Escrito en el blog

14/06/2021

Disculpe Ud. Don Borges

…Disculpe que perturbe su descanso, Maestro, pero ¿sabe Usted? Necesito comentarle algunas cosas, ya que, como usted bien ha sabido, no abundan por acá los buenos interlocutores. Y me tomo el atrevimiento porque la Providencia así lo ha determinado, aunque le parezca mentira…

Cuando aún estaba comenzando a recorrer mis laberintos, Don Borges, yo lo he conocido, pero claro, seguramente eso no fue recíproco porque ninguno de los dos estaba en condiciones de que lo fuera. Usted no parecía tener ojos ya más que para sus papeles y sus libros, y  yo era entonces un chiquilín, uno de tantos escolares pobres y rutinarios que usted debía escuchar pasar todos los días por los pasillos de la vieja Biblioteca de la calle Carlos Calvo…

“Almagro, ¡gloria de los guapos…!”. Si se lo habré oído proclamar con voz y pinta de carrero a mi tío Blas, que justamente vivía con mi tía Dionisia y sus hijas Alma y Aurora en lo que había sido un corralón de chatas, convertido ahora en un enorme y levemente misterioso caserón, ubicado apenas a dos cuadras de la Biblioteca. Razón por la cual, de vez en cuando, como para cambiar la rutina (aunque ellas arguyeran que iban a estudiar), la visitábamos, y de paso la dejábamos tranquila por un rato a la tía Dionisia, harta de vigilarnos, mientras trepábamos a la higuera, curioseábamos en el viejo establo o jugábamos a las escondidas de un modo que consideraba impropio y que sólo mucho más tarde fui capaz de ligar con mis repetidos intentos de esconderme largo rato con Aurora, que era mucho más accesible a mis excitantes investigaciones de sus propios lugares ocultos. Claro que la buena tía tenía también sus secretos: aprovechaba esos intervalos de soledad para atiborrarse de facturas y llorar a lágrima viva con los novelones de la tarde, con la oreja pegada al receptor y la mirada vigilante fija en el portón, por donde de un momento a otro podía aparecer “el Blas” y retarla por comer basura y escuchar también.

 Eran una pareja curiosa y extrañamente simétrica: ella era gorda de cuerpo y alma. Él era vegetariano, ayunador y anarquista, aunque acerca de esto último sólo cumplía con algunos rituales vinculados a su idea del trabajo como una maldición bíblica, su aspiración a una bohemia bucólica y la costumbre de ponerles nombres alegóricos a sus hijas. Ambos soñaban pero, al parecer, en ninguno de sus sueños estaba incluido el otro. Y en el caso de Dionisia, ni siquiera ella misma: deseaba para sus hijas un destino de actrices o cantantes, mientras el Blas pugnaba por desligarse de toda atadura y andar “en pata” por el campo.

Al parecer –y esto comencé a sospecharlo mucho después– tanto los separaba la mesa como la cama, y las urgencias del varón llevaron a Blas a consultar, según mentas, a su amigo Solís, una especie de Gandhi arrabalero, tan bohemio como él pero visiblemente menos higiénico, a quien consideraba una especie de “gurú”. “Ella engorda cada vez más” –le habría dicho– “y eso me aleja… Es cierto que mis ayunos purificadores influyen también, pero cuando vuelvo con ganas y la veo así…”. El hombre hizo una pausa, mientras daba dos o tres reflexivas chupadas al mate y luego dijo en voz baja: “Me extraña, che… justamente vos… Decime, ¿vos querés de ella algo más que su exterior?”. Blas, algo sorprendido, habría respondido que sí, que los años, que las hijas… “Bueno, entonces, dejala así… Y ponele este yuyo al mate que cuando te haga efecto ni te vas a dar cuenta de quien se trata…”. Parece que Blas siguió el consejo. Y parece que Dionisia consideró los renovados bríos de su esposo como una aprobación y no paró nunca más de engordar…

¡Cosa rara la gente..! Lo que los separaba los unió y lo que podía haberlos unido los separó cada vez más… Pero no sé por qué le cuento a usted estas cosas, Maestro. ¡Qué pueden importarle a usted estas pequeñas historias de barrio! O quizá me equivoco, quizá le hubiera interesado que en alguna de aquellas tardes yo le hubiera contado esta historia, si la hubiera sabido como la sé hoy… Esta historia de paradojas y simetrías en un barrio de guapos. Esto que ocurrió tan cerca de usted como de mí, y que ambos ignoramos durante tantos años… No sabe cómo me entusiasma, Maestro, la idea de que pudimos haber compartido este relato y que ahora se me ocurre un buen regalo de cumpleaños, porque por eso estoy acá, Maestro… Estamos celebrando…Y yo, sentado en uno de estos viejos bancos, entre anaqueles que exudan años y el desfile de personajes diversos, espero que llegue Aurora, que me prometió venir para que la ceremonia fuera completa.

