Abril).

Ser mamá, sin dudas, es lo más maravilloso que le puede suceder a una mujer (que quiera serlo ¿no?), pero hay que entender –para evitar frustrarse todo el tiempo– que no dejamos de ser personas por ser mamás. Es normal que nos enojemos y queramos revolear al bebé por el aire. Es normal que queramos salir corriendo y desaparecer por unos meses. Es normal que nos superen las situaciones y los temores, sobre todo los primeros tiempos. Es difícil dejarse llevar sin miedo por las intuiciones de madre, pero hay que hacerlo, nunca fallan. Así como tampoco nunca fallan los consejos de nuestras propias madres y los de alguna que otra suegra (igual hay que escuchar todos y saber cuál seguir y cuál ignorar). Es importantísimo tener cerca una amiga que haya sido mamá un poco antes que una. ¡Crean todo lo que les digan ellas! Porque aunque cada bebé sea distinto y cada mamá también lo sea… ¡todo lo que nos digan será verdad y lo vamos a vivir!

Abril ahora tiene un año y medio y es mi mejor maestra. Me enseñó a dar de mamar, a acunarla, a cambiar pañales, a calmar sus angustias y sus dolores, a dar sin esperar nada a cambio, a establecer mejor las prioridades, a ser tolerante, a controlar mis arranques de furia, a amar más a mi mamá, a comprender mejor a mis amigas mamás. (¡Ojo! Que sea mi mejor maestra no significa que yo sea una muy buena alumna siempre… sobre todo con lo que respecta a los enojos y a la paciencia).

Es una etapa sumamente especial de mi vida. Siempre fui activa, hasta hiperquinética podría definirme, pero nunca tuve tanta actividad física, mental, espiritual y emocional como ahora. Abril me agota en todos los sentidos y me desborda también. No importa todo lo que hace, ni describir su vertiginoso crecimiento. Lo que quiero acá es contarles que más allá de las noches sin dormir, de los llantos incontenibles, de los momentos de furia, de los temores y de las angustias, el tiempo pasa también para mí y ambas crecemos. De a poco aprendo a comprender y aceptar sus tiempos, a poder sentarme en el piso a jugar sin que me importe tanto el trabajo que quedó inconcluso o todo lo que tengo que estudiar. Me enseña a que si sé cómo pedirle algo ella lo hace, con más o menos ganas, pero lo hace. Ahora logramos que el “upa” no sea sinónimo de teta sino que también pueda haber mimos y juegos sin necesidad de comer. Todo se va calmando poco a poco. Si miro hacia atrás  –en este momento– siento que estoy llegando al final de la montaña rusa, que los dieciocho meses a pura adrenalina están terminando y la maternidad me da un pequeño respiro para recobrar fuerzas hasta que el juego vuelva a comenzar. Porque ya me avisaron que esto recién empieza y que cuánto más grande es el hijo más complicado resulta todo, pero estoy convencida de que también será cada vez más rica la vida junto a mi hija.

Diario de un pájaro

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 15:50

Por Stella Maris Roque

14 de marzo de 2008

Imagino el inmenso mar azul, el cielo despejado y la arena tibia de la playa de Puerto Madryn. Voy a ir hacia allá a despedirme de mi último amor. Mañana es mi partida. La decisión me llevó tres días porque para un pájaro de mi especie es difícil salir a volar en mar abierto: mis sacos aéreos están menos desarrollados que los de las aves de otras especies y por eso me va a costar más. Además no sé si lo voy a encontrar…

15 de marzo de 2008

El tiempo de vuelo, según mis cálculos, va a ser de dos días y medio; tengo que volar ciento ochenta y un kilómetros, esta es la distancia que separa Punta Tombo de Puerto Madryn. Antes de comenzar el viaje me puse a reflexionar: ¿resistiría los vientos? ¿Cómo iba a hacer para encontrarlo? La voz de un compañero cormorán me sacó de mis pensamientos, venía a desearme un buen vuelo. Nos despedimos y no le prometí que volvería, sólo le dije que lo iba a extrañar.

