Escrito en el blog

21/06/2022

4 DE JUNIO

Filed under: Cuentos,Relatos — Stella Roque @ 9:29

*POR ROLANDO MARTIÑÁ

Una noche como ésta, hace 79 años, nos acurrucábamos en la cocina, esperando la cena a salvo del frío exterior, los doce habitantes de la casa en que vivía. Parecía ser una noche distinta .Especialmente para mi padre y mis dos tíos, uno de los cuales, que llamaremos Luis, se veía particularmente afectado, aunque los tres discutían más acalorados que en otras múltiples ocasiones. Mi querido abuelo Domingo no intervenía. Quizá para no arruinar la digestión (“se parlo non mangio, se mangio, non parlo”, solía decir). O porque ya había vivido tantas cosas en su vida, que no valía la pena perder el sueño por ésta.

Alcancé a escuchar varias veces la palabra “golpe” pero por suerte no hubo ninguno entre ellos. Mi padre y Luis parecían estar de acuerdo en contra de algo y el tercero, francamente no. Una vez más, entre tantas, traté de huir de ahí, primero porque no entendía nada y segundo porque, como siempre, no toleraba el exceso de ruido y de gente. Y, como hacía a menudo, me refugié junto a la radio para seguir experimentando con mi curioso método de autoaprendizaje de la lectura, a partir de asociar las letras y números que el dial indicaba para cada emisora: LRA, LR1, LS5, etc. Y escuchándoselo repetir una y otra vez a los locutores.

Cuatro años después, ya en la escuela, cantábamos y marchábamos al son de una canción que decía “4 de junio, jornada redentora de la Patria”. Yo ya entendía más, y el tema era más mencionado no sólo en mi casa. Aunque lo de la “redención” seguía siendo un enigma para mí, porque era una palabra que sólo había escuchado en la iglesia, alguna vez.

Se podría decir que ése fue mi primer golpe.

Después fui entendiendo  más. Y así fue que el segundo golpe me pegó mucho más cerca. Porque la iglesia había pasado de inspiradora a enemiga, y mis padres eran ambos activos participantes en ella. La marcha también había cambiado, pero no tanto…      

Aunque parezca mentira, (a mí mismo me lo parecía) el tercer golpe pudo haberme matado. Estaba haciendo el servicio militar y estuve en la mira del fusil de un amigo (y él en la mía).

Después hubo otros, pero ya nos iríamos “demasiado cerca”. Sólo mencionar que, mientras  estudiaba psicología durante los 70, (quizá para poder entender toda la historia, la mía y la otra) algunos retomaron la bandera de la “redención”. Y fueron mártires, más que redentores. Y así siguiendo…

La historia continuó a los golpes, “como farsa y como tragedia”. Y yo, con el escaso pelo ya encanecido y la ayuda de algunos otros, me llevé la última sorpresa, refrendada, nada menos que por Borges en “El inquisidor”: “Pude haber sido un mártir, fui un verdugo…”. (Y viceversa, perdón Maestro).

(¡Ah! No fue la última en verdad. Según me confesó mi tío Luis, antes de morir,  el primer golpe lo había recibido él, también como soldado, el 6 de setiembre de 1930).

© Rolando Martiñá. Escritor argentino, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Tiene publicados ocho libros de educación, dos de cuentos, su novela “Fin de siglo”, y su último libro de cuentos «Dicho sea de paso. Hojas sueltas» (2021). Actualmente están disponibles para la venta, “Cuentos de todos los amores” , “Fin de siglo” y «Dicho sea de paso. Hojas sueltas». Visitá a Rolando Martiñá en Fb @rolando martiñá escritor.
Tienda on line: http://www.librosdepapel.mercadoshops.com.ar

15/03/2022

ENTRE AUDIS, RECOLETA Y GONZÁLEZ CATÁN

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 14:34
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*Por Gabriel Chazarreta

El día que conocí a Juana, me habían despedido del trabajo. Pero no me
angustié demasiado. Me prometieron una buena indemnización, y mi única
preocupación era en qué iba a invertir esa plata hasta encontrar un nuevo
empleo. Así que caminé como media hora por Avenida Libertador hasta
Sarmiento. Doblé y seguí caminando, libre de horarios. Compré un sándwich
en un carrito y me senté en un escaño con vista al planetario. Me estiré hacia
atrás mirando un cielo completamente celeste y límpido.

Estuve 20 años al servicio de esa concesionaria. Llegaba a las nueve de la
mañana y me iba a las seis de la tarde, para vender autos de alta gama.
Yo vengo desde lejos. Tengo casi dos horas de viaje. Y no es que tenga
prejuicios, pero un vecino mío no podría comprar un Audi. Soy de González
Catán y no me avergüenzo. Aunque a los posibles compradores de los autos
que vendía, por supuesto que no se lo decía. Seguramente muchos de ellos,
no sabrían siquiera donde queda; salvo que hayan escuchado a Sabina que
le dedicó una canción a la ciudad. “De González Catán, en colectivo”, ¿la
conocen, no?

Pero fuera de ello, es una ciudad perdida del conurbano. Nadie se atrevería
a ir de paseo, por ejemplo. O a hacerse una escapada de fin de semana.