Por ella supe, no hace mucho, que la historia de Blas y Dionisia terminó abruptamente: una vez más, se separaron juntos. O se juntaron separados…  Lo cierto es que la muerte les acaeció casi al mismo tiempo. Ella cayó abatida por un perentorio cáncer intestinal que para muchos fue una especie de última y clamorosa protesta de ese cuerpo tan privado y tan harto. De la muerte de él, poco tiempo después, se enteraron unos vecinos por los ladridos del perro, su única compañía desde que se había exiliado en una isla del Tigre, según algunos inmolándose en aras de sus principios y según otros porque una tarde de verano, Dionisia, tras haber acopiado víveres para un mes había cambiado la cerradura, y atrincherada en el viejo caserón le había negado la entrada una y otra vez hasta doblegar su voluntad, que nunca había sido mucha, en realidad…

Alma y Aurora habían discrepado –como casi siempre y en casi todo– acerca de la verdadera causa de tan drástica e inesperada decisión de su madre. Aurora, la más parecida a Dionisia en lo romántica y soñadora, decía cosas como “nunca se quisieron”, “una pareja sin amor no puede perdurar”, “él se va, pero ella lo echa”, y otras por el estilo. Osciló toda su vida entre ambos, si decidirse a odiar a ninguno, pero poco a poco empezó a distanciarse, de ellos y de todo, y a inventarse un mundo propio, en el cual la Biblioteca ocupaba un sitio muy especial. Aún cuando ya habíamos abandonado nuestros juegos prohibidos, solíamos pasar horas viajando con Julio Verne, Salgari o Corín Tellado, aparentemente decididos a olvidarnos de todo.

Alma, en cambio, los odiaba con ferocidad. Disponía de una mente práctica y un lenguaje mordaz y mantenía una guerra sorda y obstinada especialmente con su padre, a quien consideraba una especie de monstruo, cebado por la increíble imbecilidad de su madre. Su versión de los hechos era muy otra y aludía a un episodio aparentemente menor ocurrido durante la fiesta de su noveno cumpleaños: habían ido más chicos que nunca, el patio de la vieja casa estaba repleto de guirnaldas y globos de colores y Dionisia había preparado una torta de vainillas borrachas elogiada por todo el mundo. Cuando llegó la hora de la canción y las velitas, la orgullosa madre fue en busca de su obra de arte y sólo encontró la gran fuente llena de pequeños restos. Frente a frente, con sendas cucharas en la mano y la infaltable pava sobre la hornalla, Blas y Solís mateaban, comían y charlaban animadamente y casi ni se percataron del gesto terrible con que Dionisia exclamó entre dientes: “¡Esta me la pagás!”. Aurora no supo nada hasta mucho después, en cambio Alma había alcanzado a presenciar la escena, y a partir de ahí, al parecer, las cosas comenzaron a desarrollarse lenta pero inexorablemente…

  Discúlpeme, usted, Maestro, no quisiera molestarlo en demasía, pero no abandono la esperanza de que entre usted y yo, (dicho sea con todo respeto y salvando las distancias) se cree esa cierta complicidad de los que no se resignan a aceptar que la factura del gas sea más importante que la Divina Comedia. Sería muy grato para mí creer que formamos parte de la misma cofradía, Maestro, y lograr que este cumpleaños no fuera como aquel de tan triste memoria que acabo de mencionarle. De todos modos, Maestro, no se preocupe… Yo lo sé muy celoso de su tiempo, pero no se preocupe, que esta historia va llegando a su fin…Es una lástima que no llegue Aurora… Porque hubiera sido muy diferente estando ella, pero debí imaginármelo cuando los del Pabellón me dijeron que todo dependía de cómo se levantara hoy, que estas enfermedades son cíclicas y que si estaba en un mal día no iban a arriesgarse a dejarla salir, así que habrá que comenzar sin ella. Quizá usted se haya interesado tanto en el asunto que se pregunte por Alma. Si así es, halagado en mi vanidad, debo decirle que no sé de ella desde que desapareció misteriosamente el mismo día de la muerte de su padre, sin enterarse siquiera de que como ninguna policía del mundo investiga una muerte así, nadie encontró nunca el frasco de veneno para ratas forrado en papel de diario que enterramos con Aurora pocos días después…

Bueno, Maestro, ha llegado la hora. Deberé ascender por la marmórea escalera que parece llevar a un túmulo funerario y disponerme a escuchar a alguien que hablará de Borges. Intuyo que usted, si pudiera, intentaría disuadirme pero, ya que he venido, y no habiendo forma mejor… Además, estimado Maestro, permítame recordarle que la Biblioteca es un mundo… Y en el mundo hay lugar para todos…

© Rolando Martiñá. Escritor argentino, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Tiene publicados ocho libros de educación, dos de cuentos, y su última novela “Fin de siglo”. Actualmente están disponibles para la venta, “Cuentos de todos los amores” y “Fin de siglo”. Visitá a Rolando Martiñá en Fb @rolando martiñá escritor.
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07/06/2021

Palabras cruzadas

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 19:53
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En algún momento de la eternidad usted se cruzará con el presente. La línea vertical que comenzó en un remoto ancestro y culminara en remotos descendientes, chocará con la línea horizontal, una especie de ciénaga donde luchan por sobrevivir muchos de los que pasaron por lo mismo.

Algunos le darán la bienvenida. Otros jamás se enterarán. Así que usted, con un poco de ayuda, aprenderá de aquellos y hará todo lo posible para sobrevivir también.

Poco a poco se va dando cuenta de cómo son las cosas y, si los astros le son propicios,  intentará expresar de algún modo la tremenda experiencia. Por momentos prevalecerán las palabras verticales y por momentos las horizontales.

Finalmente, la línea vertical, ya sin usted, continuará su viaje y repetirá de tanto en tanto la experiencia.

 Y usted se habrá ido, pero no del todo.

© Rolando Martiñá. Este es un cuento inédito que escribió el viernes 4 de junio de 2021. Dicho escritor cuenta con una trayectoria literaria en la que reúne publicados 8 libros de educación, 2 libros de cuentos, y su única y última novela “Fin de siglo”. Próximamente se editará su último libro de cuentos “Dicho sea de paso”. “Hojas sueltas”.