 
16 de marzo de 2008

En la mañana de mi partida el cielo estaba azul y no había viento. Comencé a volar, agitaba mis alas, ascendía algunos metros. Mi cuerpo flotaba, se deslizaba por el espacio aéreo, se elevaba cada vez más arriba. El viento me golpeaba la cara y yo aspiraba ese aire que me secaba la boca. Las nubes estaban bajas. Antes de atravesarlas, cerraba los ojos y pasaba rápido hasta que volvía a salir al cielo despejado con el viento que me abanicaba. Durante el trayecto pasé por al lado de unas gaviotas y pude escuchar que hablaban de un cormorán que estaba yendo hacia mar abierto. Sí, hablaban de mí y qué me importaba, si no sabían los motivos de mi viaje. Lo que yo no sabía era si iba a soportarlo; era un riesgo y estaba dispuesta a afrontarlo.
Continúe volando, disfrutaba del sol tibio. Iba haciendo paradas para descansar y cuando tenía hambre me sumergía en el mar para buscar algún pez, y luego tenía que ir hasta las rocas para secar mis plumas antes de volver a volar. Cuando estuve lista para volver a los cielos seguí viaje hasta que comenzó a oscurecer. En ese momento busqué algún árbol para dormir.

17 de marzo

El ruido de un trueno me despertó. El cielo estaba gris, llovía desde la madrugada. Sabía que tenía que seguir pese al mal tiempo así que abandoné el árbol y retomé el vuelo. Había demasiado viento, me impedía volar, pero aleteaba con todas mis fuerzas para no dejarme vencer. Desde arriba veía el mar. Volé todo el día, sólo me detuve para alimentarme. Al llegar la noche volví a buscar un árbol y dormí sobre una rama.

18 de marzo de 2008

Faltaba poco para llegar. Retomé el último tramo de vuelo. Me pesaban las alas, pero no me importaba porque ya podía ver el mar azul de Puerto Madryn, la arena y la cantidad de gaviotas que volaban, como yo. Después de quince minutos llegué al mar de él, me sumergí para cazar un pez y luego salí del agua. Fui hasta la orilla, me acomodé en la arena tibia y esperé. En algún momento, él iría a aparecer. De pronto, vi un cormorán lindísimo: el plumaje era verdoso como el de él. Comencé a seguirlo a una distancia prudencial para que no advirtiera mi presencia. Él voló un rato y luego fue hacia una zona de rocas. Ahí se detuvo y supe que era él, me di cuenta por la manera en la que cortejaba a su pareja, conmigo hacía lo mismo, abría solamente una de sus alas y hacía movimientos lentos, mirándola. Luego, caminaba alrededor de ella, abría y cerraba el pico como lo había hecho conmigo. Lo observé sin que él se diera cuenta.

Se lo veía feliz. Volaba haciendo destrezas sólo para impresionarla y sumergía su pico amarillo en el agua, y después le llevaba la presa a su pareja. A la tarde dormían uno al lado del otro y se hacían caricias con los picos. Me dio mucha felicidad verlo así: enamorado. Por fin había encontrado alguien que lo aceptara tal como era. Decidí acercarme a él, para despedirme, por última vez. Nuestra despedida había sido hostil y nos habíamos separado de un día para el otro. Esperé a que saliera a buscar comida y lo seguí, ahora de cerca. Me puse al lado de él y lo saludé. Su expresión de sorpresa me hizo repensar si había hecho bien en seguirlo.

─ Lo lograste, estás en tu mar ─le dije.

─ ¿Cómo supiste que…? ─preguntó.

─ Vine a despedirme.