Pero volviendo al planetario. Decía, que me estiré para atrás en el banco de
plaza mirando ese cielo celeste. De repente me convertí en un bohemio,
prestando atención a esas cosas que antes se me pasaban por alto. Bajé la
cabeza saliendo del sopor, y vi pasar a uno en bicicleta. Bien vestido y un
portafolio colgando. Pedaleaba con inercia. Como volviendo relajado del
trabajo. O quizás era su primer día, y para mí el último. Lo cierto es que
ahora, hasta lo más insignificante captaba mi atención. Una señora mayor
con un perrito que caminaba más rápido que ella, se paró en la esquina para
esperar el corte del semáforo y el perro se adelantó hasta que la rueda de un
auto lo rozó y no lo aplastó de milagro.

—¡Vení para acá! le dijo la viejita, tirando de la correa, y en un movimiento
forzado cayó al suelo armando un revuelo en el lugar.


Yo estaba a punto de levantarme para ayudarla, pero alguien me tocó el
hombro. Y eso me frenó. Giré mi cabeza y la vi a ella. Alta, rubia, blanca, de
aspecto agringado. Pero no turista. Gringa del interior. Con ojos verdosos tristones.
Con un hablar campesino.

—Estoy buscando a estos dos— me dijo—, mostrándome una foto de una
pareja. Yo la miré a ella por unos segundos. Completamente desorientado.
—¿Los conoce? —preguntó.
—No — le dije, sin mirar la foto.
—Vengo de Oberá, Misiones —me dijo.
Era un poco corta y tosca en el trato.
—¿Sabe dónde viven? —me volvió a preguntar—, como si en esta ciudad
todos supiéramos donde vive cada uno.
—Mirá, en la Ciudad de Buenos Aires, viven tres millones de personas —le
dije.

La gringa entonces me miró, sin importar lo que le estaba diciendo.
De repente, un silencio potente me comprometió. Y quise saber más de ella.
Yo mucho para hacer no tenía. Así que le pedí que se siente.
Se acomodó en la punta del banco, pero desconfianda, como tomando
distancia. Le pregunté a que se debía esa búsqueda, y me contó su historia.

La mujer había nacido en un barrio muy pobre de Misiones. Donde los
hombres del lugar debían trabajar todos los días en la cosecha de yerba
mate para poder vivir. Eso se llama “Tarefa”, pero ahora no tiene importancia.
Lo cierto es que en ese enredo y dentro de esas carencias, tuvo una relación
efímera con uno de ellos. Se llamaba José, y era un vecino adepto al alcohol
que trabajaba en la cosecha. Una combinación explosiva que lo terminó
matando de un ataque al corazón, dejándola embarazada. Esto había
sucedido cuatro años atrás. Y según lo que me contó esta mujer, que se
llamaba Juana, cuando su vecino murió, ella tenía 3 meses de embarazo. Se
encontró perdida, sola y desamparada. Pasaban los días y se angustiaba.

Vivía atormentada por la incertidumbre de no poder asegurar una vida digna
para su hijito. Se ofreció al patrón para trabajar en la cosecha de yerba mate,
pero no quisieron aceptarla, porque no lo hubiera resistido con un embarazo.
Hasta tuvo pensamientos trágicos y siniestros. Se le cruzó la idea de abortar.
Pero no se lo hubiera perdonado nunca. Además ni siquiera tenía el dinero
para pagarlo. Fue ahí entonces cuando apareció una mujer en su vida.
Alguien había oído de ella y se la recomendó como una posible solución.
Algo avanzada en edad, pero de buen vestir y hablar claro. Le ofreció
gestionar la ubicación de su hijo en una familia con una economía sólida, que
podría darle una vida sin carencias. La convenció con el argumento de un
futuro certero y ordenado. Una vida que ella nunca iba a poder darle. A
cambio le entregaría una buena suma de dinero por el gesto.

No importa cuánto, tampoco me lo quiso decir. Lo cierto es que aceptó. Y con el corazón
dolido, y tan resquebrajado como la escarcha que se forma en invierno en la
selva misionera; se lo entregó. En un principio, se sintió aliviada, y los
tormentos se alejaron de sus pensamientos. Pero en poco tiempo la angustia
se recargó. Y comenzó a sentirse peor que antes. La culpa la acechaba en
cada instante. Por las noches no dormía pensando en su hijo. Imaginando
situaciones de su vida con padres que estaban ocupando su lugar. Ella era
su madre natural. Y ese sentimiento era inquebrantable. Entonces la culpa se
volvió recia. Y llegó el arrepentimiento.

El dolor se transformó en acción. Juntó sus pocas cosas y se tomó un tren
hasta Buenos Aires para sortear su búsqueda desesperada. Lo único que sabía
de ellos es que vivían en Palermo. Y preguntando llegó hasta acá.
Aquel día había tomado esa única foto que yo no miré. Le pedí que me
muestre bien, y cuando la vi, no pude salir de mi asombro.

¡Y mirá que hay gente en esta ciudad, eh! … pero esa cara la reconocía. A
ese tipo le había vendido un auto unos meses atrás. Los ojos venosos y las
cejas tupidas. Me acordaba bien de su rostro, porque había reclamado la
devolución de los gastos por unos impuestos al momento de hacer el
papelerío. Me había parecido un poco pedante. Hablaba con un tono
altisonante. Decía tener conocimientos contables, y exigía la devolución de
las cargas impositivas. Su esposa estaba con él, el día de la entrega del Audi
y era la misma que ahora veía en esa foto.