13/05/2021

Escondite

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 14:04
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Palmiro dejó de analizar los números, corrió la taza al centro de la mesa, bostezó y se acarició la panza por encima de la camiseta. Entonces, agarró el control y prendió la tele y, antes de que empezara su programa favorito, miró por la ventana: ya era de noche, hacía frío y se había levantado viento.

Faltaban escasos minutos para el sorteo. Al levantarse, otra vez sintió la puntada en la espalda. La puteó en silencio.

Camino a la cocina, le crujieron los meniscos. Aunque sólo dos viajes le alcanzaron para traerse la cena: cerveza helada y un sánguche de salchichón con mucha mayonesa.

Comió apurado, pendiente de que el viento no le volara las chapas del techo, pero más pendiente de la tele.

Satisfecho, eructó un riff de vocales. La camiseta le había quedado como con hepatitis.

Empezó la trasmisión.

Cuando Riverito dijo cruzando los dedos:

A cruzar los dedos.

Palmiro besó la boleta y la guardó en un bolsillo trasero del pantalón. Chasqueó la lengua y maldijo el parpadeo anárquico de su ojo derecho.

Se había hecho un juramento, que ahora repitió:

—Si gano el pozo mayor, hago un barrio gigante para todos los que viven en la calle.

El resto se lo dejaría al Gonza, su único hijo, así actualizaba de una buena vez las herramientas del taller.

—Justo hoy —pensó en voz alta—, justo hoy tuviste que ir a la cancha, Gonza. Justo hoy tuviste que dejarme solo.

Desde que enviudó, a Palmiro le quedó un vacío tan grande… Y a esa ausencia la venía rellenando con el análisis sesudo de los números del Loto.

Jamás le contó ni a su hijo ni a sus amigos de las bochas que en los últimos dos años había apostado, con fe devota, por el 3, el 6, el 9, el 18, el 27 y el 36. Nunca nadie sabría que gracias a un video de You Tube él había descubierto que el 9 es el número de la mente cósmica, que es creativo, idealista y bondadoso. Que también es intuitivo, imparcial y sincero. Que los principales objetivos del 9 son convertir al mundo en un mejor lugar.

“Ejemplos sobran”, había dicho el tipo del video, y mandó la lista: “el tiempo de gestación del ser humano; en la antigüedad se enterraban los muertos al noveno día; el número de respiraciones de un hombre en un día es de 25.920, que es exactamente el número de años en que el Sol da la vuelta completa (la suma total da 9); antes de adquirir la sabiduría, el dios Odín estuvo colgado 9 días y 9 noches de un fresno; y, en el sermón de la montaña, Jesús pronunció 9 bienaventuranzas.

—¡Bolillas en el aire! —dijo Riverito.

—Empezamos bien, carajo —gritó Palmiro al ver salir el 18—. Bien, Riverito, siga así, no me afloje.

Y en cuanto vio en la pantalla el 36 primero y al 6 después, se sonó los dedos, tragó saliva y agitó un puño.

Después de que salió el 3, Palmiro abrió la boca y la dejó en modo pausa. Restos de mayonesa se resistían a caer de las comisuras. Un frío sudor lo fue envolviendo. El pulso se le había disparado de la gatera, pero él jamás notó las señales de su volcán interno.

La boca seguía abierta.

Un pensamiento relámpago: si Riverito me canta los dos números que me faltan, me pongo en pelotas y doy nueve vueltas a la manzana.

—¡Veintisiete! Dos, siete —dijo Riverito—. Y vamos por el último número de la noche.

Como pudo, Palmiro se levantó de la silla.

Abrazándolo, apoyó la nariz en el televisor. Su aliento neblinó un círculo en la pantalla. Una sequedad se despegaba de su pecho, pero él permanecía ahí, aferrado a un hilo de conciencia, suficiente para oír a Riverito.

—El último número es el… ¡Nueve! —Riverito hizo una pausa—. Bien, todo en orden escribano. Entonces, vamos al centro de cómputos para saber cuántos ganadores hay. ¿Los abrá?

Palmiro oyó un llamado desde el otro lado de un puente. Lo ignoró.

—Recuerden —dijo Riverito—, que el pozo acumulado es de 400 millones de pesos. Ahora sí. A ver, vamos a ver… ¡Un ganador, un solo ganador! ¡Felicitaciones! ¡Hay un nuevo millonario en la Argentina!

Los ojos de Palmiro escupieron lágrimas, y una fuerza ajena a su voluntad lo tumbó.

—Hijo, vení rápido —susurró desde el piso de cemento helado—. ¿Dónde estás, Gonza? ¡Gané el Loto, hijo! No puede ser, gané el Loto. Por fin voy a sacar a la gente de la call…

3 horas después, Gonzalo abrió la puerta. Vio a su padre tirado, la tele encendida. Intentó despertarlo por todos los medios. Lloró sobre él. Y cuando ya se había secado de lágrimas, se alejó, lo observó. Le pareció ver que su padre sonreía.

6 horas después de que Palmiro se supiera millonario, Gonzalo despertaba a familiares y amigos para darles la noticia.

A las 9 horas, llevaban a Palmiro a la cochería del barrio.

18 horas después, Gonzalo coimeó al encargado del servicio fúnebre para que dejaran a su padre con la misma ropa que había fallecido. Quería respetar la voluntad del difunto.

Luego de 27 horas, en gran caravana, llevaron el cuerpo a la Chacarita.

36 horas después, la boleta ganadora respiraba tres metros bajo tierra.

© Luis Duarte, escritor de ficción del género cuentos. Este cuento se puede escuchar en formato podcast dado que fue adaptado y sonorizado por Narrativa Radial.