Bajamos hacia la playa. Había dejado de llover y no había viento. Mi plumaje además de mojado, estaba sin brillo. Me costaba mirarlo a los ojos. Se acercó a mí, abrió una de sus alas y me cubrió la espalda. Los dos mirábamos hacia el mar azul.

─ ¿Por qué ella? ─pregunté.

Sacó su ala de mi espalda y me dio un beso con su pico amarillo. Se lo devolví y nos abrazamos, el viento me despeinaba las plumas. Se despidió de mí y voló hacia las rocas. Busqué un rincón por la playa y dormí durante horas.

20 de marzo de 2008

Cuando me desperté era un nuevo día en el que había un viento insoportable. Me molestaba el viento. Estaba sin fuerzas para volver a Punta Tombo, para volar ciento ochenta y un kilómetros. Mi plumaje estaba rasgado por el viento. Tenía hambre, sed y nada de energía para ir a buscar alimento, era como si me hubiera caído desde el cielo y no tuviera fuerzas para moverme. Me molestaba el sol en la cara, el viento… Traté de agitar mis alas, pero estaban más pesadas que cuando se mojaban. Caminé como pude hasta el mar azul. Llegué a la orilla y me recosté en la arena. Miré hacia su mar: ese día las olas estaban furiosas. El contacto de mi cuerpo con la arena tibia me calmó el frío. Recordé ese último abrazo, el último beso y que él era feliz. Entonces, yo también era feliz. Cerré los ojos y mi último pensamiento antes de quedarme ahí, en su mar, fue que él había sido el único pájaro que yo había amado.

Diario de Tupá

Filed under: Diario íntimo — Stella Maris Roque @ 15:46

Por Juan Pablo Doncel  

Día 1:  

¡Por fin he terminado! Arasy me ayudó bastante, sin ella no sé si hubiera podido hacerlo tan rápido. Ya puedo tachar de mi lista la primera parte de mi creación. Con un intenso trabajo de equipo hemos creado la tierra; es hermosa, tal cual la había pensado, con sus montes, ríos, valles, etcétera. Hemos creado el día y la noche, los animales, la fauna y la flora. Todavía nos falta crear al hombre, pero estoy muy exhausto como para seguir la tarea. Arasy también. No creí que ella iba a trabajar tan duro, demostró un entusiasmo similar al mío en el proyecto.  

Designé guardianes en zonas bien distribuidas para que se ocuparan de proteger mi creación y les di la orden de que me avisaran inmediatamente por cualquier contratiempo. Si esto sale como lo tengo planeado, será la más hermosa de mis creaciones. Guaran me pidió encarecidamente ocuparse del Gran Chaco, él también se mostró bastante entusiasta con el emprendimiento. Me alegro por él; yo sé que desempeñará bien las tareas que le dejé a su cargo. 

Día 2: 

La tierra está cada vez más hermosa, casi esta lista para formar a mis creaciones más complejas: los hombres y las mujeres. Quiero que el paso del tiempo me indique el momento exacto, no quiero hacer las cosas apurado.  

Día 3: 

En todo emprendimiento siempre hay bajas, y uno tiene que saber superarlas para volver al ruedo con más fuerza aún. Un hecho desafortunado ha ocurrido. Guarán, mi querido y estimado Guarán, ha muerto. Dentro de mí surge un vacío difícil de llenar, pero no todo es agonía y desesperación. Su último acto fue nombrar a sus dos hijos, Tuvichavé y Michiveva, guardianes del Gran Chaco.  

Al parecer le tomó mucho aprecio al lugar aun no habiendo permanecido en él mucho tiempo. Ya me encargué de los dos guardianes. Les di las indicaciones precisas de cómo manejar la situación, y en honor a su padre les dije que iba a amarlos y a respetarlos como si fueran hijos míos.  