No fue muy difícil para mí ubicar su domicilio. Me alcanzó con un llamado a
la agencia. Ese día en que perdí mi empleo, nació para mí una nueva causa.
Un poco por altruismo, pero más quizás, por la fortaleza de esa mujer. Sus
cejas caídas denotaban pesadumbre. Así y todo, tuvo la entereza para venir
sola a la gran ciudad para recuperar a su hijo. Y el destino quiso que se
topara conmigo que había perdido mi empleo y disponía de mucho tiempo.
Pero además…, estaba tan solo como ella.

Pasaron los meses, y Juana, férrea en su obsesión de madre, no quiso
volver a Misiones. La ayudé con la logística. La acompañaba algunas tardes
para espiar a su hijo perdido cuando salía de jardín de infantes. Un día
escuchamos que le gritaron “Bauti”. Nos quedábamos dentro del auto,
mientras veíamos como esa mujer tan acicalada lo retiraba con un beso.
Algunas veces en un impulso desesperado de madraza, quería salir del auto
para ir a abrazarlo. Pero mi brazo se lo impedía. Yo podía darle la sensatez y
la paz para frenar su angustia. Ella me ofrecía su compañía. Y entonces
pude apagar el incendio de mi corazón solitario.

Con el tiempo, me fui acostumbrando a ella. Su andar campesino, ya no me
parecía tan campestre. Y sus modales toscos, de repente se volvieron dulces
y hasta sanadores.

Una tarde nos disfrazamos de payasos. Yo me puse una nariz roja con un
pantalón verde, y Juana se pintó toda la cara. Improvisamos globología, y
nos plantamos en la puerta del jardín para entregarle a los nenes, espadas y
caniches. Por supuesto que cuando llegó el turno de Bauti, no lo queríamos
soltar. Todos los globos que quedaron fueron para él. La naturaleza es
sabia. La mirada entre los dos formó una catarata de palabras silenciosas.
Una dimensión telepática que confundió al nene. La “supuesta” madre se
impacientó y lo sacó a tirones del brazo.

—Vení que los payasos no pueden estar toda la tarde con vos.

Bauti se fue a la rastra, pero mirando hacia atrás. Apenas caminando tropezó
con una baldosa deforme mientras la madre, la verdadera…, agonizaba
dentro de su maquillaje. Pero no claudicó. Buscó miles de formas y
alternativas para estar cerca. Se acostumbró a esa manera tan extraña de
amor maternal. Y se propuso esperar. Algún día podría decírselo. A los ojos,
y a cara limpia. Sin el maquillaje, sin la nariz de payaso. Sin la excusa de los
globos de caniches y espadas.

Ahora estaba el “mientras tanto”. Y en esa parte de la historia, estaba yo.
Enamorándome de su actitud tan estoica. Admirando su templanza.
Deseando tener una madre así para mis hijos. Y no quise esperar más.
Una tarde de verano, relajados en una cervecería, la miré con ojos inquisidores
y noté que sus cejas ya no estaban caídas. Su sonrisa parecía infinita. Me acerqué
y le dije que la amaba. Me besó apenas y con los ojos cerrados. Nos olvidamos de Palermo
y de Misiones. Terminamos la cerveza y nos volvimos juntos para González Catán.

© Gabriel Chazarreta es escritor. Su primer libro publicado se llama «OLIVER y el secreto del universo sin tiempo». Pueden contactar al autor a través de Ig @gabrielchazarretaok. Su libro pueden conseguirlo en Instagram, en @librerialibrosdepapel. Este cuento es inédito, fue presentado en la edición de la feria por el mes de la mujer en el stand de librería Libros de Papel.

23/02/2022

XII

Filed under: Poesías — Stella Roque @ 16:21
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* Por Rolando Martiñá

A MENUDO ME OLVIDO

DE LA ESENCIAL TRISTEZA DE MIS HUESOS

Y ALZO UNA COPA

Y ME SONRÍO.

OTRAS VECES ME OLVIDO

DE LA ESENCIAL CADUCIDAD DE TODO EL RESTO

Y PORQUE LLUEVE O TRUENA

ME HAGO UN LÍO.

Y DE OLVIDO EN OLVIDO

VA LA HISTORIA.

VIVIR

ES UN TRASPIÉ DE LA MEMORIA.

© Rolando Martiñá tiene publicados doce libros, entre ensayos, libros de educación, cuentos y una novela. Están disponibles (porque los demás se encuentran agotados): «Cuentos de todos los amores», «Fin de siglo» (novela), y «Dicho sea de paso. Hojas sueltas», último libro publicado en 2021. Podés buscarlos en Mercado Libre, en Amazon y Tematika.com

07/01/2022

EL RÍO

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 19:14

Por Rolando Martiñá

Dicen que una vez —sólo una vez— un desconocido se acercó a Heráclito que meditaba a orillas del río.

Tras un rato de silencio, el extraño comentó en voz baja:

—Así que éste es el famoso río…

—Sí, el que ya no es —comentó el filósofo sin mirarlo.