11/11/2020

El diez

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 17:51
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“Tanto penar para morirse un día…”, se lamentó Miguel Hernández. A sabiendas, como buen poeta, de que en este juego no hay tiempo de descuento que compense tanto penar.


Cuánta pena; cuánta pena y cuánta rabia. Sufre él, sufre la gente, sufre el país…Todo el dolor; ¿el mismo dolor? ¡Pobre país maradónico! ¡Pobre ícono argentino universal! Siempre creyendo, como el célebre personaje de Kundera, que “la vida está en otra parte”. Y, por eso, también la culpa. Y, mientras tanto, cometiendo el único verdadero pecado que los hombres podemos cometer, creamos o no en un Dios personal que nos pida cuentas por eso: el desperdicio de los dones recibidos.


Hubo de todo: hubo feligreses, hubo cómplices, hubo usuarios, hubo confidentes, hubo alguna gente amable… Pero faltó alguien que le dijera lo que necesitaba escuchar: que ya no es un chico; que siempre hay un límite y que si no se lo pone uno, se lo ponen el cuerpo o el mundo. Que para jugar el juego, hay que cumplir las reglas; porque el juego puede seguir sin uno, pero uno no puede seguir sin él, como a la vista está.


Que uno no puede tener sólo derechos y deseos; que también hay deberes y responsabilidades. Que en este negocio de la vida, uno no es sólo acreedor, sino también deudor. Que no hay conspiración alguna del mundo para con uno, salvo la que uno se arma contra sí mismo. Que nadie es tan importante como para eso. Que uno es un simple ser humano, “demasiado humano”, al decir de Nietzsche. Y que uno puede ser, como él, un superdotado, un talento, pero igual es un hombre, un pequeño hombre perecedero, un hombre que come y bebe, que ama y teme, que ronca al dormir…


El diez fue generoso: entregó su talento a manos llenas. O mejor dicho a pies; o mejor aún a manos y pies. Mano de Dios y pies de un ángel, un ángel tocado por la varita mágica que sólo toca a uno en un millón. Y aunque parezca mentira y suene extraño, recibió a cambio más de lo que dio. No menos, sino más: recibió idolatría, y eso es algo casi imposible de cargar. Porque más, no siempre es mejor. Y su respuesta – paradójica, como tantas – no fue renunciar a la idolatría, sino al talento. Y quedó un ídolo vacío, un pobre hombre convertido en una bola incontrolable, tan luego él, que tan bien controló tantas con su maravilloso pie.


Le faltó quien le dijera que es bueno embelesarse con la obra, pero que embelesarse con el autor es muy peligroso, porque es muy difícil dar siempre la talla. Y que no conviene creérsela. Y que no hay línea blanca, ni asado pantagruélico que colmen el vacío, el vacío de la falta de proyectos y de amor…

Quizá todavía haya tiempo. Quizá se pueda lograr tratarlo como al pibe que nunca dejó de ser y obligarlo a cuidarse. Quizá todavía pueda – antes del fin – probar las verdaderas mieles de la felicidad familiar y de la recuperación de sus dones, no ya para desperdiciarlos sino para sembrar. Ojalá haya tiempo aún para que encuentre un modo más bueno y digno de ser inmortal.

© Rolando Martiñá. Es docente, psicólogo y escritor. Tiene publicados 8 libros de educación, dos libros de cuentos relacionados con experiencias terapéuticas, y su última novela “Fin de siglo”.

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26/08/2020

El siete

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 16:55

Fermín se conecta a tiempo para la entrevista. Sirve un vaso de agua y, luego de haberse quitado el saco, los zapatos y la corbata, se acomoda en la silla de su escritorio.

El día laboral lo ha dejado exhausto. Son muchos años en los que su pulso dirige una multinacional con mano de hierro y cerebro de orfebre. A lo largo de su vida ha visto tantos números que se le han metido en los sueños. A pesar de la creciente molestia, hasta hoy no se ha animado a hablarlo.

–Doctora, dejemos por hoy a mis viejos, los pechos de la tía Clotilde y la maestra de primer grado. ¿Puede ser?
–De acuerdo, ¿de qué quiere hablar?
–Vea… tengo un sueño recurrente. Al principio no le di mayor trascendencia, pero en estos últimos días se me ha hecho insostenible.
–Lo escucho.

Fermín toma lo que queda de agua, se acomoda en la silla, suspira y dice:


–Doctora, sueño con el siete.
–Sea un poco más específico, Fermín, por favor.
–¡Es horroroso, doctora! En el sueño, el número 7 me persigue por la calle y me putea.
–¿Y qué le dice?
–¡Que soy un hijo de puta! Que lo dejé en la calle, y lo peor…
–¿Qué es lo peor?
–… no sé si contárselo, porque usted podría pensar que estoy loco.
–Le repito, ¿qué es lo peor, Fermín?

 –Lo peor es que me acusa de ser el responsable de su tragedia.
 –¿Y cuál sería?
 –Que el 8 y el 9 se lo garchan. ¿Me entiende, doctora? Me grita, desencajado, “carnero” y “desalmado”. ¿Qué hago, doctora?

Fermín se quiebra en llanto. Dice que cada vez que ve a al siete en un balance de la empresa, le agarra una taquicardia que le sacude el pecho. Que si no soluciona el problema, piensa contratar a un agente de Bolsa, vender todos sus bienes y armarse una carpita en Choele Choel. Agrega que la semana pasada se había puesto a mirar un video de los mundiales y, cuando lo vio a Garrincha, con el siete en la espalda, empezó a vomitar.

Espere un momento cálmese. ¿Usted que le hizo al siete para que lo acuse así?