Día 4:  

Tuvichavé, el hijo mayor, es impetuoso, nervioso y decidido a la hora de realizar su labor. Me sienta muy bien ese chico y, aunque su hermano sea más reposado y tranquilo, desempeña su papel al mismo nivel que Tuvichavé. Creo que hice bien en mantener en pie el pedido de Guarán de que sus hijos, ambos dos, sean los guardianes del Gran Chaco. ¡Ese lugar es hermoso!  

Día 5: 

¡No sé en qué estaba pensando! Solo los abandoné unas pocas horas y pasó lo más desagradable. No hay nada más feo en el mundo que una pelea familiar, y peor aún si es entre hermanos. Se me había ocurrido que podía pasar esto, pero pensé que eran puras tonterías creadas por el cuidado que estoy teniendo con la Tierra.  

Al parecer Tuvichavé y Michiveva estaban peleando mucho por la administración de las diversas necesidades de la región y, a medida que se van suscitando las peleas, están adquiriendo un tono más elevado de tensión y agresividad. ¡Tenía que ser él! Añá se dio cuenta antes que yo, ese diablo inmundo tomó partido de esto. Incitó a los jóvenes a que compitieran entre sí con destreza para resolver las cuestiones que los enfrentaban. Los pobres, ilusos, le hicieron caso y subieron a los cerros que rodean el Gran Chaco para disputarse el cargo y para eso realizaron diversas pruebas de habilidad y resistencia. En una de las pruebas, Michiveva lanzó una flecha hacia un árbol que servía como blanco, Añá hizo de las suyas y cambió el rumbo de esta logrando que penetrara exactamente en el corazón de Tuvichavé. La sangre corrió con fuerza bajando por los cerros hasta el Chaco y se internó en su territorio formando un río de color rojo.  

 A Michiveva lo mandé a buscar por todos los lugares conocidos y estoy esperando encontrarlo.  

Pobre muchacho, maldito Añá.  

Día 6: 

Han encontrado a Michiveva. Estaba en los mismos cerros, otra vez, expectante ante el río rojo que había formado su hermano. De repente explotó en llantos tan fuertes y fluidos que acompañaron el rio de sangre de su hermano formando otro de la misma longitud. Después de eso no se lo volvió a ver.  

Día 7:  

No creo que haga falta buscar nuevos guardianes para el Gran Chaco, por alguna razón sigue prosperando debido a la fuerza natural que emanan los ríos. 

16/04/2010

Autobiografía (fragmento)

Filed under: Autobiografías — Stella Maris Roque @ 16:36
Tags:

Por Vanesa Dobladez

Desde que me había mudado a aquella zona de la ciudad, realizaba todos los días el mismo trayecto: un tramo recto, doblar a la derecha, otro tramo recto, doblar a la izquierda, el último tramo recto y nuevamente a la derecha, unos metros más y allí se encontraba aquella simple construcción que consideraba mi refugio.

Cada jornada esperaba con una sensación de dulce ansiedad el momento en que comenzaría a recorrer mi camino que, aunque rutinario en la realidad, resultaba ser uno nuevo cada día, sin duda, producto de mi imaginación que se encargaba de reinventarlo cotidianamente.

Algunas veces caminaba muy lentamente, observando con detenimiento cada edificio, cada casa, cada negocio, pero, sobre todo, observaba las ventanas: sabía que tras ellas se albergaban personas distintas a mí, distintas entre sí, únicas. Frente a cada una de aquellas ventanas surgían en mi mente innumerables preguntas: ¿quién estaría dentro: un niño, una madre, un joven, tal vez algún anciano?, ¿cómo serían?, ¿qué estarían haciendo: comiendo, leyendo, trabajando, jugando?, ¿estarían contentos y sonrientes o, tal vez, apenados por algún motivo, incluso quizás llorando?, ¿estarían solos o acompañados o, tal vez, esperando a alguien?, ¿serían felices? Ninguna de mis preguntas tendría jamás respuesta.