Nuevamente silencio. Luego, siguieron:

—Pregunté en la aldea y me mandaron acá” —dijo el otro.

—Sí, claro, cuando usted preguntó era, ahora no…
 —¿Por qué? —insistió el hombre.

—Porque el agua que vi pasar hace  un rato, ya no es ésta.

Nuevamente, silencio.

—O sea, que la que no es la misma es el agua… ¿pero el río es sólo el agua? ¿Y el cauce, el paisaje, el nombre por el cual pude llegar acá?

Por primera vez el filósofo giró su cabeza, lo miró fijamente y le dijo:

—Siéntese a mi lado, buen hombre, ya podemos empezar a hablar…

 © Rolando Martiñá tiene publicados doce libros, entre ensayos, libros de educación, cuentos y una novela. Están disponibles (porque los demás se encuentran agotados): «Cuentos de todos los amores», «Fin de siglo» (novela), y «Dicho sea de paso. Hojas sueltas», último libro publicado en 2021. Podés buscarlos en Mercado Libre, en Amazon y Tematika.com

23/12/2021

CONSEJO PARA UN LOCO MODERNO

Filed under: Relatos — Stella Roque @ 12:17

*Por Gabriel Chazarreta

¡Hey, loco histriónico! A vos te hablo. Oíme…, frenate un poco. Porque… ¿sabés qué?, un día no vas a estar más en este mundo. Y todos los que hoy te rodeamos, seremos una generación olvidada. Aunque hoy estemos en movimiento y no parezca. Sí, ya lo sé; no pudiste parar un minuto para pensarlo.

No te alcanzó el tiempo. No te preocupes, a nadie le sobra. Son muy pocos los que son capaces de administrarlo. Y más limitados aún, los que tienen el placer de derrocharlo. Esos, son locos de élite. Locos privilegiados. Esos son millonarios. Lo tienen casi todo.

Hey, loco testarudo, atendeme. No enloquezcas más. No te excedas. Loco, apenas un poco. Y es suficiente. Guardate un poco de cordura, como para poder entender lo que te estoy diciendo. Y ahora que te lo recuerdo: ¿qué pensás? Qué distinto que es cuando te lo dicen.

No malgastes tus horas. Entregá tus minutos a quien lo merezca. Y hacelo antes de que sea tarde. No maltrates los minutos, porque el tiempo está siempre ahí, soplándote las orejas. No permite que te relajes. Menos aún pensar. Eso es demasiada pérdida.

Por eso te entiendo. No me expliques nada, si yo mismo lo viví. Para escribir esto, tuve que dejar de hacer cosas importantísimas. Agarrale la mano a la persona que amás. Decile que la deseas profundamente. No se lo escribas, ni le envíes un emoji. Decíselo con palabras. Mirala a los ojos intensamente, a ver quién baja primero la mirada.

Es difícil lograrlo. ¿Era más fácil enviarle un mensaje, no? Y, sí, al final de cuentas, siempre la tecnología nos supera. Nos aleja y nos hace débiles. ¿Quién fue el CEO que, en representación de todos, pactó con el diablo? ¿Quién lo votó? Qué curiosidad que me da. Nos ofrece todo.

Pero nos quitó lo más importante. «Lo sustancial»: “la atención en el otro”. Quisiera tenerlo frente a mí para poder hacerle algunos cuestionamientos. Nos ofreció la comodidad y nos volvió holgazanes. Todos somos sus víctimas, y él es nuestro verdugo. Yo mismo estoy publicando esto en una red social.

Pero… a decir verdad, ¿quién se tomaría diez minutos para oírme si se los leo? La verdad. Nadie dispone de tanto tiempo.

Abrazá a tus hijos. Bien fuerte, hasta que le duelan los huesos. Dale un beso en cámara lenta. Al menos un minuto. Dejale las mejillas rojas. Hacé algo espectacular con ellos. Como tirarte de un tobogán gigante. O solamente tomarte un helado. Y si se le cae y se mancha toda la ropa, si podés comprale otro; pero primero morite de la risa con él para fijar ese momento en su memoria. Será inolvidable para él. Se va a instalar en su cabeza. Como el día que tu papá te pescó sin entrar al colegio, pero no te dijo nada.

¡Hey, loco fumado! ¿Quién te dijo que podés arreglártelas solo? Tus amigos te necesitan. Y vos a ellos. No existe la amistad de uno mismo. Y ninguno se necesita más que el otro, alcanza con estar en su lista. Con atender el teléfono o responder los mensajes. Pero no esperes a que lo hagan. Ofrecé aunque no te lo pidan y recibí lo que te den, agradeceles. Juntate a comer una pizza. Del cartón nomás, que el queso se haga un hilito, y quémense las manos.

Escuchalos, cuidalos. No te quejes si a vos no te escuchan. Hacete oír. Gritá si es necesario. Desparramá tus inquietudes. No sos el eje de todo lo que te rodea. Pero sos muy importante en ese escenario. Tanto como los demás.

¿Qué más puedo decirte? Si ya te dije lo más importante. Y mientras leés esto, el tiempo sigue tu sombra. Pero no le tengas miedo. Hacele frente. Ignoralo y viví. No reniegues del pasado. No va a volver. Y se supera. No te inquietes con el futuro. Preocupate por estar preparado, hará que te equivoques menos.

