Escrito en el blog

03/06/2020

ATAJO

Filed under: Poesías — Stella Roque @ 17:12

Naufraga en tus ojos.

Inúndalos de una sensación

en el descubrimiento.

Contempla al mundo

casi acuático,

de enredaderas y horizontes,

que brota y se escapa

en el abismo del aire.

Deslízate en la orilla que has inventado,

en la brevedad de la luz por nacer.

Parpadea.

Flota tras la continuación

de cualquier sueño.

A la deriva, fragmentos

de emociones sobre pétalos:

el esbozo de la primavera en tu mirada.

© Maga Dapas es poeta y está escribiendo su primera novela.

20/05/2020

El mundo de Sofía

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 19:48
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—Buen día, alumnos —dice la señorita Alicia a su cuarto grado—, saquen un hoja. Hoy, composición: “Un día de paseo con mi elefante rosa”. Voy a hacer pasar al que escriba la historia que más me guste, para que la comparta con la clase. Vamos, vamos, tienen treinta minutos.

Sofía deja de hacer dibujitos en el pupitre y levanta la cabeza. Aguarda a que la señorita diga que fue una broma o que sonría; pero no, sus compañeros encorvan la espalda y empiezan a escribir.

El silencio ondea el aula.

Pasan minutos y más minutos, y a Sofía no se le ocurre nada. ¿Un elefante rosa?

—Les quedan cinco minutos —dice la señorita Alicia, y mira a Sofía cruzada de brazos—. Vayan terminando.

Cumplido el plazo, Sofía escribe su nombre en la hoja en blanco, la entrega y vuelve a su asiento.

La señorita Alicia va leyendo los trabajos: sonríe, frunce el seño, se toma la pera. 

—Los felicito, son hermosas historias. Pero me parece que la composición ganadora en el día de hoy es… la de Sofía.

Sofía y la maestra se miran.

—Bravo, Sofi —dice la señorita Alicia con una sonrisa fotogénica—. Por favor, pasá, así te escuchamos.

Ella se levanta, camina hasta el frente, mientras la aplauden y la vitorean. Y agarra la hoja.

—Se los presento: mi elefante rosa se llama Benito. El domingo pasado lo llevé a Benito a la plaza del barrio. Lo estacioné al lado de a un árbol, y lo até para poder hamacarme tranquila. Un abuelo se me acercó, me preguntó por qué era rosa y yo le dije que me lo había regalado la Pantera. Él se rio, y yo no entendí por qué. No importa, no es lo único que no entiendo de los adultos. —Sofía levanta la cabeza, y sigue—: Muchos chicos se acercaron a tocarlo; y Benito, que es más bueno que yo, se dejó acariciar por todos sin parar de mirarme. No sé, supongo que para saber si yo lo aprobaba. Benito no es una mascota, es mi amigo. Y como buen amigo me escucha, me entiende y jamás me juzga. Él me acompaña adonde voy. Como es tan grande, dormimos los dos en el patio. Cuando llueve mis papás nos piden que entremos a la casa, dicen que nos vamos a enfermar; pero Benito y yo no les hacemos caso. Es más, Benito se hace un bollo y yo duermo debajo de él. Ayer mis padres me dijeron que Benito se había ido de viaje y que me dejaba saludos. Yo salí como loca a la calle y lo busqué en la calesita, en la estación de tren, por todo el barrio. Y nada. No pude encontrarlo. Si alguno de ustedes, de causalidad, llega a ver a Benito, le pido que me avisen, por favor. Vivir sin él se me hace muy pesado, muy… pesado.

Sofía se seca las lágrimas con el puño y devuelve la hoja. La señorita Alicia da vuelta la hoja varias veces mientras comparte la algarabía general. Después, la abraza a ella que no puede parar de llorar, y le dice al oído:

—¿Por qué no escribiste nada, Sofi?

—Porque los elefantes rosa no existen, señorita.

© Luis Duarte es escritor. Este cuento es inédito. Tiene cinco libros publicados, pueden verlos en la cuenta de Instagram: @libreria_virtual_librosdepapel .

05/05/2020

Chola y el consumo

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 17:33
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“Estoy aquí por prescripción médica, ¡así que déjenme en paz…!”.

La Señora Mabel, a la que todos llamaban “Chola”, los cortó en seco con esa frase, dispuesta a dar por terminado el episodio a su gusto y manera.

Chola vivía en el barrio conocido como Bajo Flores y desde hacía varios años, uno de sus paseos favoritos era visitar, al menos una vez en la semana, el famoso Centro Comercial “Alto Palermo”. Siempre le había hecho gracia esto de ir de “bajo” a “alto”; le parecía que tenía algún significado, o varios.

A su familia, en cambio, la cosa le resultaba cada vez más preocupante. Chola tiene un marido semiocupado y resentido, que sobrelleva más mal que bien, la peor de las situaciones: no sólo ser pobre y anónimo, sino haber estado convencido durante toda su vida de que estaba destinado a todo lo contrario. También hay dos hijas, una de dieciocho que estudia Psicología y una de quince que parece ser la menos interesada, en eso y en todo. Siempre da la sensación de que puede derrumbarse la casa y ella seguir pintándose las uñas como si nada.

A pesar de todo, las cosas habían funcionado razonablemente bien durante muchos años. El principio que parecía regir ese funcionamiento era: “no les pidas nada a los otros, no esperes demasiado, cumple los horarios y trata de que cada día sea más o menos igual al anterior”. Claro, esto puertas adentro, porque puertas afuera cada uno tenía sus escapes: el marido de vez en cuando a emborracharse con los amigos e irse de putas, la hija mayor a la Facultad y los innumerables bares adyacentes y la menor, de boliche en boliche mientras le alcanzara la plata y si no, de móvil en móvil, todo el santo día.