–¡Nada, doctora, nada, se lo juro por Bill Gates! -dice Fermín y empieza a tranquilizarse.

–¿Y entonces?
–La semana pasada, cuando empezaron estos sueños, el 7 me confesó que sufría.
–¿Le dijo por qué? -pregunta la analista, y deja de anotar. –Porque, según él, el malnacido que lo pensó, lo dejo con ese palito atravesado en el medio y que, en realidad, es como una daga que le cruza el abdomen.

Fermín se para cual resorte. Se tira de los pelos y su voz se mezcla con el llanto.

–Entiéndame, doctora, ¿no se da cuenta? El pobre siete está sufriendo por mi culpa. Esos dos cretinos se abusan de él porque es más chico que ellos. ¡Doctora, mi vida es un suplicio, dígame, por favor, qué puedo hacer!
–Veamos, vamos a repasar. Pero le pido que, en la medida de lo posible, se calme y utilice términos más acordes con su persona.
–De acuerdo, disculpe -dice y se recuesta otra vez.
–Usted dice que el siete se mete en sus sueños y lo acusa de…
–Ya se lo dije, doctora, que el ocho y el nueve le hacen el amor. O, si usted prefiere, lo pretenden, le arrastran el ala, doctora.
–De acuerdo, ¿qué más?
–Que está agotado de soportar la redondez del ocho sobre él y que el nueve lo maltrata porque el seis lo había abandonado por una consonante… entonces se desquita con él.
–¿Y usted qué quiere hacer, dejar de soñar o solucionar el problema del siete?
–Doctora, vea, con todo respeto: yo vivo de los números, ellos me han dado entera felicidad durante muchos años. No concibo mi vida sin ellos. No me pida que deje de soñar; si eso sucede, voy a empezar a vegetar como esos jovatos que, en las plazas, miran jugar a los demás. No, yo no quiero eso para mí. Deseo, con todas mis ganas, que el siete se libere de lo que lo oprime. Si en una familia, uno de sus componentes sufre, la familia queda amputada, peor que un alma errante que encuentra una lombriz para encarnarse. ¿Se imagina? Quiero que el siete alcance la paz que necesita y recién entonces seré el de siempre.

–Y cuénteme, ¿qué más le sucede?
–¿Le parece poco lo que le conté hasta ahora? -respira hondo y agrega-: no puedo ver la televisión pública, voy a la carnicería del barrio, saco número, y si me llega a tocar el siete, digo “Buenas tardes”, y me cruzo a los chinos a comprar fideos de letras. Se lo juro, doctora. Le digo más: la semana pasada mi sobrino cumplió siete años y no pude ir. Lo llamé a mi hermano y le dije: “Beto, vos sabés que a mí las fiestas me deprimen, ¿no?”
–A ver… le doy una idea: pase todo un día pensando en el diez. Después, a la noche, trate de introducirse en el sueño. Al menos, inténtelo. Y una vez dentro, suelte el diez en la escena donde el siete le hace ese reclamo.
–¿Y qué hago con eso, doctora?
–Fermín, el diez no sólo son dos dígitos juntos: ¡son justicieros! Son la primera pareja de números, como Adán y Eva o bien, como Batman y Robin. Ellos, en el universo numérico, se encargan de rescatar a pobres que, como usted, tienen pesadillas con los números. El uno y el cero son los primeros visitantes en las mentes binarias, amantes del buen vino y los manjares de la vida. A partir de mañana, créame, si hace lo que le dije, su vida dará un vuelco.

Fermín, pensativo, se levanta, da unas vueltas en el lugar, vuelve a mirar a su interlocutora, y animoso le dice:

–Gracias, doctora, la semana que viene le cuento. ¿Qué le debo? -dice y busca papel y lapicera para anotar.
–Y… estábamos medio a mano. La última me pagó las dos sesiones juntas. Aunque, a decir verdad -dice la doctora y revisa su agenda-, me parece que me quedó debiendo siete pesos…


Fermín golpea la cabeza contra la pared. Ella intenta detenerlo pero sus fuerzas son escasas. Aturdido, abre el amplio ventanal del living mientras ella intenta retenerlo por los tobillos. Se sube a la baranda, se tira de cabeza y planea hasta el pavimento.

© Luis Duarte es periodista y escritor. Este cuento pertenece a su libro “Fósforos gemelos”.

18/08/2020

Las redes

He leído en informes que las mujeres somos especialmente activas en las redes.

Muchas reconocen que solo hablan con algunos de sus mejores amigos a través de Fb o Tw.

Una de las principales ventajas de las redes sociales para las féminas, es que les da la libertad de elegir con quién quieren hablar, así como cuál es el mejor momento para hacerlo y afirman que prefiere mantener la relación con sus contactos sociales a través de redes antes que en persona.

Parece que las mujeres realizamos el doble de recomendaciones en redes sociales que en nuestra vida cotidiana; recomendamos muchos productos y servicios online.

“Cada relación es diferente y las personas involucradas pueden decidir si ya conocen lo suficiente en días o meses para celebrar la primera cita en vivo. Si bien no hay reglas, tienden a ser más cautelosos y quieren saber de la vida del otro en profundidad y eso necesita tiempo. En general, las personas con más de 50 años reducen el número de salidas porque no desean perder tiempo con gente que no pueda tener una relación duradera”, explicó Claudio Gandelman, CEO de Match.com para Latinoamérica, un portal para conocer gente por Internet.

“La cantidad de respuestas que reciben mis perfiles es increíble. Al ver mis fotografías me contactan hombres de 22. Y sí, casi podría ser su abuela”. La historia de Laurett Fenn, una joven señora de 50 y pico, que decidió utilizar ese seudónimo en las redes, muestra en ellas, sus impresionantes fotos, que llaman la atención de decenas de varones en poco tiempo.