Sé feliz con lo que encuentres. Con lo que tengas. No pidas tanto. Después no sabrás administrarlo. Viví con lo que te den, pero intensamente. No vivas a medias. Ya te lo he dicho. Un día te vas a ir. Y ahí sí, ya no tendrás más tiempo…

 © Gabriel Chazarreta es abogado y escritor. Su último libro publicado se llama «Oliver y el secreto del universo sin tiempo». Podés conseguirlo escribiendo por mail a librosdepapel2019@gmail.com

Este relato publicado es inédito.

25/11/2021

JUEGUITO

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 15:19
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*Por Luis Duarte

Murió Maradona, dicen en la FM. Augusto deja de tipear y se mira con los demás compañeros de oficina que están igual de congelados. Ninguno habla, transitan ese mismo vacío con la atención puesta en la abrochadora, un clip, un par de gomitas, una vieja carpeta de folios. Prenden el televisor de la cocina y comprueban lo irremediable: El Diez se ha ido.

Cientos de periodistas compiten por la frase más original. Augusto sale del edificio, cruza la calle, se mete en el bar del Polaco. Voy a llamar al viejo, piensa. Se da una palmada en la frente y se dice sos un boludo, cómo te vas a olvidar que el viejo lleva muerto cinco años. Sus pensamientos son un malambo. Pide un whisky doble. El barman se lo sirve y él le dice si puede bajarle el volumen a la televisión. Prefiero el silencio, ¿sabés? La noticia recorre el mundo más rápido que el alcohol su cuerpo. Aunque sin sonido, la tele rememora el gol a Grecia en el mundial de Estados Unidos, el pase al “Cani” rodeado de piernas brasileñas en Italia 90, un cabeza con Pelé en un estudio de televisión, y Augusto cada tanto deja de mirar el piso y levanta la cabeza, no sabe cómo hacer para extirpar ese nudo en la garganta. No puede ser, se repite, es imposible. Termina de tomar, se cuelga mirando el fondo del vaso, palpa la ausencia y llora apoyado en la barra: son lágrimas que surfean el planeta. Le pega tal piña a la barra que le sangran los nudillos.

—Y… sí —dice el Polaco que se le acerca—, estamos todos igual, viejo. No se puede creer. ¿Qué gracia va a tener ahora ver fútbol? Pero…, ¿sabés algo? Hay que seguir, mi amigo, no se puede aflojar. No, no, de ninguna manera. Ahora: a inflar bien grande el pecho, a putear a los tanos…, infiltrarse el tobillo y seguir… Sí, carajo: seguir…, porque así lo hubiera querido El Diego. Tomá. —Le ofrece unas servilletas de papel—. Limpiate esa mano. ¿Viste qué ironía, no? A veces la realidad le toma la leche al gato.

—A ver si paran un poco las dos viudas —dice, desde una mesa, un grandote arrugado con un chop en la mano—. Este como jugador habrá sido un fenómeno, no lo niego, pero como persona…

—¿Pero qué te pasa, salame? —dice Augusto que gira la cabeza pero no el cuerpo—. A ver, decime… ¿vos siempre tuviste el ropero con ropa limpia? ¿Qué sos, impoluto? Para juzgar, no solo al Diego sino a cualquier mortal, tenés que sacarte la pelusa del ombligo. Y después hablamos. Escuchá y avivate —Se levanta, abre los brazos—: Juan 8:1-7, escuchá bien:

“Y Jesús se fue al monte de los Olivos, y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Escribas y fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieron en preguntarle, se enderezó y les dijo: el que de ustedes esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”.

El goteo de una canilla acentúa el silencio. Augusto se chupa la sangre de los nudillos, ordena que le sirvan otro trago igual, después otro, y varios más. El grandote paga y se va. Ya es de noche cuando Augusto se levanta para irse. El Polaco le aconseja no salir. Afuera está muy peligroso, le dice. Pero él ni pelota, sale a la calle como un toro enjabonado. Todo le da vueltas. Unos pibes que revuelven la basura lo reubican en esa desolada avenida de Buenos Aires en tiempo y espacio. Busca un lugar donde guarecerse de la tormenta que le trajo la noticia, pero todo está cerrado. Todo es luto. La ciudad llora desconsoladamente. Se jura: Este ñato me va a oír, este ñato me va a oír, carajo. Augusto se siente una esponja usada, un molusco a contramano. Su cielo ha entrado en cortocircuito y el agua en sus medias. Camina sin rumbo hasta que ve una gran puerta verde abierta. Entra. La oscuridad lo engulle, cree oír voces. Camina ladeándose, tantea. Ve una luz en el fondo, y tambaleante se dirige hacia ella murmurando: Vas a escuchar lo que tengo para decirte, infeliz, vas a ver. Te digo más… Si algún día me topo con vos en un desierto, te ofrezco una anchoa, te lo juro por vos. Le viene a la mente el gol de El Diego a los ingleses y el relato de Victor Hugo. Embebido en esa oscuridad, abre la boca para gritar goool goool, hijos de puta, goooool;pero, eyectado desde la mismísima tráquea, le sale un llanto hueco y sordo. Sin darse cuenta, se apoya en una puerta y esta se abre. Entra. Y oootra vez arranca: Quiero ver tu cara de nada cuando te lo pregunte, ya vas a ver.