El escape de Chola empezó a ser, cada vez más, sus visitas al Alto Palermo. Justamente, todos empezaron a preocuparse cuando esas visitas se hicieron más frecuentes. Cuando llegaron a ser diarias, pusieron el grito en el cielo. Y la hija mayor impuso su criterio profesional de que a la madre le estaba pasando algo malo, que era presa de una especie de adicción, y que debían consultar a un psiquiatra. Y así se hizo.

La hija mayor argumentaba que había que dar tiempo, pero en realidad también a ella le extrañaba que pese a los dos meses largos de tratamiento, la conducta de su madre se mantenía prácticamente inalterada. Y la bomba estalló cuando, por primera vez, Chola no volvió a dormir a su casa. Durante toda la noche hubo corridas, llamadas, consultas a hospitales y comisarías, pero nada. Así que, a primera hora de la mañana, el padre y las dos hijas emprendieron viaje hacia Alto Palermo.

No les costó mucho encontrar a Chola: estaba desayunando, con un diario sobre la mesa, en un coqueto café cercano a la entrada. Se acercaron gesticulando y a los gritos. Ella los dejó un minuto y luego les pidió silencio con un gesto y los invitó a sentarse. “Escuchen – les dijo  – no piensen nada raro. Me quedé a dormir en lo de mi amiga Esther, para ir a primera hora al doctor. El doctor es muy amable. Me escucha durante largo rato casi sin un gesto. Y cuando le conté por qué yo había adoptado esta costumbre, simplemente calló, miró su reloj y me dio una nueva cita. Yo interpreté eso como que no estaba mal lo que hacía, y entonces seguí. Acá encuentro gente que me sonríe, aunque sea porque me quiere vender algo, es mejor o es peor que gente con cara de culo todo el día y que además no ofrece nada? Acá me ilusiono con colores  y formas diversas, con imágenes resplandecientes; escucho música,  me cruzo con gente distinta, converso a veces con algunos, me admiro a mí misma, bien vestida y contenta, en el espejo múltiple de las vidrieras. De vez en cuando me compro alguna pequeñez, y vuelvo atesorando la preciosa bolsita entre mis manos durante todo el viaje… Algo nuevo en mi vida… Así que, díganme: ¿tienen algo mejor que ofrecer? Hubo un largo silencio, que cortó definitivamente Chola con la frase de marras: “Estoy acá por prescripción médica, así que déjenme en paz…”.

“Ir de compras… es pensar en el (auto) agasajo… casi siempre está ligado a relaciones sociales, muy especialmente a las basadas en el amor y el cuidado…”. (D. Miller, antropólogo británico).

© Rolando Martiñá es educador, psicólogo y escritor. Este cuento pertenece al libro “Cuento de todos los amores”.

29/04/2020

Mi mosca

Ignoro cuándo comenzó todo. Necesariamente debe haber tenido un comienzo, sólo que no lo puedo precisar. No recuerdo una impronta definida, una muerte, un accidente, un asalto. No, esto se trata de una metralla progresiva, una telaraña envolvente a mis espaldas. Intenté varias veces comprender los hechos y descubrir algún detalle que pudiese haber pasado por alto. Debo saber cómo y por qué  me encuentro inmerso en semejante pesadilla. En pos de analizar lo ocurrido, siempre resulta útil comenzar de cero. Minucioso, una y otra vez me planteo:

Soy  Enrique Recalde, empleado de un laboratorio farmacéutico. Vivo solo, en Colegiales, y salvo por mi hijo Luis y un tío anciano en Salta, no tengo otros familiares. Bueno, sí, también está Goliath, mi perro labrador.

Esto es así, no tengo dudas. Mi Luisito vive desde hace tres años en Frankfurt. Es soltero y trabaja allí gracias a una beca que supo ganar como aventajado diseñador industrial. Su madre -mi ex mujer-, me abandonó hará cosa de un año y vive con su nueva pareja en Colombia.

La pasada primavera, muy bien lo recuerdo, fui de compras al mercadito chino una mañana y me encontré con que los dueños eran otros. También orientales, pero otros. De los que yo conocía, ni rastros. En el puesto de la entrada, mi verdulero, don Pancho, un cordobés con el cual charlábamos a diario, había dejado su lugar a un matrimonio peruano..! Salí extrañado y me llegué hasta la librería a fotocopiar unas hojas. El librero de siempre, brillaba por su ausencia. Al preguntarle a la anoréxica encargada sobre el paradero de Samuel, me dijo como si tal cosa que éste había decidido transferirle a ella su negocio debido a la baja rentabilidad, y que se había largado a la costa para descansar por una larga temporada. Me marché con mis fotocopias y, una vez en la vereda, barrí la cuadra con la mirada. No podía entenderlo. Mirara a quien mirase, todos me resultaban extraños.

El diariero -hincha de San Lorenzo como yo, con el que comentábamos a diario los partidos de nuestro equipo-, no estaba en el quiosco. Un señor barbudo y circunspecto me entregó el periódico, acompañado de un formal y amarretísimo “buenas”. Otra más: el encargado del edificio de la esquina -todas las mañanas con él había un buen día va, buen día viene-, se había transmutado en una robusta dama de uniforme, que mirando de soslayo, aguardaba mi paso para seguir con la manguereada. Decidí entonces tomar un café en mi confitería, la Rívoli. El mismo nombre, el mismo buen café express, idénticas medialunas. Pero los mozos y el cajero eran otros. El “señor” reemplazó al acostumbrado ¡buen día maestro!  que siempre me adjudicaban y me hacía reflexionar acerca de maestro de qué o de quienes sería yo ….y no obstante, complacido, yo  contestaba ¿qué tal, todo bien? Todo escueto, sí, pero un mínimo diálogo había.