Por otro lado, hay especialistas en utilizar las redes para ayudar a otros, por ejemplo Lara Asprey, una casamentera de lujo, que a sus 33 años, se ha convertido en una de las personas más influyentes en la toma de decisiones de la alta sociedad, al menos en lo que respecta a decir el ‘sí, quiero’.

Británica ella, también autora de “The Very British Rules of Dating” (“Las muy británicas reglas de las citas” está muy de moda en algunas de las oficinas más deslumbrantes de Londres, Nueva York y otras grandes ciudades).

Las personas de la élite se ponen discretamente en contacto con ella y entonces comienza su misión.

En cuanto recibe la llamada, se pone en marcha y acude a la urbe cosmopolita y al hotel de lujo donde la soliciten y se convierte en la sombra de los aspirantes a esposos que buscan mujer, desesperadamente.

© Silvia Vázquez es editora, escritora, periodista y profesora de inglés. Podés visitarla en http://www.silviavazquez.com.ar y en http://www.lasmusasdespiertas.blogspot.com.

Este fragmento pertenece a su último libro “Acéptalo, ¡tenés 50!”. Disponible en Instagram @librerialibrosdepapel. Buscalo.

14/07/2020

Encuentro

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 18:06
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Cuando salí de casa decidí pasar por la rue Lagrange para visitar a Johnny de quien tenía idea que no estaba pasando buenos días, y sí peores noches. Extrañamente, parecía perdido y me costaba encontrar la calle que desemboca en Lagrange. Reconocía diversos lugares; cafés, mercados, parques, pero la puta Lagrange no aparecía. Pregunté a varios transeúntes y nadie parecía entenderme. De todos modos seguí adelante, porque además de ir a lo de Johnny quería  “estipular un copo las tirogambas”.

Ni bien había hecho unas pocas cuadras hubo un estruendo irreconocible y… desperté. “Mi Dios”, me dije. “Estoy en la cama medio desnudo, a treinta cuadras y unos minutos del encuentro con Stella en un café de Palermo, mi celular es una mierda, que pronto voy a usar de pisapapeles en el escritorio… En fin, llegaría cuando pudiera. No recordaba bien las calles, pero al decir el nombre del café, el tipo asintió y arrancó decidido.

Todavía en ese estado de abombamiento que solía tener por las mañanas, no terminaba de distinguir las cosas, al punto que cuando el tipo me pregunta “por dónde quiero ir” le digo, suelto de cuerpo, “pour Saint Michel”. Murmuró algo así como: “No es hora para jodas”. Y fue por donde quiso y no me habló más.

A los diez minutos estábamos frente a la esquina del Café Cortázar. Pagué, bajé apurado, crucé la calle y entré. Desde una mesa del fondo, me saludó animosa Stella. Le pedí disculpas, ella sonrió  y me propuso cambiar de lugar. Al principio no entendí la razón, pero después caí en la cuenta de que eso más que un café era un santuario: toda una pared estaba decorada con dibujos o fotografías referentes a Julio. Debajo a lo largo, brillaba un hermoso sillón rojo: escenografía perfecta para turistas y también para nosotros. Hicimos varias tomas. Una de ellas, la elegí yo con intenciones simbólicas: justo arriba de mí, había una imagen gigante de Julio que me hizo pensar: “Así está bien; nadie se inspira en alguien más pequeño o que está debajo de uno…”.

Pero la mañana venía accidentada. Pasé del sueño a la pesadilla: un grupo de personas de distintas edades irrumpió en el local hablando a los gritos, justo cuando tras las fotos, estábamos por comenzar a grabar una entrevista. Aunque ya no estaba soñando, se me revolgitaron las espéculas, y casiterminamos haciéndoles saber a ellos de qué estábamos hablando nosotros. Reímos: “no estaba mal, si lográbamos que hablaran así y tanto sobre nuestro tema: mis libros”.

Volvimos a cambiar de lugar y finalmente logramos filtrar nuestro intercambio a través del tumulto. Pagamos, nos levantamos y murmuré al pasar: “Gracias por la difusión”. Ni bola. 

Finalmente pensamos a dúo que para hablar de libros bajo la inspiración de Julio, nada mejor que todo ese quilombo. 

© Rolando Martiñá es escritor, psicólogo y educador. Este cuento es inédito, está inspirado en Cortázar.

19/06/2020

Número equivocado

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 19:42
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Hace seis meses, día más, día menos, comencé a percibir que no todo resulta como uno lo había planeado. Recuerdo bien que en el cumpleaños de mi sobrina Paula, ella me recomendó a una señora que elabora comidas hindúes increíbles y las reparte a domicilio. Como no encontraba la tarjetita me anotó el teléfono en un papel y así fue que decidí llamarla ese mismo fin de semana. A mi esposa y a mí nos fascinan los sabores y aromas exóticos, era una buena propuesta para invitar a unos amigos el sábado a la noche. 

Pero llamé y me atendió una voz femenina que adujo desconocer la casa de comidas. Cortamos e insistí. La voz, ahora aterciopelada y envolvente afirmó: -El número está bien, pero no corresponde, lo tiene equivocado. -Bueno -señalé-, no te molesto más. Pero… escuchame… la cosa es así… ahora que tengo tu teléfono, averiguo bien el de Indian food y si llegaron a publicitarlo de modo erróneo, que lo reimpriman, así no te molestan. Y te aviso. Pero no sé tu nombre… el mío es Rodrigo, Rodi. -Está bien, gracias. Soy Luciana. -Bueno, mucho gusto -señalé-. Ahora vos tenés mi celular también. -Dale, perfecto, ahora estoy retrasada, voy a cortar. -Es ya, sí o sí? -Claro que soy curiosa y charleta, pero no insistas, mi marido me está por pasar a buscar. Dejamos acá. -Bueno, te llamo. -Dale. Desde ese momento, pude advertir que comenzaban a hervir varias áreas de mi cerebro. Percibí a los planetas alinearse. 

La causante del error, mi sobrina, me aclaró más tarde que había anotado un cinco en lugar de un ocho. La comida hindú resultó excelente y todos me felicitaron por la idea. 

Llamé a Luciana el lunes siguiente, le conté, y me dijo: -Sos bastante careta. -¿Hago mal en hablar? Lo que sucede es que creo bastante en el destino y sus designios. Esto es así, un aquí y ahora, causal, que no casual; seremos amigos. Seguro. 
-Soy de acuario, no sé.
-Yo, ariano. Seremos buenos amigos. -Veremos. Y así nos conocimos. Del celular pasamos a Whatsap. Llamadas, y cada tanto, videollamadas. 
-Sos muy linda, no sos sólo una voz cálida. Y por la fotos, tenés una hermosa familia -le dije-. 
-Y vos también, fachero y simpático. Y hablás bien, todo un caballero. 

Poco a poco, día a día, nos fuimos descubriendo. Porteños, edades parecidas, casados ambos. Ella con una nena de cinco años, yo sin hijos. 

Si un día no nos hablábamos, era como que me faltaba algo. Lo hacíamos cuando era posible, sin interferencias familiares, ni de mi estudio de arquitectos ni de su cyber trabajo de correctora de textos. 

Nuestro enfoque de la vida era similar, y nos divertíamos manteniendo acaloradas discusiones con respecto a pintura clásica, abstracta, novelas y teatro. Eso sí… ella de Boca, yo de River. Era como el haber encontrado la aguja en el pajar. Grandes amigos, tal vez algo más que eso, durante ese verano nunca nos propusimos conocernos personalmente. 

Llegado febrero, y sin haber interrumpido nuestros diálogos durante las vacaciones, me dijo que a su esposo lo trasladaban e irían a vivir a Rosario ese mismo mes. 

Y proseguimos con lo nuestro, como si nada, a pesar de la distancia. Milagros del Whatsapp… Y hacia fines de marzo me decidí. 

-Luciana, escuchame, quiero conocerte sin pantallas,no en dos dimensiones sino en tres, percibir tu presencia, sostener una mirada. 
-Rodi, eso no es una buena idea. Somos los dos casados, la infidelidad no es lo mio. Y Rosario es un pañuelo… ¡me pueden ver! 
-Decí que sí, dale. Si hay algo que quisiera en este mundo, desde hace tiempo, es encontrarte. 
-Muuuy peligroso. No me disgustaría, pero es suicida. -Mirá, lo estuve pensando. Para cuidarte, yo iría con mi amigo Andy, que ya aceptó, Nos sentamos los tres, por ejemplo en El Cairo, charlamos, y hasta nos podemos sacar una foto con Fontanarrosa; dale, le decís a tu marido que tenés una reunión de trabajo con dos autores de libros técnicos, ya que los dos somos arquitectos. Y si aceptás, hasta escribo algo y te lo llevo para corregir, por si acaso, todo bien prolijo. 
-Bien pensado. ¿Y tu esposa? -Le dije a Silvia que voy con Andy a un simposio. Arreglado. -Oqui, este sábado a la mañana, a las 12 hs. En El Cairo, cerca de la estatua.Llevaré un vestido blanco. 
-Igual nos conocemos. Por las dudas, yo voy de saco azul con pañuelo rojo en el bolsillo. Beso. 

Andy había aceptado la oferta de ir con mi auto e invitarlo con el día de hotel. Él se haría cargo de la cena y los tragos en Rock & Fellers. 

Era el primer sábado de abril. A Rosario el otoño le otorgaba un colorido especial. Ámbar y ocre, con hojas revoloteando sobre la costanera y el río. El sol de nuestra bandera saludaba al real, que iluminaba desde el cenit. Animado, me encaminé con Andy hacia la famosa confitería. Mi corazón galopaba y tuve miedo de que ella no viniese. En el juego de la vida no existen las garantías. 

Esperé poco, llegó puntual. Radiante, traía una carpeta de trabajo. Ocupamos dos mesas, Andy, luego de la presentación, se ubicó en una de ellas, bien dispuesto a leer La Capital de cabo a rabo. 

Luciana, en 3D, el mundo real, era mucho más linda que lo que suponía. Y como la gestualidad, sonrisas, risas francas y demás lenguajes no verbales son más importantes que la palabra, el conjunto resultó increíble. Conversamos un poco de todo, más de un hora. 

En cierto momento, le ofrecí una mano con la palma hacia arriba y acercó la suya. Entrecruzamos los dedos, y sentí fluir nuestra energía en un ida y vuelta de fuego. A los dos nos invadió el rubor. Retiró su mano, asustada, y nos miramos fijo. La pregunté-sin hablar, gesticulando- que haríamos a partir de ahora. Ella me respondió impiadosamente: 

-Rodi, querido Rodi. Tenemos que hablar de esto antes de que no lo pueda controlar. Nos conocimos, empatizamos, nos hicimos grandes amigos, y ahora creo que surgió una llamita de otra cosa, llamale pasión o amor. Es algo limpio, no lo quiero embarrar. Quiero a mi marido, y me debo a mi familia. De continuar, esto sería como un camino de vía crucis… No puedo, Rodi, no puedo más, entendeme… 

Triste pero decidida, me dio un piquito, saludó a Andy, y se fue. Para mí, fue un latigazo imprevisto. La había fantaseado como amante, y hasta con un doble divorcio y un sendero común, Luciana era la mujer de mi vida, y lo increíble era que el volcán había erupcionado sin un real contacto físico. Fontanarrosa me miraba, comprensivo. Yo había vivido equivocado.

Durante la noche, Andy trató de contenerme y consolarme. Y de que no bebiera demasiado en la barra, desbordante de crueles luces de neón. El peor de los sentimientos es respecto de aquello que no fue. 

Ya de regreso en casa, y con un agujero en el alma, pude comprender que durante mi matrimonio -cinco años de casados-nunca había tenido sensaciones tan intensas, y si las había tenido, las había perdido. Los diálogos, el ser compinches, todo ello se había evaporado. Éramos una pareja desenergizada, con respirador. 

Lo hablé con Silvia, con el mayor respeto posible, sin mencionar para nada lo de Luciana. Ella trató de que ese no fuera el final, pero me mantuve firme. Las perdí a las dos, seis meses después de aquel número equivocado. Entendí que lo de Luciana sería imborrable, que había sido un amor puente y debería buscar un nuevo rumbo. Hice la valija, y abandoné mi hogar.

© Jorge Razumny es escritor y dibujante. Tiene publicado el libro “Cuento que te cuento”, que reúne 26 cuentos maravillosos. Este cuento no pertenece a su libro, es un cuento inédito.

03/06/2020

ATAJO

Filed under: Poesías — Stella Roque @ 17:12

Naufraga en tus ojos.

Inúndalos de una sensación

en el descubrimiento.

Contempla al mundo

casi acuático,

de enredaderas y horizontes,

que brota y se escapa

en el abismo del aire.

Deslízate en la orilla que has inventado,

en la brevedad de la luz por nacer.

Parpadea.

Flota tras la continuación

de cualquier sueño.

A la deriva, fragmentos

de emociones sobre pétalos:

el esbozo de la primavera en tu mirada.

© Maga Dapas es poeta y está escribiendo su primera novela.

20/05/2020

El mundo de Sofía

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 19:48
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—Buen día, alumnos —dice la señorita Alicia a su cuarto grado—, saquen un hoja. Hoy, composición: “Un día de paseo con mi elefante rosa”. Voy a hacer pasar al que escriba la historia que más me guste, para que la comparta con la clase. Vamos, vamos, tienen treinta minutos.

Sofía deja de hacer dibujitos en el pupitre y levanta la cabeza. Aguarda a que la señorita diga que fue una broma o que sonría; pero no, sus compañeros encorvan la espalda y empiezan a escribir.

El silencio ondea el aula.

Pasan minutos y más minutos, y a Sofía no se le ocurre nada. ¿Un elefante rosa?

—Les quedan cinco minutos —dice la señorita Alicia, y mira a Sofía cruzada de brazos—. Vayan terminando.

Cumplido el plazo, Sofía escribe su nombre en la hoja en blanco, la entrega y vuelve a su asiento.

La señorita Alicia va leyendo los trabajos: sonríe, frunce el seño, se toma la pera. 

—Los felicito, son hermosas historias. Pero me parece que la composición ganadora en el día de hoy es… la de Sofía.

Sofía y la maestra se miran.

—Bravo, Sofi —dice la señorita Alicia con una sonrisa fotogénica—. Por favor, pasá, así te escuchamos.

Ella se levanta, camina hasta el frente, mientras la aplauden y la vitorean. Y agarra la hoja.

—Se los presento: mi elefante rosa se llama Benito. El domingo pasado lo llevé a Benito a la plaza del barrio. Lo estacioné al lado de a un árbol, y lo até para poder hamacarme tranquila. Un abuelo se me acercó, me preguntó por qué era rosa y yo le dije que me lo había regalado la Pantera. Él se rio, y yo no entendí por qué. No importa, no es lo único que no entiendo de los adultos. —Sofía levanta la cabeza, y sigue—: Muchos chicos se acercaron a tocarlo; y Benito, que es más bueno que yo, se dejó acariciar por todos sin parar de mirarme. No sé, supongo que para saber si yo lo aprobaba. Benito no es una mascota, es mi amigo. Y como buen amigo me escucha, me entiende y jamás me juzga. Él me acompaña adonde voy. Como es tan grande, dormimos los dos en el patio. Cuando llueve mis papás nos piden que entremos a la casa, dicen que nos vamos a enfermar; pero Benito y yo no les hacemos caso. Es más, Benito se hace un bollo y yo duermo debajo de él. Ayer mis padres me dijeron que Benito se había ido de viaje y que me dejaba saludos. Yo salí como loca a la calle y lo busqué en la calesita, en la estación de tren, por todo el barrio. Y nada. No pude encontrarlo. Si alguno de ustedes, de causalidad, llega a ver a Benito, le pido que me avisen, por favor. Vivir sin él se me hace muy pesado, muy… pesado.

Sofía se seca las lágrimas con el puño y devuelve la hoja. La señorita Alicia da vuelta la hoja varias veces mientras comparte la algarabía general. Después, la abraza a ella que no puede parar de llorar, y le dice al oído:

—¿Por qué no escribiste nada, Sofi?

—Porque los elefantes rosa no existen, señorita.

© Luis Duarte es escritor. Este cuento es inédito. Tiene cinco libros publicados, pueden verlos en la cuenta de Instagram: @libreria_virtual_librosdepapel .

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