En un rincón, junto a un perchero, hay un espejo con una luz diminuta arriba. Camina hasta ahí. Saluda al que ve del otro lado, el Otro le guiña un ojo. Como puede, abre otra puerta que lo lleva a otra por donde apenas pasa una persona. Augusto aparece en un escenario, está en la escena: una guillotina, un verdugo y un condenado. El verdugo le dice al reo si quiere decir sus últimas palabras.

—Sí, claro. Dios, ayudame —suplica—, no dejes que me hagan esto, por favor. Te lo ruego, Mi Señor, ayudame, ayudame, por favor.

Empapado y tambaleante, Augusto le saca la máscara al verdugo, le pega una patada en el culo y levanta la cuchilla superior de la guillotina. El público hace un silencio esférico, malicioso. Augusto ayuda al condenado a levantarse, lo abraza, parecen danzar. A la distancia, el verdugo le hace gestos a alguien que está fuera de escena. Acto seguido discute con el reo. Augusto, al lado, escucha manteniendo el equilibrio. Los actores le piden disculpas al público y salen de escena, un par de aplausos altruistas los acompaña. Augusto levanta la máscara del piso y se la calza. Ubica la cabeza en la guillotina:   

—Hola, Gran DT…, ahora soy yo. Ayudame, sí, pero a ahogar esta tristeza. No puedo más… Y no le hagas caso a nadie, vos ya sos grande: hacé lo que tengas que hacer, total, ya manchaste la pelota, me da lo mismo. Pero, esperá: antes quiero hacerte una pregunta. ¿De qué sirve tu experimento acá abajo, si te llevás un hijo cada dos mil años?

Suena música de arpas, y el público aplaude de pie. Un rayo pega en el techo del teatro, de inmediato el cable principal del tablero de luces se columpia por toda la sala. En estampida la multitud busca escapar por cualquier lado: tarde, el fuego los inunda en manada. A los pocos minutos, el teatro es un enorme cenicero humeante.

Mientras tanto, Augusto y los espectadores ovacionan de pie a un nene de 60 años que le hace jueguito al dueño del Gran Teatro, que mientras lo observa llora y se ríe, sin saber por qué.

*Luis Duarte, escritor argentino, hizo de este cuento inédito un sentido homenaje a Maradona en el primer año del fallecimiento. La productora Narrativa Radial lo convirtió en audio cuento. Pueden verlo en https://www.youtube.com/watch?v=xuewKetMKus&t=9s

30/07/2021

Faro y abrigo

*Por Jorge Razumny

Del mismo palo

O de cualquier palo

Sin ser familia

Nos elegimos

Yo soy de ti

Tú eres de mí

Suplementarios

Complementarios

Somos así

Grandes compinches

Casi siameses

Por elección

Viviendo cerca

Viviendo lejos

Siempre pendientes

Uno del otro

El otro de uno

Somos así.

Las discusiones

Sin concesiones

Fiestas y risas

Duelos y llantos

Viajes y logros

Nos admiramos

Hasta peleamos

Y uno se parte

Si el otro parte

Oreja abrazo

Faro y abrigo

Somos amigos

Somos así

© Jorge Razumny es médico endocrinólogo, escritor y dibujante. Tiene publicado un libro de cuentos “Cuento que te cuento”, uno de sus relatos fue premiado, otro convertido en cortometraje y uno más leído a micrófono abierto. También tiene escrito cuentos inéditos y esta poesía que hoy nos regala en el mes del amigo. ¡Gracias, Jorge!

22/06/2021

Desvelo y sueños

Filed under: Poesías — Stella Roque @ 19:10
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Vigilia, noche avanzada.
Aletean pensamientos,
y sueños
que se me escapan
por mis ojos
bien abiertos.
El inconsciente al desnudo
logra emerger
sin barreras.
Impiadoso, amenazante,
mezclando temas
y tiempos.
Retazos espiralados
que reverberan
por dentro.
Y caen por acantilados
en la negrura
del tiempo.
Fotos deshilachadas
de hechos
que fueron míos.
Cual mensajes encriptados
que desconozco.
Y maldigo.
Noches de insomnio
y brujas.
De hechizos, magia
y alquimia.
Noches del todo o nada.
De misterios. Y antivida.

© Jorge Razumny es médico endocrinólogo y escritor. Tiene publicado un libro de cuentos «Cuento que te cuento», uno de sus relatos fue premiado, otro convertido en cortometraje y uno más leído a micrófono abierto. También tiene escrito cuentos inéditos y esta poesía que hoy nos regala.

14/06/2021

Disculpe Ud. Don Borges

…Disculpe que perturbe su descanso, Maestro, pero ¿sabe Usted? Necesito comentarle algunas cosas, ya que, como usted bien ha sabido, no abundan por acá los buenos interlocutores. Y me tomo el atrevimiento porque la Providencia así lo ha determinado, aunque le parezca mentira…

Cuando aún estaba comenzando a recorrer mis laberintos, Don Borges, yo lo he conocido, pero claro, seguramente eso no fue recíproco porque ninguno de los dos estaba en condiciones de que lo fuera. Usted no parecía tener ojos ya más que para sus papeles y sus libros, y  yo era entonces un chiquilín, uno de tantos escolares pobres y rutinarios que usted debía escuchar pasar todos los días por los pasillos de la vieja Biblioteca de la calle Carlos Calvo…

“Almagro, ¡gloria de los guapos…!”. Si se lo habré oído proclamar con voz y pinta de carrero a mi tío Blas, que justamente vivía con mi tía Dionisia y sus hijas Alma y Aurora en lo que había sido un corralón de chatas, convertido ahora en un enorme y levemente misterioso caserón, ubicado apenas a dos cuadras de la Biblioteca. Razón por la cual, de vez en cuando, como para cambiar la rutina (aunque ellas arguyeran que iban a estudiar), la visitábamos, y de paso la dejábamos tranquila por un rato a la tía Dionisia, harta de vigilarnos, mientras trepábamos a la higuera, curioseábamos en el viejo establo o jugábamos a las escondidas de un modo que consideraba impropio y que sólo mucho más tarde fui capaz de ligar con mis repetidos intentos de esconderme largo rato con Aurora, que era mucho más accesible a mis excitantes investigaciones de sus propios lugares ocultos. Claro que la buena tía tenía también sus secretos: aprovechaba esos intervalos de soledad para atiborrarse de facturas y llorar a lágrima viva con los novelones de la tarde, con la oreja pegada al receptor y la mirada vigilante fija en el portón, por donde de un momento a otro podía aparecer “el Blas” y retarla por comer basura y escuchar también.

 Eran una pareja curiosa y extrañamente simétrica: ella era gorda de cuerpo y alma. Él era vegetariano, ayunador y anarquista, aunque acerca de esto último sólo cumplía con algunos rituales vinculados a su idea del trabajo como una maldición bíblica, su aspiración a una bohemia bucólica y la costumbre de ponerles nombres alegóricos a sus hijas. Ambos soñaban pero, al parecer, en ninguno de sus sueños estaba incluido el otro. Y en el caso de Dionisia, ni siquiera ella misma: deseaba para sus hijas un destino de actrices o cantantes, mientras el Blas pugnaba por desligarse de toda atadura y andar “en pata” por el campo.

Al parecer –y esto comencé a sospecharlo mucho después– tanto los separaba la mesa como la cama, y las urgencias del varón llevaron a Blas a consultar, según mentas, a su amigo Solís, una especie de Gandhi arrabalero, tan bohemio como él pero visiblemente menos higiénico, a quien consideraba una especie de “gurú”. “Ella engorda cada vez más” –le habría dicho– “y eso me aleja… Es cierto que mis ayunos purificadores influyen también, pero cuando vuelvo con ganas y la veo así…”. El hombre hizo una pausa, mientras daba dos o tres reflexivas chupadas al mate y luego dijo en voz baja: “Me extraña, che… justamente vos… Decime, ¿vos querés de ella algo más que su exterior?”. Blas, algo sorprendido, habría respondido que sí, que los años, que las hijas… “Bueno, entonces, dejala así… Y ponele este yuyo al mate que cuando te haga efecto ni te vas a dar cuenta de quien se trata…”. Parece que Blas siguió el consejo. Y parece que Dionisia consideró los renovados bríos de su esposo como una aprobación y no paró nunca más de engordar…

¡Cosa rara la gente..! Lo que los separaba los unió y lo que podía haberlos unido los separó cada vez más… Pero no sé por qué le cuento a usted estas cosas, Maestro. ¡Qué pueden importarle a usted estas pequeñas historias de barrio! O quizá me equivoco, quizá le hubiera interesado que en alguna de aquellas tardes yo le hubiera contado esta historia, si la hubiera sabido como la sé hoy… Esta historia de paradojas y simetrías en un barrio de guapos. Esto que ocurrió tan cerca de usted como de mí, y que ambos ignoramos durante tantos años… No sabe cómo me entusiasma, Maestro, la idea de que pudimos haber compartido este relato y que ahora se me ocurre un buen regalo de cumpleaños, porque por eso estoy acá, Maestro… Estamos celebrando…Y yo, sentado en uno de estos viejos bancos, entre anaqueles que exudan años y el desfile de personajes diversos, espero que llegue Aurora, que me prometió venir para que la ceremonia fuera completa.

Por ella supe, no hace mucho, que la historia de Blas y Dionisia terminó abruptamente: una vez más, se separaron juntos. O se juntaron separados…  Lo cierto es que la muerte les acaeció casi al mismo tiempo. Ella cayó abatida por un perentorio cáncer intestinal que para muchos fue una especie de última y clamorosa protesta de ese cuerpo tan privado y tan harto. De la muerte de él, poco tiempo después, se enteraron unos vecinos por los ladridos del perro, su única compañía desde que se había exiliado en una isla del Tigre, según algunos inmolándose en aras de sus principios y según otros porque una tarde de verano, Dionisia, tras haber acopiado víveres para un mes había cambiado la cerradura, y atrincherada en el viejo caserón le había negado la entrada una y otra vez hasta doblegar su voluntad, que nunca había sido mucha, en realidad…

Alma y Aurora habían discrepado –como casi siempre y en casi todo– acerca de la verdadera causa de tan drástica e inesperada decisión de su madre. Aurora, la más parecida a Dionisia en lo romántica y soñadora, decía cosas como “nunca se quisieron”, “una pareja sin amor no puede perdurar”, “él se va, pero ella lo echa”, y otras por el estilo. Osciló toda su vida entre ambos, si decidirse a odiar a ninguno, pero poco a poco empezó a distanciarse, de ellos y de todo, y a inventarse un mundo propio, en el cual la Biblioteca ocupaba un sitio muy especial. Aún cuando ya habíamos abandonado nuestros juegos prohibidos, solíamos pasar horas viajando con Julio Verne, Salgari o Corín Tellado, aparentemente decididos a olvidarnos de todo.

Alma, en cambio, los odiaba con ferocidad. Disponía de una mente práctica y un lenguaje mordaz y mantenía una guerra sorda y obstinada especialmente con su padre, a quien consideraba una especie de monstruo, cebado por la increíble imbecilidad de su madre. Su versión de los hechos era muy otra y aludía a un episodio aparentemente menor ocurrido durante la fiesta de su noveno cumpleaños: habían ido más chicos que nunca, el patio de la vieja casa estaba repleto de guirnaldas y globos de colores y Dionisia había preparado una torta de vainillas borrachas elogiada por todo el mundo. Cuando llegó la hora de la canción y las velitas, la orgullosa madre fue en busca de su obra de arte y sólo encontró la gran fuente llena de pequeños restos. Frente a frente, con sendas cucharas en la mano y la infaltable pava sobre la hornalla, Blas y Solís mateaban, comían y charlaban animadamente y casi ni se percataron del gesto terrible con que Dionisia exclamó entre dientes: “¡Esta me la pagás!”. Aurora no supo nada hasta mucho después, en cambio Alma había alcanzado a presenciar la escena, y a partir de ahí, al parecer, las cosas comenzaron a desarrollarse lenta pero inexorablemente…

  Discúlpeme, usted, Maestro, no quisiera molestarlo en demasía, pero no abandono la esperanza de que entre usted y yo, (dicho sea con todo respeto y salvando las distancias) se cree esa cierta complicidad de los que no se resignan a aceptar que la factura del gas sea más importante que la Divina Comedia. Sería muy grato para mí creer que formamos parte de la misma cofradía, Maestro, y lograr que este cumpleaños no fuera como aquel de tan triste memoria que acabo de mencionarle. De todos modos, Maestro, no se preocupe… Yo lo sé muy celoso de su tiempo, pero no se preocupe, que esta historia va llegando a su fin…Es una lástima que no llegue Aurora… Porque hubiera sido muy diferente estando ella, pero debí imaginármelo cuando los del Pabellón me dijeron que todo dependía de cómo se levantara hoy, que estas enfermedades son cíclicas y que si estaba en un mal día no iban a arriesgarse a dejarla salir, así que habrá que comenzar sin ella. Quizá usted se haya interesado tanto en el asunto que se pregunte por Alma. Si así es, halagado en mi vanidad, debo decirle que no sé de ella desde que desapareció misteriosamente el mismo día de la muerte de su padre, sin enterarse siquiera de que como ninguna policía del mundo investiga una muerte así, nadie encontró nunca el frasco de veneno para ratas forrado en papel de diario que enterramos con Aurora pocos días después…

Bueno, Maestro, ha llegado la hora. Deberé ascender por la marmórea escalera que parece llevar a un túmulo funerario y disponerme a escuchar a alguien que hablará de Borges. Intuyo que usted, si pudiera, intentaría disuadirme pero, ya que he venido, y no habiendo forma mejor… Además, estimado Maestro, permítame recordarle que la Biblioteca es un mundo… Y en el mundo hay lugar para todos…

© Rolando Martiñá. Escritor argentino, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Tiene publicados ocho libros de educación, dos de cuentos, y su última novela “Fin de siglo”. Actualmente están disponibles para la venta, “Cuentos de todos los amores” y “Fin de siglo”. Visitá a Rolando Martiñá en Fb @rolando martiñá escritor.
Tienda on line: http://www.librosdepapel.mercadoshops.com.ar

07/06/2021

Palabras cruzadas

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 19:53
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En algún momento de la eternidad usted se cruzará con el presente. La línea vertical que comenzó en un remoto ancestro y culminara en remotos descendientes, chocará con la línea horizontal, una especie de ciénaga donde luchan por sobrevivir muchos de los que pasaron por lo mismo.

Algunos le darán la bienvenida. Otros jamás se enterarán. Así que usted, con un poco de ayuda, aprenderá de aquellos y hará todo lo posible para sobrevivir también.

Poco a poco se va dando cuenta de cómo son las cosas y, si los astros le son propicios,  intentará expresar de algún modo la tremenda experiencia. Por momentos prevalecerán las palabras verticales y por momentos las horizontales.

Finalmente, la línea vertical, ya sin usted, continuará su viaje y repetirá de tanto en tanto la experiencia.

 Y usted se habrá ido, pero no del todo.

© Rolando Martiñá. Este es un cuento inédito que escribió el viernes 4 de junio de 2021. Dicho escritor cuenta con una trayectoria literaria en la que reúne publicados 8 libros de educación, 2 libros de cuentos, y su única y última novela «Fin de siglo». Próximamente se editará su último libro de cuentos «Dicho sea de paso». «Hojas sueltas».

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SARA DE MIGUEL

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