El juego de los roles había variado, nadie estaba en su puesto. Alguien había barajado y repartido de nuevo.

Así, todo. Y así, todos y cada uno. Nuevos personajes en escena desempeñando las tareas de sus antecesores. En lo que a mí respecta, absolutos desconocidos.

Matices gratos, también los hubo. En la perfumería de enfrente, me llamó la atención una descomunal rubia, digna de un teatro de revistas. Me despachó el desodorante entonando  la melodía de ¡perfumate, papito, que cualquier día de éstos te  doy mi teléfono! Sí, acepto que son ideas mías, fácil de hacerme el bocho, pero así percibí sus dichos y desplazamientos. Pocos días más tarde volví para comprar una crema de enjuague, busqué a la rubia sin resultados, y la que me atendió bien podría ser su abuela. Mis pulsiones deberían aguardar momentos y lugares más favorables

Lo de mi trabajo resultó el colmo. En esos mismos días, el Laboratorio cambió de manos, despidieron gente y llegaron otros empleados. Mi nuevo jefe belga apenas si habla castellano, pero me las arreglé para entenderlo y proseguir con mi rutina. Como no hice migas con los nuevos, ya no existen cafecitos o pausas para fumar en el jardín de la planta baja, ni almuerzos compartidos, ni nada. El resultado es que trabajo más que nunca. Al ritmo del primer mundo, pero con horarios y sueldo del tercero.

Como regla general, salgo poco. Y a mis cincuenta y seis, no creo volver a enamorarme.     

El amor eléctrico, eso de entregar el pellejo y quedar en carne viva, el contacto tibio, las flores y mieles al besar…todas esas sensaciones se me habían escabullido sin dejar huellas.

Mis amistades deben haber cambiado sus celulares debido a las promociones (“el número discado no pertenece a un abonado en servicio”) y nadie responde mis mails. En las clases de salsa -un cable a tierra para  llenar mi vacío existencial-, los alumnos varían, igual que los profesores. Ni siquiera veo ya asomar a Perla, quien nunca me sacaba los ojos de encima. Con gusto hubiese charlado con ella cosas en común, criticado algo o lo que fuese.

Una mañana, el nuevo paseador de Goliath, a quien había conocido el día anterior, lo recogió temprano. A su  regreso, tocó el timbre y me alargó la correa para que sujetase a mi perro. Pero…mierda! en el otro extremo jugueteaba manso un salchicha. Ante a mi espanto, aseguró que se trataba de un malentendido y me aconsejó telefonear a su  empleador, Fabián, con el que yo mantenía trato desde hacía largo tiempo. La voz que atendió su celular afirmó no conocer a ningún Fabián e incluso haber recibido varios llamados preguntando por él. Al día siguiente no apareció cuidador alguno. Infructuosos fueron mis esfuerzos -denuncia policial, fotos callejeras con recompensa, búsquedas en las plazas- para dar con mi labrador. Un nuevo disparo conspirativo de la fatalidad, que me tenía en su mira.

Tampoco mi bar de tragos, al que concurro algunos domingos bien entrada la noche, escapó  a las generales de la ley. Conversar con el barman mientras saboreo una helada cerveza en la barra y aspiro el aroma a nogal italiano de la boiserie, suele brindarme el aliento necesario para sobrellevar ese peculiar momento en que a uno le dan ganas de pegarse un tiro. Hace dos semanas, me encontré con que habían cambiado el barman y que los clientes eran de otro planeta. Esa noche de domingo, mi soledad no logró mitigarse. Después de la segunda jarra de cerveza me largué a casa, a idiotizarme con el compilado televisivo de la semana. El programa me noqueó, y una vez dormido mis sueños consistieron en imágenes superpuestas de Luisito, don Pancho, Goliath, mi jefe anterior, el actual, la  encargada del edificio vecino, y otras tantas. Por cierto, la que más me impactó fue la de la dulce y rosada rubia de la perfumería. En mis sueños, hombres, mujeres y niños eran figuras recortadas, personajes de una función a la que no había sido invitado.

Pasé muchas noches empapado en sudor y con mi corazón a toda máquina, intentando destapar mis espasmos arteriales. En los espejos habitaba alguien de rostro anguloso, demacrado, distinto. Sola mi alma, llegó un momento en que me fue imposible seguir soportando el peso de tamaña cadena de enigmáticos eslabones. De modo que decidí pedir una cita con Fainstein, -el psicoanalista de mi hijo durante un tiempo, en su adolescencia-.

Me recibió cálido y, a lo largo de dos sesiones semanales, lo puse al tanto de los sucesos y de cómo éstos me habían desestructurado con impiedad.

-Le digo, doctor, me encuentro sin contención, extraño, como que me quieren borrar parte de mi disco duro.

-¿Quieren? ¿Disco? ¿A quiénes se refiere?

-Bueno…no lo sé. Mire, trabajo, me alimento, duermo normal, soy yo, pero a la vez no lo soy, no me siento vivo. Un espectro, ¿vio? Eso, doctor, mi vida es la de un fantasma; voy, vengo, estoy, sin en realidad ser yo mismo ¿me alcanza a comprender?

-De acuerdo, Enrique. Todos requerimos diálogos, referentes, identificaciones. Hasta un perro (perdone que esto le recuerde a su ¿Goliath, me dijo?), animal social por excelencia, si se lo aísla, se deprime. Usted siente estar solo en el mundo, se considera un paria del universo. Ahora, juntos, pensemos en las posibles causas.

-Pero doctor, ¡si ni con Luis pude dar!  En su hotel de Frankfurt me dijeron que se había ido a Estocolmo hacía tres semanas, sin domicilio fijo, por cuestiones de trabajo. Perdí a mi hijo en algún lugar del globo terráqueo… ¡No tengo hijo!

– Bueno, por eso está viniendo aquí, estoy yo para escucharlo.

-Me la paso saludando a perfectos desconocidos. La gente por la calle deambula enchufada a sus celulares o a su música. Cada cual en su mundo, no idéntico al del loco que va hablando solo, pero igual de  patético. ¡Ni siquiera tengo ganas de ir a ver jugar a San Lorenzo, sabiendo que a los jugadores y al técnico los cambian cada dos por tres!

-Mmmm, dígame Enrique, ¿no exagera un poco?

-¡No, que va! Escuche doctor, los cajeros del banco que a diario me saludaban sabiendo hasta el número de mi cuenta, se han marchado a otras sucursales. En el lavadero, cada vez que voy, me vende las fichas alguien nuevo. El plomero me mandó a su hijo, a quien no conozco. Y así, todo. El mundo me es ajeno, nada me pertenece. Y eso me  duele bastante. Pienso, sé que existo, pero no me alcanza. Existir es una cosa, vivir es otra.

-Enrique, lo veo lagrimear. Tranquilo hombre. Ahí tiene los Kleenex. Llegamos, creo, al núcleo mismo del problema. Vivir. Eso es bien diferente para cada uno de nosotros. Uno, es uno y su circunstancia. Si ésta se altera, cualquiera, no sólo usted, entra en pánico. Debemos pensar ahora qué significado tiene el vivir para usted, y si los cambios del entorno son reales o imaginados. 

Claro, el inteligente de Fainstein buscaba pruebas y significados. Yo, en cambio, exigía explicaciones. Las de mi perro, mi hijo, mis amigos, mis compañeros de oficina y todo lo demás. Pero consideraba a Fainstein como si fuese mi Dios; y si yo iba y le pagaba para pensar, debería tener paciencia y aceptar sus métodos.

Llevaba más de tres meses de terapia. Fue durante el cuarto, cuando al ir un martes a ver a Fainstein, me recibió un elegante joven trajeado, con barba candado.

-Buenas- me dijo-, pase, soy el doctor Izquierdo, adelante señor Recalde, tome asiento. Vea, lamento comunicarle algo, pero así son las cosas. Fainstein murió.

-¿Qué? ¿Cómo? ¡La puta, nadie me avisó! ¿Cómo pudo haber muerto?

-Ya. Comprendo que lo siente tanto como yo. No hubo tiempo de nada. El sábado tuvo una muerte súbita. La esposa me dio la agenda, rogándome que lo reemplazase. Por supuesto, si es que usted está de acuerdo. Las horas y los honorarios serían los mismos. Creo que vale la pena conocernos. Ahora, si le parece bien, siéntese y cuénteme lo suyo desde el principio Recalde, lo escucho… 

 Volví a casa y busqué parapetarme entre mi escritorio y la biblioteca durante días (había resuelto faltar al trabajo). Ese lugar, en el que están mis libros y adornos, suele otorgarme  paz.  Seguro que alguno de mis cientos de volúmenes tendría las respuestas a mis preguntas, pero ¿cuál?

He repasado situaciones y circunstancias, asocié motivos y posibilidades, pero no pude llegar a conclusión alguna. A veces recordé episodios que lejos de clarificar mis ideas, las confundían más y más. Como intentar calmar la sed bebiendo de una enorme salina.

Si algo faltaba, el infierno llegó  por correo. Una carta documento me anunciaba que dentro de un mes vencería mi contrato de alquiler del departamento y que no me sería renovado, que habían resuelto venderlo. Incluso, un probable comprador me solicitó ayer permiso para una visita corta, a la que me negué aduciendo una grave enfermedad.

Leía anoche en mi escritorio lo que podría llegar a ser una de mis últimas lecturas allí. Me envolvían ondas continuas y majestuosas de música barroca.

Un potente zumbido me distrajo y levanté la mirada. Una mosca dibujaba bruscas espirales en torno a mí, buscando posarse cada tanto. Frené mi primer impulso de aplastarla y, por el contrario, cerré la puerta de la habitación para impedir su escape. Momentos después cené algo en la cocina. Al regresar, la mosca todavía estaba allí. ¿La misma? Nunca se sabe. Juraría que sí. Decidí que viviese conmigo, me resultaba simpática. Ya no era una mosca. Era Mi Mosca. 

Dormí aliviado y al levantarme constaté sorprendido que sobre mi mesa de luz jugueteaban dos moscas. 

Si él viviera, le diría a Fainstein que todo este asunto de los insectos me resultaba algo así como una señal. Y sé que él, complacido, asentiría con una sonrisa.

Esperar confiado, eso resultará a la postre lo más conveniente. Algo habrá de suceder.

Cuando se toca fondo, lo único que queda es subir.

© Jorge Razumny es escritor, médico endocrinólogo y dibujante. El cuento “Mi mosca”, pertenece al libro de cuentos, llamado “Cuento que te cuento”, publicado por editorial Dunken.

15/04/2020

Viaje al corazón del amor

Filed under: Sin categoría — Stella Roque @ 18:46
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Te escribo para desahogarme, al no poder expresar lo que siento, tal vez por cobardía o timidez. Lo cierto es que me atrevo a escribirte estas líneas.
Viajo todos los días en tren a mi trabajo y te encuentro. Subís en una de las estaciones en las que hacemos parada. Siempre estás leyendo, como el otro día, un artículo científico sobre la respiración. Intuyo que sos médica o bióloga, no sé…

          Trato de buscarte con la mirada y vos siempre estás atenta a la lectura, mi corazón palpita al intentar preguntarte algo como para cortar el hielo y no puedo…

          Voy a tratar de describirte como para hacerme una idea mental tuya; pelo castaño hasta los hombros, hermosa figura, ojos verdes, nariz respingada y un detalle que enciende mi deseo por vos, un escote muy sensual, que deja entrever unos pechos bien formados.

          Un día me atreví a decirte algo, pero no pude. Mis nervios me jugaron una mala pasada. Apenas pronuncié algunas palabras y quedé en silencio mientras vos me mirabas como esperando algo que no llegaba. Sin embargo, me respondiste con una sonrisa.

          Al pasar los días, nuestros breves encuentros fueron cada vez mejores. Nos saludábamos y la conversación de a poco iniciaba su curso. Yo te contaba de mi trabajo, de mis proyectos con el estudio, y vos sobre tus gustos con la música; lecturas en las que coincidíamos, y comentábamos algún libro que habíamos leído.

          “No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños”, te susurraba al oído entre los ruidos del vaivén del tren, y vos me respondías “Walt Whitman”. “No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario”, me susurraste al oído, me diste un beso en la mejilla y me sonrojé.

          Así fueron pasando las semanas, hasta aquel día en nuestra primera cita, en ese café, un sábado por la tarde. El verano se desvanecía y el otoño asomaba tímidamente con la arboleda cambiante, rojos, verdes claros y amarillos se perfilaban con los últimos soles de la tarde.

          Nuestra relación fue creciendo, los encuentros íntimos eran cada vez más frecuentes, y la palabra “novios” o “pareja” salía de tu boca. Yo me sentía como un adolescente, renacía el amor en mi vida, y eso me daba felicidad y muchas ganas de hacer cosas.

          Hasta que llegó un día en el que desapareciste, te busqué y nada, pregunté a tus vecinos y ellos comentaron que estabas muy enferma, que habías viajado con tu familia.

          Viajé a verte, pero ya era tarde, nos habías dejado, comentó tu tía, quien me contó cómo había sido. Después de eso quedé sin habla, no lo podía creer.

          Ella me dio una carta que empecé a leer: “Mi amor, lamento que las cosas se dieran así, fue todo muy rápido y no tuve el valor de contarte de mi enfermedad, por cierto muy grave, que me deja pocos meses de vida. Viajé a mi pueblo a reencontrarme con mis parientes y amigos de la infancia; no quiero que me veas de esta manera. Mi deterioro avanza sin darme tregua.

          Prefiero que me recuerdes como antes, desde nuestros primeros encuentros en el tren y luego nuestras salidas y demás… Te deseo lo mejor en tu vida, no me olvides… Besos, Paola.

          Quedé sorprendido, con una mezcla de bronca, pena y amor por ella, pero respeté su decisión.

          Tiempo después, en uno de mis viajes, vi a una chica leyendo, me acerqué para verla con detalle e increíblemente era muy parecida a Paola, y sorprendemente estaba leyendo “Hojas de hierba”, de Walt Whitman. Coincidencia, premonición o no sé, lo acepté como un regalo o bendición de Dios. Con lágrimas en los ojos busqué su mirada y ella me respondió con una sonrisa…

© Miguel Alejandro Sánchez Peña es escritor e historiador. Este cuento pertenece al libro “La sangre y otros relatos”.

10/04/2020

Amar es cuidar

Filed under: Sin categoría — Stella Roque @ 21:48
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In memoriam. E.S

Querida amiga:                                             

Acá estoy, esperando el resultado del análisis junto al hombre que me cambió la vida. Está acá, a mi lado, como no estuvo nunca otro, ni siquiera mi padre ni mi hermano. No los culpo por eso, esa guerra ya ha terminado. Hicieron lo que pudieron, pero a mí no me sirvió.

En cambio ahora, todo es diferente: sé que él siempre estará a mi lado, en las buenas y en las malas. Que compensará mis ligerezas con su compasión y yo sus distracciones con mi comprensión. Que pase lo que pase con este puto análisis, eso no cambiará nada. Y que seguiremos hasta el fin compartiendo puestas de sol en Colonia o depresiones de amigos en duelo. Y lo que no podamos compartir, será cosa de cada cual. Y listo.

Quiero que te quedes tranquila, vos que tanto te preocupaste siempre por mí, por mis avatares, por mi destino… Gracias a él, ya no soy, como diría Lin Yutang, “una hoja en la tormenta”… Y, si como siempre decís, amar es cuidar, nadie lo había hecho tanto desde mi madre en la niñez. Y sabés que no es poco decir…

Te prometo que en cuanto salga de este lugar impregnado de un olor a desinfectante que me revuelve el estómago, volveremos a “la vida alegre…”. Volveremos a aquellas fiestas llenas de risas, de música, de regalos, de sorpresas… y de buen champán, que tanto disfrutamos tantas veces. Te deseo lo mejor y te mando un abrazo del alma, lleno de cariño y gratitud.

Con amor,

Eduardo

“… Quizá no habría mucha diferencia entre tú y yo, si nos animáramos a mostrar nuestros sueños…porque todos somos agua, si bien de diferentes ríos, y por eso nos es tan fácil encontrarnos…”   (Yoko Ono y John Lennon: “Todos somos agua”).

© Rolando Martiná es educador, psicólogo y escritor. Este cuento pertenece al libro “Cuentos de todos los amores. Experiencias terapéuticas y ficciones del enamoramiento”.                                                                              

                                                                                        

02/04/2020

Lazos

Filed under: Sin categoría — Stella Roque @ 15:29
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Soy Lucas, acabo de cumplir treinta y seis, y hace catorce que estoy en coma. Cohabito dos frentes: en uno floto como alado, y en el otro —acá, en la Clínica Las Almas, segundo piso, terapia intensiva (bueno, eso escuché mil veces)—, resisto con mi cuerpo inmóvil, flácido, conectado a los brazos de la ciencia y a la suave voz de Esmeralda, mi enfermera.

Todo porque una mañana de enero, camino a Necochea, el Renault 18 de mi viejo mordió la banquina. Al instante murieron mis padres y Sofi, mi hermanita. A pesar de la ayuda desesperada por parte de los bomberos, no pudieron hacer nada para salvarlos.

Mi mente aún conserva detalles: mi cabeza apoyada en la ruta, el sonido de los autos que se desplazaban a paso de hombre, un murmullo que no paraba de crecer, sirenas interminables, comunicaciones apuradas y nerviosas por radio trasmisor. Gritos. Pero lo que más recuerdo es haber visto la sangre saliendo de cada uno de los cuerpos de mis seres queridos, sangre que se buscaba para formar una única laguna. Eso es lo que no me deja descansar.

Mi conciencia es un péndulo. Veo a mi viejo sentado en la galería de casa, pensando quién sabía en qué, con la vista en la copa del limonero y un diccionario enorme apoyado en las piernas. A mi vieja en la cocina, previo a echar los fideos a la cacerola, bailando con la escoba un tanguito silbado. A Sofi maquillándose en el espejo del living antes de ir a bailar.

Los dos sucesos que me marcaron ahora me sostienen, vaya paradoja. A los nueve años le grité ¡Jaque Mate! al papá de Gustavito Farías, el viejo nos había enseñado a jugar al ajedrez a casi todos los pibes del barrio. El otro suceso, ya en el secundario, fue haciendo una pregunta en la clase de Historia: ¿Profe, me explica por qué lo mataron a Dios?

Una vez leí que amar es un breve estadío de simulación en el que los sentidos y la mente sucumben al unísono. Pero lo que me pasa con Esmeralda nada tiene que ver con esa pobre definición.

El día en que llegué acá, ella se ofreció a cuidarme a tiempo completo. Dijo que cancelaría todas sus actividades, hasta el baile clásico. Y se instaló a mi lado.

Ayer, mientras ella me curaba, pasó a verme el doctor Cánepa. Le dijo, seguro, y señalándome:

—¿Sabés una cosa, nena? Este pibe descansa en los dos lados. Por eso todavía está acá, porque nadie lo tironea. Típico caso de estado de mínima consciencia.

¿Qué diferencia hay con estar preso? Ahí, el alma paga con el cuerpo; en cambio, en mi estado, la hipoteca celestial se consume a los dos. 

No sé ni me importa cuántos años tiene Esmeralda. Es hermosa. Desde hace catorce años me higieniza, me entalca, me perfuma, me masajea los músculos, corta mis uñas, cada mañana me lava los dientes. Ayer trajo a otras enfermeras y me festejó el cumpleaños. Bailaron, se rieron, tomaron alcohol y hasta me convidaron. Creo haber descansado hasta que escuché a esa otra voz:

—Luquita, no te preocupes. El año que viene lo festejamos en familia.

© Luis Duarte, es escritor y periodista. Su último libro publicado se llama Los guantes de Zaratustra. El cuento “Lazos” es inédito.

19/03/2020

Enfermeras de New York

Filed under: Sin categoría — Stella Roque @ 18:39
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A Harry no le gustaban esos encargos. Siempre tenía la sensación de que eran una mera excusa para sacárselo de encima y no metiera las narices en cosas más importantes. Por supuesto, para su jefe –que no lo miraba con buenos ojos porque le había dado el puesto por una recomendación de “arriba”– el que se creía demasiado importante era Harry.

En fin, que era agosto, un aniversario más del fin de la guerra y había que agregar color a la nota principal. A Harry siempre le habían interesado las historias de esa época que él no había vivido, y especialmente las referidas a quienes habían permanecido en el país sosteniendo el esfuerzo bélico.

Tratando de animarse a sí mismo, lo tomó como un desafío y comenzó a investigar sobre gente que hubiera vivido en esos años. Le atrajo especialmente la historia de Mrs., una enfermera de Brooklyn que estaba internada en un hospital público desde hacía tiempo. Decidió visitarla, intuyendo que allí habría algo interesante.

Al entrar a la habitación, se llevó varias sorpresas: le habían dicho que tenía cerca de 65 años, pero parecía bastante mayor. Evidentemente el cáncer estaba haciendo su trabajo. Se la veía muy delgada y con el escaso cabello totalmente blanco. Sin embargo –otra sorpresa– sus ojos irradiaban una luz que parecía atravesar los objetos, incluso a él. Como si estuviera mirando algo que no estaba ahí. Al verlo entrar, le preguntó con voz suave y una tenue sonrisa: “¿Usted es de la Escuela de Enfermería?”

Esa fue otra sorpresa para Harry, que atinó a balbucear: “Eeeh… no…soy periodista…es por el aniversario, ¿sabe? Una nota…” “Ah, qué bien, dijo Mrs. F, entonces en lugar de una nota se va a llevar dos… Quizá, hasta lo asciendan…”, agregó con leve picardía.

“Era agosto del 45. New York estaba de fiesta: había terminado la guerra. Y la habíamos ganado. Quien no vivió una guerra no sabe lo que se siente… Es como quien no padeció esa sublevación del propio cuerpo que llamamos cáncer… Poco a poco Times Square y toda Broadway se fueron llenando de gente y en pocas horas la ciudad entera estaba en la calle. Glenn  Miller le ponía música a la escena, entre “Patrulla americana” y “Serenata a la luz de la luna”… Era una mezcla de desfile militar y “Happy New Year”…

Como tantos otros, abandoné mi trabajo y sin sacarme mi uniforme blanco y mi cofia, abordé el Metro, que era un hervidero. Al emerger de él, me sentí algo mareada, y, de repente, como en un sueño –un sueño de amor– un marinero me tomó del brazo, luego de la cintura y sin decir palabra me estampó un beso en la boca. Mi primera reacción fue pétrea. Pero enseguida sentí algo en esos labios –los de ambos– que iba más allá de un simple atrevimiento. Me aflojé, le devolví el beso lo más cálidamente que pude, quebré mi cintura hacía atrás y dejé que me sostuviera durante una eternidad… La escena estaba completa. Era como si habiendo estado tan lejos, pero tan cerca de la muerte, nos debiéramos ese encuentro, ese homenaje a la vida. Esa provisoria escaramuza del amor que nos mantiene vivos hasta la batalla final…”

“Pero… usted es muy joven…” alcanzó a decir Harry tras un estremecido silencio. “No tanto”, sonrió Mrs. F, “pero sé a dónde apunta… Es que esta no es mi historia… Es la historia de mi madre…”. “Entonces usted es hija del…”, musitó el joven. “No sé”, interrumpió ella, “de mi madre, seguro… Ella ya no está y decidí tomar su legado. Yo no inventé este mundo –me dije– pero puedo dejarlo un poco mejor. Puedo poner algo de vida donde hay muerte, algo de alivio donde hay dolor, algo de consuelo donde hay desesperación… En fin, algo de amor…Por eso le pregunté cuándo llegó. Y ella dijo: cuando me enfermé decidí aprovechar este tiempo de sufrida quietud para enseñarles a mis alumnos de enfermería cómo se siente estar del otro lado… Siempre vienen y me preguntan cosas y tratan de convertirse en lo que un filósofo llamó “curadores heridos”… Es algo así como el beso de mi madre. Pero repetido interminablemente…”

Harry se quedó sin palabras, y tras un intenso intercambio de miradas, tomó las manos de la mujer, las besó, hizo un repetido gesto de afirmación con su cabeza, y se alejó sin hacer ruido…

La nota fue publicada en la página central y Harry ascendió, quizá porque primero fue capaz de descender…Hasta lo más profundo. Mrs. F volvió a reunirse con su madre el 29 de diciembre de 2014.

© Lic. Rolando Martiñá. Incluido en su libro Cuentos de todos los amores, Editorial del Nuevo Extremo (2016).

02/03/2020

J y J

Filed under: Sin categoría — Stella Roque @ 20:17

*Por Rolando Martiñá

―Hola, Julio, me costó un poco llegar, pero acá estoy…

―Menos mal, porque ya me estaba aburriendo… escuchando una discusión, acá cerca, ¿ve aquel banco cerca de la vereda? ¡Oh!, disculpe, Jorge…

―No se preocupe… ya estoy acostumbrado, es un modo de decir, ¿no? ¿Y sobre qué era la cosa?

―Una pavada… Vio como somos… “los reyes de la disputa”… Uno decía que la plaza tenía que llevar mi nombre, y el otro el de un prócer, no sé, del siglo XIX… Y capaz que ninguno me leyó… Ni sabe quién es el otro.

―¡Ah! Sí, lo compadezco, Julio, más de una vez me ha pasado…Y sobre todo con nosotros mismos…

―¡Ah! Eso, sí… creen que somos maratonistas, o jugadores de tenis…

―Ja, ja, es cierto… Deberíamos tomarlo con humor, ¿no?

―Sí, lo pensé, pero para eso, el maestro es usted Jorge… Aunque ahora que lo pienso, podríamos lanzar una proclama póstuma, firmada “J y J” (como un par de futbolistas famosos…).

 ―¡Ah! Bueno, ese no es mi fuerte, usted sabe…

―Sí, claro, ¿pero no sería divertido?

―¡Claro que sí! Además por la ironía de que lo que tanto tratan de oponer, lo haya unido el trazado municipal… Mi calle se junta con su plaza…

―Sí, esa es buena…(ja)… Y disculpe Jorge la chabacanería, pero se me ocurre algo más…

―Dele, dele, Julio… que nos estamos inspirando mutuamente… y yo no soy un mármol, como algunos creen… Dele, dele…

―Bueno, ahí va… No solo nos juntamos, si no que damos por terminado uno de tantos estúpidos debates nacionales: “la suya (calle) es más larga… Y la mía (plaza) es más ancha…” Y asunto terminado y todos contentos. Y disfrutando de ambas y de ambos… ¿Qué le parece?

―Ja, ja. Magnífico Julio, y disculpe, pero ojalá se me hubiera ocurrido a mí…

Ya era tarde. Julio tomó cortésmente el brazo de Jorge  y lo ayudó a incorporarse y caminar. Pronto sus sombras se perdieron entre muchas otras, pero la carcajada cósmica conjunta parecía destinada a no acabar jamás.

LUCIO

26/02/2020

Siga el corso

Filed under: Cuentos — Stella Roque @ 18:25
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*Por Rolando Martiñá

“Esa colombina puso en sus ojeras, humo de la hoguera de su corazón…”

–Carnavales eran los de antes… –dijo mi padre, mientras se alejaba del tocadiscos donde había colocado el tango cantado por Gardel.

– ¿De antes de qué? –pregunté, medio en babia.

“Y aquella marquesa de la risa loca, se pintó la boca, por besar a un clown”…

Entre la música y el ruido, de afuera y de adentro, se perdió la respuesta de mi padre si la hubiera habido. Es que en realidad, nadie en la casa quería recordar ese “qué”.

A mi padre le gustaba más el carnaval y a mi madre le gustaba más la Cuaresma. Cuando llegaba esa época del año, solían picanearse, haciéndose los eruditos, una de las pocas cosas que disfrutaban mucho, más allá del desacuerdo: él decía que “carnaval” venía de “Carne-vale”, o sea, la carne vale, la vida, la diversión, el sexo… Ella atraída por explicaciones más litúrgicas, decía que significaba “carne-velare” o sea que el carnaval   –resabio pagano si los hay–  refería a lo realmente importante, que era la veda de comer carne durante los cuarenta días anteriores a la Semana Santa.

 Como sea, ambos estaban de acuerdo en que a mí, que era estudioso y tímido, me haría bien participar (un poco) de esos rituales. Así que nos bombardeábamos con bombitas de agua con las chicas de enfrente, con las que ya empezábamos a tener ganas de hacer otras cosas. Y luego, a la nochecita, mientras los grandes se sentaban en la vereda a tomar el fresco, integrábamos, con disfraces hechos en casa, la “murga” del barrio; y nos animábamos a cantar cancioncitas obscenas, “picantes o verdes”, usando palabras que no decíamos ni entre nosotros y provocando un fingido escándalo entre los mayores.

A veces, a la noche, íbamos al corso grande, el de Boedo o el de Culpina, y alguna vez al de Avenida de Mayo, que eran palabras mayores. Con serpentina, papel picado y agua perfumada. Así era, casi sin variaciones, todos los años. Pero ese año fue diferente.

Mi madre, con una veta poética poco explorada, lo diría después así: “Esa vez serían otras las cenizas de miércoles…”

Yo no entendía mucho lo que pasaba, pero algo tenía que ver mi primo mayor, Agustín, que era un “calavera”, como se llamaba en esos tiempos a los muchachos que vivían más de noche que de día y solían presentar ese aspecto pálido y delgado del que no ve nunca el sol. Aunque, a pesar de eso, por sus virtudes de bailarín y su atildada vestimenta, parecía tener mucho éxito con las mujeres. Como solía decir: “buena pinta y buenos pasos, minas a baldazos…”

Últimamente se lo había visto pasar muy a menudo por la casa de la “Negrita”, una colombina infaltable del corso de Boedo, separada de su marido, para horror de las vecinas. Y eso había hecho murmurar más de una vez a su madre, mi tía, “este va a terminar mal”… “Como todos            –replicaba él, riendo– como todos… Más tarde o más temprano… y a mí, ´que me quiten lo bailao…´”.

A todos nos sorprendió mucho que en la noche del domingo apareciera disfrazado: él no era hombre de corso, sino de milonga. Pero más nos impresionó el disfraz y su comentario: “Bueno, les doy el gusto… me disfracé de mí mismo”. Y reía burlonamente, mientras sacudía sus colgajos negros con un esqueleto pintado y su máscara de calavera.

No sé los otros, pero yo no lo vi más. Mejor dicho, lo vi metido en un cajón, dos días después, con la misma cara que llevaba siempre. Y después de eso, en verdad, el carnaval nunca fue lo mismo para la familia.

Rumores sobre el asunto –ya convertido en leyenda–  hubo y todavía hay. Pero lo que me pareció más creíble años después, fue que Agustín y la Negrita, locos de amor y hartos de esconderse, del barrio y del ex marido que se las tenía jurada, decidieron mostrarse en público. Y qué mejor que empezar en carnaval, él disfrazado (como nunca), y ella también, ya que, por alguna razón, esa noche no fue colombina (como siempre), sino dama antigua.

Parece que durante el paso de la comparsa “Los clowns de Boedo”, uno de los miembros se acercó a la dama en medio del tumulto y sin decir “agua va” le estampó un beso en la boca. Ante la reacción de Agustín, sacó un pequeño revolver que todos creyeron de agua y le metió dos tiros. En el apogeo de bombos y tambores, y entre el gentío ya incontrolable, nadie atinó a nada hasta que fue demasiado tarde.

Mucho tiempo después entendí la frase de mi madre sobre el miércoles de ceniza, porque a Agustín lo cremaron dos días después en Chacarita…

“De los efectos de una guerra nació la psiquiatría, y a causa del amor, ocurren homicidios. Es el ´efecto bisagra´, lo que abre para un lado cierra para el otro. Lo que salva puede perder, y viceversa. Hay que tratar de que ocurra lo mejor y prepararse para que ocurra cualquier cosa”. R.M.

“El sexo es la mejor manera de burlar a la muerte, pero a veces es la mejor manera de ir hacia ella”. R.M.

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