En los calurosos y agobiantes días de verano, no existía a lo largo de mi camino ningún edificio, ninguna casa, ninguna ventana. Seguramente por instinto, mi mente sólo registraba todo aquello que menguara los efectos del intenso calor. Me detenía en la sombra de cada árbol, sombras oscuras y frescas que daban descanso a mis ojos y a mi piel, y desde allí observaba las verdes hojas y los pájaros que se posaban en las ramas; envidiaba a aquellos seres que en sus vuelos podían admirar el paisaje de un modo en el que yo, por mi condición humana, jamás podría hacerlo. Aquella irreversible realidad, aquella certeza de que en mi vida habría objetivos inalcanzables, solía generar en mi interior una profunda sensación de frustración e inferioridad. El imperioso deseo de alejar tan desagradables sentimientos me llevaba a imaginar que cada uno de aquellos árboles era un animal (una jirafa, un elefante, un tigre o un enorme oso); elegía los de mayor porte y los más feroces, y así continuaba mi camino con la satisfacción de encontrar a mi paso todas aquellas bestias que se dejaban admirar sin la menor intención de hacerme daño, con la satisfacción de que sí podía hacer lo que parecía imposible.

Cuando el frío del invierno me calaba hasta los huesos, prefería recorrer mi camino en bicicleta, a la mayor velocidad a la que mis piernas pudieran soportar el monótono movimiento circular. Sabía que en los primeros instantes mi rostro perdería sensibilidad por efecto del gélido aire, pero también sabía que sólo unos minutos después la sangre se agolparía en mis mejillas tiñéndolas de un rosa intenso. Inexorablemente el calor interno, producto del ejercicio, ganaba la batalla, ayudado por un sol siempre presente en un cielo azul que parecía infranqueable para las nubes, aquel sol que le había otorgado el incuestionable apodo de Ciudad del Sol a la ciudad en la que se encontraba mi rutinario y mágico camino.

Siempre recorría el tramo final de mi trayecto con la incontenible alegría que significaba la certeza del inminente arribo a un lugar seguro, mi refugio; fresco en verano y tibio en invierno. Aquel antagonismo entre la extrema inclemencia del exterior, típica del clima desértico en el que vivía, y el apacible resguardo del interior, sin dudas, resultaba sumamente placentero.

Ya al abrigo de mi pequeña guarida, mientras yacía disfrutando un breve y reconfortante descanso, pensaba en qué comida prepararía y en qué ingredientes serían necesarios para su elaboración. Luego me incorporaba y comenzaba a reunir todos los elementos necesarios para dar origen a la obra de arte culinario elegida. Tenía una marcada preferencia por las comidas que implicaban un procedimiento de mezcla de polvos y agua; sumergir mis manos entre los minúsculos y ásperos granos, sentir cómo el agua se escurría entre mis manos, amasar aquellos ingredientes tan distintos dando origen a una pasta suave y maleable, y luego modelarla para darle forma era un proceso relajante que sumía mi espíritu en una profunda paz.

Los días en que disponía de más tiempo libre, algo por cierto maravilloso, me sentaba en mi sillón favorito y me abstraía en la lectura de algún libro o simplemente observaba cómo el sol se filtraba entre las hojas del árbol, hasta quedar totalmente enceguecida, mientras mi mente vagaba en erráticos y agradables pensamientos. Sin embargo, de a ratos me embargaba la pena por el inminente e inevitable final. Sabía que de un momento a otro escucharía la voz de mi madre, la voz que me llamaría a cumplir con mis obligaciones, y entonces, en aquel hermoso parque, ya no habría casas, ni edificios, ni enormes y feroces animales, sino sólo árboles; ya no habría una exquisita torta de chocolate en mi casita de madera del árbol, sino una simple torta de barro decorada con hojas verdes y mi sillón sería sólo una rama extrañamente retorcida en mi árbol favorito. En aquel instante se desvanecería la magia que inundaba mi fantástico mundo, la magia que inundaba el parque de la casa en la que viví mi infancia.

Página siguiente »

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: